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La Inocencia Que Práctica, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La ducha

De madrugada, bajo el agua del baño de visitas, Edgar descubre lo que ella quiere aprender. Ella le pide que se quede.

Génesis se bajó de mi regazo como si el sofá quemara.

Yo me subí el pantalón con una mano y con la otra apagué la luz de la lámpara.

La llave seguía girando.

Ella agarró su libro, se alisó el short, y se tiró de rodillas en la alfombra, frente a la mesa baja, con la cara a dos palmos de la lámina de anatomía.

Parecía una santa en oración.

La puerta se abrió.

"¿Edgar?"

La voz de Yajaira llenó la sala, fría y cansada.

"Aquí."

Entró con la maleta de ruedas, el abrigo gris, el pelo caoba recogido, los labios rojos intactos a las diez y cuarto de la noche.

Treinta y seis años.

Alta, seria, con tacones que sonaban como martillazos.

"Cancelaron el vuelo", dijo. "Tormenta en Maracaibo."

"Qué mala suerte."

"Me duele la cabeza. Me voy a acostar."

"¿Quieres que te prepare algo?"

"No."

Se quitó los zapatos en la puerta.

Me dio un beso en la mejilla, un roce seco, de pasada.

Olía a perfume caro y a aeropuerto.

Y a otra cosa.

Algo que no supe nombrar.

"¿Qué hace Génesis?"

"Estudia."

"A estas horas."

"Tiene un examen."

"Hola, tía", dijo Génesis, sin levantar la cabeza, con una voz perfectamente tranquila.

Yajaira la miró de reojo.

"Buenas noches. No te acuestes tarde."

"No, tía."

"Y apaguen todo."

"Sí."

Se fue por el pasillo.

Oímos la puerta del cuarto principal.

El grifo del baño.

Después, nada.

Génesis levantó la vista.

Tenía las mejillas encendidas, los labios entreabiertos y la mirada de quien acaba de lanzarse a una piscina.

"Uf", susurró.

"Génesis."

"Dime."

"Esto no puede volver a pasar."

"Ya sé."

"Es en serio."

"Ya sé, tío."

"Tu tía duerme a diez metros."

"Ya lo sé."

"Entonces, buenas noches."

"Buenas noches."

Se levantó, con el libro contra el pecho, y se fue a su cuarto sin mirarme.

Yo me quedé en el sofá, a oscuras, con la verga latiendo y una culpa de ocho años en el estómago.

Pasé la noche en el estudio, sobre el sillón, con los ojos abiertos.

A las cuatro y media de la madrugada, oí pasos descalzos en el pasillo.

Se detuvieron frente al estudio.

Una sombra bajo la puerta.

Un golpe suave, de nudillos.

Me levanté.

Abrí una rendija.

Génesis, con una camiseta larga de dormir y el pelo suelto, los pies desnudos sobre el mármol.

"¿Qué haces?", susurré.

"No podía dormir."

"Vuelve a tu cuarto."

"Quiero ducharme."

"Hay un baño en tu cuarto."

"El agua caliente del mío no sirve."

"Es mentira."

"Sí."

"Génesis."

"Ven conmigo."

La miré.

Detrás de ella, el pasillo oscuro.

Al final, la puerta cerrada del cuarto principal, donde dormía mi esposa con tapones en los oídos y un antifaz de seda, como cada noche de los últimos tres años.

Yo conocía su sueño.

Era profundo.

Era una pared.

"No", dije.

"Edgar."

Me quedé sin aire.

"Dime que no quieres. Dilo en serio, y me voy."

No lo dije.

Salí del estudio.

La seguí por el pasillo en silencio, con el corazón en la garganta.

Entramos al baño de visitas.

Cerré la puerta con llave.

Génesis abrió el grifo de la ducha, y el agua empezó a correr con un estruendo que nos cubrió como una manta.

Se dio la vuelta.

Se sacó la camiseta por la cabeza.

Quedó desnuda, ante mí, a la luz amarilla del baño.

Dios.

Era más hermosa de lo que había imaginado en cuatro meses de no imaginarla.

Pechos redondos, pesados, con pezones oscuros.

Cintura estrecha.

Caderas anchas, de mujer.

Un triángulo de vello castaño, suave, entre unos muslos firmes.

El lunar bajo el labio.

Se tapó el pecho con un brazo, de pronto tímida.

"No mires así."

"¿Cómo?"

"Como si me fueras a comer."

"Ya casi."

Sonrió.

Se metió bajo el agua.

Corrió la cortina a medias.

"Ven."

Me quité el pantalón de pijama y la camiseta.

Entré.

El agua estaba tibia.

Su piel, resbalosa, brillaba bajo el chorro.

La atraje hacia mí.

La besé.

Era la primera vez que nos besábamos.

Sabía a pasta de dientes y a menta.

Sus labios se abrieron, torpes, entregados.

Le enseñé a mover la lengua.

Le enseñé a respirar por la nariz.

Aprendió en dos segundos.

"Más", susurró contra mi boca.

La levanté contra la pared de azulejos.

Ella me rodeó la cintura con las piernas.

Mi verga quedó apretada contra su vientre, entre los dos cuerpos mojados.

Bajé una mano.

La metí entre sus muslos.

Estaba empapada, y no era agua.

"Génesis."

"Dime."

"Voy a tocarte."

"Hazlo."

"Voy a meter un dedo."

"Sí."

"Si duele, me dices."

"No va a doler."

Introduje el índice despacio.

Estaba apretada, caliente, estremecida.

Ella gimió, con los labios contra mi cuello.

Moví el dedo adentro, curvándolo hacia arriba, buscando.

Con el pulgar le acaricié el clítoris.

"Edgar", jadeó. "Edgar."

"Shh."

"No puedo."

"Puedes."

"Me voy a..."

"Hazlo."

Metí un segundo dedo.

Se arqueó contra los azulejos.

Su cabeza cayó hacia atrás.

El agua le corría por el cuello, por las tetas, por el vientre.

Le chupé un pezón con la boca abierta.

Gritó.

Le tapé la boca con la mano libre.

Ella mordió mi palma, con los ojos cerrados, y se vino temblando, con las piernas apretando mi cintura como un torno.

Un espasmo largo, de los que no se olvidan.

Cuando se calmó, apoyó la frente en mi hombro.

Respiraba como si hubiera corrido.

"Dios", murmuró. "Eso fue mejor que la primera."

"¿Mejor?"

"Mucho mejor."

"Todavía falta mucho."

"¿Cuánto?"

"Todo."

Me miró.

Sus ojos miel, empañados, brillaban con una determinación nueva.

"Entonces quiero ver", dijo.

"¿Ver qué?"

Bajó la mirada entre nosotros.

A mi verga erguida, mojada, que le rozaba el muslo.

"Todo."

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