La Inocencia Que Práctica, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Ver
En el estacionamiento de la universidad, Génesis baja la cabeza por primera vez y pregunta todo lo que quiere saber.
Génesis bajó la mirada, y se quedó mirando mi verga como quien mira una máquina desconocida.
El agua le caía por los hombros.
Le goteaba de las pestañas.
"Es más grande de lo que pensaba", susurró.
"Eso ya lo dijiste en el sofá."
"Sí, pero ahora lo veo."
"¿Y qué ves?"
"Que es raro."
"¿Raro?"
"Raro y bonito." Tragó saliva. "Tiene una vena aquí, que sube. Y la punta es más oscura. Y se mueve cuando respiras."
"Génesis."
"No me mires así. Es anatomía."
Rió bajito.
Se agachó.
Quedó de rodillas sobre el piso mojado, con el agua golpeándole la espalda, su cara a diez centímetros de mi sexo.
Yo apoyé una mano contra los azulejos.
"No tienes que hacerlo."
"Quiero."
"Nunca lo has hecho."
"Por eso."
Lo tomó entre los dedos.
Lo acarició desde la base hasta la punta, apretando apenas.
Me estremecí.
"¿Así?"
"Así."
"¿Más fuerte?"
"Un poco."
"¿Y aquí?"
Pasó el pulgar sobre la cabeza, en círculos, recogiendo la gota que brillaba.
La miró, curiosa.
Se llevó el dedo a la boca.
Lo probó.
Yo estuve a punto de caerme.
"Salado", dijo, frunciendo la nariz. "Pero no malo."
"Génesis, por Dios."
"¿Qué? Tengo que saber a qué sabe."
"Eres un peligro."
"Gracias."
"No era un cumplido."
"Para mí sí."
Me miró desde abajo, con esos ojos color miel, y sacó la lengua.
Lamió la punta.
Un toque corto, tímido, de gato.
Me recorrió un latigazo por la columna.
"¿Está bien?"
"Está..."
No pude terminar.
Volvió a lamer.
Esta vez subió desde la base hasta arriba, por el tronco, con la lengua plana, y se detuvo en la punta.
Abrió la boca.
Y me tomó dentro.
Un calor húmedo, estrecho, que me envolvió la cabeza y me arrancó un gemido ronco.
Ella se quedó quieta.
Con los labios cerrados alrededor de mí.
Con los ojos abiertos, muy serios, fijos en mi cara.
"¿Y ahora qué hago?", preguntó, sin sacarla, con un sonido ahogado.
La vibración de su voz casi me mata.
"Muévete."
"¿Cómo?"
"Arriba y abajo."
"¿Cuánto?"
"Lo que puedas."
Empezó a moverse.
Torpe, lenta.
Con los dientes rozando a veces.
"Cuidado con los dientes."
Se separó.
"Perdón."
"No, está bien. Sigue."
"Dime cuando lo haga bien."
"Te digo."
Volvió a tomarme.
Esta vez cubrió los dientes con los labios.
Chupó suave.
Subió y bajó, apenas unos centímetros, con la lengua pegada a la parte de abajo.
"Eso", dije, sin aire. "Eso es."
Me miró con una luz de triunfo en los ojos.
Se puso a repetirlo.
Cada vez un poco más hondo, un poco más rápido, con la mano rodeando la base.
Yo le enredé los dedos en el pelo mojado.
No empujé.
Me dejé llevar.
"Eres buena", jadeé.
Ella soltó un gemido, con la boca llena de mí, y el sonido me llegó hasta los huevos.
"Dime más."
"Eres muy buena."
"¿Mejor que...?"
"¿Que quién?"
"Que tu esposa."
Me quedé helado.
Ella me soltó de golpe.
Se llevó la mano a la boca.
"Perdón."
"No."
"No debí preguntar."
"Está bien."
"Es que..."
"Génesis. Mírame."
Levantó la cara.
"Tú no tienes que competir con nadie."
"Pero..."
