La Amante Favorita del Don Desapareció, novela · Capítulo 2 de 24
Capítulo 2: Ciérrenla
Encerrada en un almacén lleno de gas, Fiora escapa por el desagüe que ella misma diseñó y ve a Corrado irse sin mirar atrás.
Primero pensé que era un error.
Golpeé la puerta de acero con la palma abierta y grité que abrieran.
"Abran. Soy yo."
Nadie respondió, pero afuera se oyeron pasos que se alejaban rápido.
Entonces sentí el olor.
Era dulce y espeso, y me pegó en la garganta antes de que los ventiladores empezaran a rugir.
Gas.
Alguien había abierto la línea de la calefacción y la había dejado correr dentro de la cámara.
Me arranqué el audífono, y la voz de Corrado me quedó zumbando en la cabeza.
Ciérrenla.
No grité más.
Me quité el abrigo, me lo até sobre la nariz y la boca, y me obligué a respirar despacio.
Diez años con un Don me habían enseñado algo útil: el pánico mata más rápido que cualquier bala.
Yo había diseñado esa cámara.
Había dibujado cada plano para Corrado, con sus cuarenta metros de pared aislada y sus filtros de humedad.
Y debajo del suelo, por si alguna vez entraba agua, había hecho poner un canal de drenaje.
Nadie lo recordaba, porque nadie había leído esos planos excepto yo.
Corrí hasta el estante de la pared norte, con los ojos llorosos.
Tiré dos cajas de marcos al suelo y levanté la rejilla de hierro con el borde de mi maletín.
El canal estaba allí, negro y estrecho, con olor a río.
Un estallido sordo sacudió la pared de enfrente.
El fuego ya había empezado en alguna parte, y el aire empezó a ponerse caliente.
Me metí de cabeza.
El agujero apenas me cabía por los hombros, y me arrastré a codazos sobre el cemento húmedo.
En el segundo tramo, mi brazo derecho rozó un tubo de vapor.
El dolor me subió al cuello como un cuchillo al rojo.
Mordí el abrigo para no gritar y seguí arrastrándome, con el olor de mi propia piel quemada en la nariz.
Conté los metros por costumbre, porque contar me mantenía despierta.
Doce, trece, catorce.
La rejilla del final cedió con dos patadas, y caí a un canal de agua helada que me llegó hasta la cintura.
Salí tosiendo a la orilla, con las manos temblando y el brazo en carne viva.
Detrás de mí, el almacén número cuatro empezó a arder.
Subí a trompicones por el terraplén hasta un montón de contenedores y me dejé caer detrás de uno.
Desde allí vi todo.
Las llamas salían por el techo y teñían de naranja la lluvia, y las sirenas ya venían por la avenida.
Una camioneta negra se detuvo al borde del muelle.
Conocía esa camioneta, porque yo misma había elegido el blindaje.
La puerta trasera se abrió y bajó Corrado.
Se quedó de pie bajo la lluvia, con las manos a los costados y el abrigo pegado al cuerpo.
Miró el fuego durante lo que me parecieron diez minutos y fueron, creo, unos treinta segundos.
No gritó mi nombre, no corrió, y tampoco le preguntó nada a nadie.
A su lado, Fabrizio le puso una mano en el hombro, y Corrado se la sacudió sin volver la cabeza.
Después subió a la camioneta y cerró la puerta.
Se fue sin esperar a los bomberos.
Me quedé mirando las luces traseras hasta que se perdieron en la lluvia.
Quise llorar y no pude.
Lo que sentí fue algo mucho más frío y mucho más claro.
Él lo sabía.
Había sabido exactamente lo que hacía cuando dijo esa palabra, y había vuelto a casa a dormir.
Me arranqué del cuello la cadena con el dije que él me había regalado en nuestro quinto aniversario.
La tiré al canal, y el agua negra se la tragó sin ruido.
En el forro de mi maletín, cosido junto a la bisagra, tenía un teléfono sin registrar que no había usado en ocho años.
Lo había guardado para el día en que tuviera que desaparecer.
Nunca pensé que ese día vendría desde la mano que más había besado.
Marqué un número de Florencia de memoria, con los dedos entumecidos.
Sonó tres veces, y alguien contestó en italiano, con voz de sueño.
"¿Quién habla?"
"Papá", dije. "Soy yo."
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
Después oí la respiración de un hombre que llevaba diez años esperando esa llamada.
"Ya era hora, Fiora", dijo mi padre.