La Inocencia Que Práctica, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: El sofá
Mientras su tía viaja, Génesis estudia anatomía en la sala y su tío Edgar la mira. Ella le toca el pantalón por encima y se acerca más de lo que él esperaba.
"Tío... es tan grande."
Génesis lo dijo con la cara encendida, sentada a mi lado en el sofá, con los ojos clavados en el bulto de mi pantalón.
"¿Todos los hombres son así?"
Tenía veintiún años, un libro de anatomía abierto sobre las rodillas y la mano izquierda apoyada, temblando, sobre mi muslo.
Yo tenía treinta y ocho, una esposa que dormía en otra ciudad tres noches por semana y la sangre en un sitio donde no debía estar.
Todo empezó con una pregunta sobre la pelvis masculina.
Eran las diez de un martes, y Yajaira había salido a las cinco de la tarde hacia Maracaibo, con su maleta de ruedas y su beso en el aire.
Génesis estudiaba en la sala, descalza, con un short de algodón y una camiseta blanca sin sostén.
Yo veía el partido en silencio, o fingía.
"Tío, ¿me ayudas con una cosa?"
"Dime."
"Es de la próxima clase. Los órganos reproductores. Dice aquí que varían de tamaño."
Giró el libro hacia mí.
Una lámina con flechas y números.
"No entiendo la escala", dijo. "¿Es verdad que cambia tanto?"
"Eso depende de cada hombre."
"¿Y cuánto es lo normal?"
"Génesis."
"Es una pregunta de estudio."
La miré.
Tenía el pelo castaño suelto sobre un hombro, los ojos color miel muy abiertos y ese lunar pequeño debajo del labio que yo había intentado no mirar durante cuatro meses.
Mi esposa la había recibido en nuestra casa en agosto, cuando entró a la Universidad de Carabobo a estudiar enfermería.
Su madre, la hermana menor de Yajaira, la había criado en un pueblo de los Andes con misa los domingos y una falda hasta la rodilla.
Mi cuñada nos la encargó con lágrimas en los ojos.
"Cuídenla, que no sabe nada del mundo."
Yo la cuidé.
Hasta esa noche.
"No te puedo dar un número", dije.
"Pero tú sabes."
"Sé lo mío."
"Entonces, ¿es normal o no?"
Antes de que pudiera contestar, su mano se movió.
Subió despacio por mi muslo, torpe, como si no supiera adónde ir.
Tocó la tela.
Se detuvo.
Lo palpó por encima del pantalón, con dos dedos, con una curiosidad tan seria que se me cortó la respiración.
"Génesis."
"¿Sí?"
"Para."
"¿Por qué?"
"Porque no..."
"¿No qué?"
Su palma se cerró sobre mí, con suavidad, midiendo.
Solté un gruñido que no pude evitar.
"Está duro", susurró ella, maravillada.
"Claro que está duro."
"¿Por mí?"
"Génesis, por Dios."
"Dime si es por mí."
Su voz salió muy baja.
No había malicia.
Solo un hambre limpia, nueva, que me desarmó.
"Sí", dije.
La palabra me salió sin permiso.
"Es por ti."
Sus ojos brillaron.
Le temblaban los labios.
"Pensé que... pensé que era mi culpa. Cuando me miras, y yo..."
"¿Y tú qué?"
"Me pasa algo, tío."
"¿Qué te pasa?"
"No sé cómo decirlo."
Se mordió el labio, y yo quise morderlo con ella.
Era mi sobrina política, la sobrina de mi mujer.
Era una mujer de veintiún años que no tenía ni una gota de mi sangre y que estaba pegada a mí, con la mano en mi verga.
Pensé que debía apartarla.
Pensé que debía levantarme, encerrarme en el baño, mojarme la cara con agua fría.
En vez de eso, hice lo que nunca había hecho en ocho años de matrimonio.
La provoqué.
