Jueguitos Xpeciales en Familia, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La cena
Alcancé a soltar la cintura de Rosalía y a bajarme hasta el cuello en el agua en el mismo segundo en que mi padrastro llegó al borde de la piscina.
Ella se acomodó el tirante del traje de baño con una mano mientras con la otra me sostenía la nuca, como en cualquier jueves.
Tenía la cara colorada.
Los ojos, brillantes.
"Amor", dijo, con una voz perfectamente natural. "¿Ya llegaste?"
"Adelanté el vuelo."
Eladio Cornejo, cincuenta y cuatro años, ancho, de pelo gris y relojes caros, se agachó en el borde con una sonrisa de dueño.
Detrás de él venía un hombre flaco, de saco gris y maletín negro, con gafas de montura fina.
"Este es el doctor", dijo Eladio. "Neurólogo. Va a ver al muchacho esta tarde en la casa."
"Mucho gusto", dijo Rosalía.
El doctor asintió sin sonreír.
Me miró.
Yo le devolví mi mirada de tonto, con la boca entreabierta, y dejé que un hilo de saliva me corriera por el mentón.
"Mmm", dijo el doctor, anotando algo.
"Está muy bien", dijo Rosalía. "Hoy caminó solo."
"Qué milagro", dijo Eladio.
Nos sacaron del agua entre los dos.
Nos secaron.
Nos llevaron, así, mojados, a almorzar a la terraza del restaurante del club.
La mesa era para seis.
Eladio había invitado a dos socios de su constructora y a sus esposas.
El doctor se sentó al otro lado.
Rosalía quedó a la derecha de Eladio.
Yo, frente a ella, en una silla con almohadón, con una servilleta atada al cuello como a un niño.
Pidieron ceviche, anticuchos, pisco sours.
Eladio habló de sus obras, de Arequipa, de un contrato en Piura.
Cada tanto, sin dejar de hablar, le ponía la mano en el muslo a su esposa, por debajo del mantel, delante de todos.
Ella sonreía, con los ojos en el plato.
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