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La Amante Favorita del Don Desapareció, novela · Capítulo 1 de 24

Capítulo 1: La llave en la caja

Fiora espera un anillo y recibe la llave de un departamento y el anuncio de la boda del Don; acepta un último trabajo, y por el audífono oye "Ciérrenla".

Esa noche me puse el vestido negro porque creí que iban a pedirme matrimonio.

Corrado me había dicho que lo esperara en el penthouse a las nueve.

Había una caja de terciopelo sobre la mesa del comedor, y yo no me atreví a tocarla.

Llevaba diez años a su lado, y nunca me había regalado nada que cupiera en una caja así.

Entró a las nueve en punto, con el abrigo mojado de lluvia y el cuello de la camisa abierto.

Corrado Sandri, Don de Chicago, nunca llegaba tarde y nunca saludaba.

Me miró de arriba abajo, y ese gris frío de sus ojos se me clavó en las rodillas.

"Ese vestido", dijo.

"Lo elegí para ti."

"Quítatelo."

No lo dijo como una orden, pero tampoco como una pregunta.

Me llevó contra el ventanal, con toda la ciudad encendida detrás de mi espalda.

Me subió la falda hasta la cintura y me abrió las piernas con la rodilla.

Sus manos conocían mi cuerpo mejor que yo, y esa noche me tocaron con una prisa que no era suya.

Me arqueé contra el cristal frío mientras él me besaba el cuello.

"Dilo", murmuró.

"Soy tuya."

Entró en mí de un solo empuje, hondo, y me arrancó un gemido que me dejó sin aire.

Me sostuvo por los muslos y me embistió contra el vidrio, fuerte, sin descanso, con mi nombre quebrándose en su garganta.

Me vine con las uñas clavadas en sus hombros, y él me siguió con un gruñido ronco contra mi boca.

Nos quedamos así, respirando, con su frente pegada a la mía.

Pensé que era el momento.

Pensé que iba a ponerme de pie y a tomar la caja.

Corrado se abrochó el pantalón y se sirvió whisky sin mirarme.

"El sábado catorce me caso", dijo.

Me tardé en entender que hablaba en serio.

"¿Con quién?"

"Con Zinaida Orlova. La hija de Gleb."

Zinaida era la princesa de la Bratva, la mujer de los trajes blancos que había cenado con nosotros dos veces.

Yo misma había revisado su historial para él, página por página.

"Es la paz de Chicago, Fiora", añadió, mientras daba la vuelta al vaso entre los dedos.

"Es un arreglo. Nada cambia entre nosotros."

Me acomodé el vestido con las manos quietas.

"Abre la caja", dijo.

La abrí.

Era una llave de bronce con una etiqueta que decía Lake Shore Drive, piso 31.

"Un departamento mío", dije.

"Tuyo. A tu nombre. Para que estés cómoda."

Cerré la caja con un chasquido suave.

Diez años de falsificar sus cuadros, de leer sus enemigos, de dormir con una pistola bajo la almohada para él.

Diez años de pensar que yo era su mujer.

Y esa llave me decía lo que había sido siempre.

Era un cuerpo con buena memoria y mejor pulso.

"Felicidades", dije.

Corrado frunció el ceño, como si hubiera esperado gritos.

"No te pongas dramática."

"No lo estoy. ¿Y la dote?"

"El cuadro llega esta noche al almacén del puerto. Gleb quiere que sea auténtico antes de la boda."

La Magdalena, un cuadro del siglo diecisiete que no había existido hasta que lo pinté yo, durante seis meses, en mi taller.

"Solo yo puedo firmar ese certificado", dije.

"Lo sé. Por eso te lo pido."

Me puse el abrigo y me até el audífono detrás de la oreja, como siempre.

Él me tomó la barbilla y me besó, largo, con una ternura que casi me quebró.

"Eres lo único que me sale bien", susurró contra mis labios.

Me reí, porque si no, me iba a romper allí mismo.

A las once llegué al almacén número cuatro, entre contenedores y grúas apagadas.

Dos hombres de Corrado me abrieron la puerta de la cámara climatizada y me dejaron sola con la Magdalena.

La luz del techo caía sobre sus ojos tristes, esos que yo había pintado con mis manos.

Estaba por abrir mi maletín cuando oí un clic en la puerta detrás de mí.

Después, por el audífono, la voz de Corrado, tan baja que apenas la reconocí.

Hubo un silencio largo.

"Ciérrenla", dijo.

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