"Si tienes tantas preguntas", dije, con la voz ronca, "te voy a enseñar una cosa más que no sale en el libro."
"¿Qué?"
"Que los hombres también pueden metértelo por atrás."
Presioné, a propósito, con mi entrepierna contra la suavidad de su palma.
Fue una frase brutal, de las que se dicen para asustar.
Para que se levante, se ponga roja, y me llame pervertido.
Para que acabe todo.
Génesis abrió la boca.
Se quedó inmóvil un segundo.
Lo que no esperaba, lo que jamás habría imaginado en cien años, fue que con una mano ella se levantara la falda de su short hasta la cintura.
Y con la otra me jalara la tela del pantalón para sacar mi verga ya erguida.
La tomó con los dedos, caliente, rígida.
"Dios mío", susurró.
Yo cerré los ojos.
"Génesis, no..."
"Es suave."
"Génesis."
"No me imaginaba que fuera tan suave."
Me la apretó, con ambas manos esta vez, curiosa, torpe.
La subió y la bajó, observándome la cara.
"¿Así?"
"Más despacio."
"¿Así?"
"Sí."
Se me escapó un gemido.
Ella sonrió, deslumbrada, con las mejillas rojas.
"Me gusta cómo suena", dijo.
Y entonces hizo lo que más me desarmó.
Se subió al sofá, de rodillas, y se sentó a horcajadas sobre mis muslos.
La falda de su short subida hasta el vientre.
Debajo, solo unas bragas de algodón blancas, húmedas.
"Génesis, tú eres virgen."
"Lo sé."
"Entonces no..."
"No te estoy pidiendo eso. Todavía."
"¿Qué me estás pidiendo?"
"Quiero sentirlo."
Tomó mi verga con una mano y la aplastó contra su vientre, contra la tela mojada, contra su propia piel caliente.
Empezó a frotarse.
Despacio primero.
Sus caderas ondulaban, buscando.
Mi punta se deslizaba, resbalosa, sobre la tela empapada, rozando el hueso de su pubis.
Ella cerró los ojos.
Soltó un jadeo agudo.
"Tío."
"Dime."
"Esto... esto es..."
"Lo sé."
"No sé qué hago."
"Lo estás haciendo bien."
Fue lo único que alcancé a decir.
Mis manos subieron solas a sus caderas, y la guiaron.
La empujé hacia adelante, hacia atrás, en un balanceo lento que le arrancó un gemido.
Sus tetas, apenas cubiertas por la camiseta blanca, se mecían a un palmo de mi cara.
Los pezones, duros, marcados contra la tela.
"Más", gimió ella. "No pares."
"No paro."
"Dime que lo hago bien."
"Lo haces muy bien, Génesis."
"Otra vez."
"Lo haces muy bien. Eres perfecta."
Abrió la boca en un grito ahogado.
Se frotó más rápido, más fuerte, apretando mi verga contra su vientre con las dos manos.
Yo sentí cómo la tela se empapaba, cómo la humedad me bajaba por el tronco.
Aguanté.
Aguanté con los dientes apretados.
Hasta que ella, con la frente en mi hombro y un temblor que le recorrió el cuerpo entero, se vino.
Gritó mi nombre.
"¡Edgar!"
Por primera vez, sin el "tío".
Se aferró a mis hombros, sacudiéndose contra mí, con la boca abierta y los ojos cerrados.
Yo la sostuve.
Con el pantalón por las rodillas y la verga hecha un fuego entre los dos.
Cuando acabó, se quedó quieta, jadeando.
Alzó la cara.
Tenía los ojos húmedos y una sonrisa temblorosa.
"¿Eso era?", susurró.
"Eso era."
"Quiero hacerlo otra vez."
Solté una risa ronca.
Iba a contestarle.
Iba a decirle que me iba a morir, que esto era una locura, que mi esposa volvía el jueves.
Pero en ese instante se oyó un sonido que me dejó helado.
Una llave.
Girando en la cerradura de la puerta principal.