"Hace tres años que nadie me toca así."
"¿De verdad?"
"De verdad."
"¿Tres años?"
"Tres."
Me miró con una mezcla de pena y de furia.
"Qué tonta", murmuró.
"¿Quién?"
"Mi tía."
"Génesis."
"Disculpa. No debí decirlo."
"No te disculpes."
Volvió a mi sexo, esta vez con una decisión nueva.
Lo tomó con la mano, lo lamió, lo chupó con las mejillas hundidas.
Subió y bajó con un ritmo que yo no le había enseñado.
Con hambre.
Con ganas de borrar cada uno de esos tres años.
Mis rodillas temblaron.
"Génesis."
"Mm."
"Voy a... voy a acabar."
"Mm-hm."
"Si no quieres..."
"Mm."
Subió los ojos.
Me sostuvo la mirada.
Y chupó más fuerte.
Me vine con un rugido contenido, hundiendo los dedos en su pelo, con la espalda contra los azulejos.
Ella lo recibió.
Sentí cómo tragaba, con un quejido ahogado, una vez, otra.
Hasta que me soltó.
Se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano.
Tosió, riendo.
"Es muchísimo", dijo.
"Perdón."
"No. Es... raro."
"¿Raro bueno?"
"Raro interesante."
Yo me deslicé por la pared hasta quedar sentado en el piso, con las piernas temblando y el agua cayéndome sobre el pecho.
Ella se acomodó sobre mis rodillas.
Me miraba con una sonrisa enorme.
Apoyó la frente en la mía.
"¿Cómo lo hice?"
"Dime tú."
"No sé. Nunca lo había hecho."
"Sobresaliente."
"¿De verdad?"
"Veinte puntos."
"¿Veinte?"
"De veinte."
Soltó una carcajada ahogada.
"Qué exagerado."
"Soy ingeniero. No exagero."
"Pues yo me califico un quince."
"¿Por qué?"
"Porque lo de los dientes."
"Quince y medio, entonces."
Nos reímos los dos, abrazados bajo el agua que empezaba a enfriarse.
Ella se quedó sentada sobre mi muslo, a horcajadas, con las manos en mis hombros.
Sentí su humedad tibia contra la piel, distinta del agua.
Se movió un poco.
Sin pensarlo, creo.
Un balanceo de caderas, hacia adelante, apenas.
"Génesis."
"Perdón."
"No pidas perdón."
"Es que... se siente."
"Hazlo."
"¿Qué?"
"Lo que quieres hacer."
Me miró.
Empezó a mecerse sobre mi pierna, despacio, frotando su clítoris contra mi muslo.
Cerró los ojos.
Echó la cabeza hacia atrás.
Sus tetas subían y bajaban frente a mi cara, brillantes, con las gotas deslizándose por los pezones.
Los tomé con las dos manos.
Los amasé.
Le chupé uno, y después el otro.
"Ay, Edgar."
"Así."
"Dime qué hago."
"Lo que quieras."
"Quiero..."
"Dilo."
"Quiero venirme otra vez."
"Pues vente."
Aceleró.
Sus muslos se tensaron.
Mis manos le apretaban las nalgas, guiándola, empujándola contra mí.
Se oía el roce de su sexo mojado sobre mi piel, un sonido obsceno que se mezclaba con el chorro del agua.
"Ya", gimió. "Ya, ya, ya."
Me clavó las uñas en los hombros.
Se arqueó.
Y se vino por segunda vez, sacudiéndose contra mi muslo, con un gemido largo que le tapé con un beso.
La sostuve hasta que dejó de temblar.
Cuando abrió los ojos, estaban oscuros.
Bajó la mirada.
Mi verga se había vuelto a poner dura entre los dos.
"Otra vez", dijo.
"Génesis, tu tía..."
"Cinco minutos."
"La alarma ya va a..."
"Cinco."
No esperó respuesta.
Se deslizó otra vez de rodillas.
Esta vez no hubo timidez.
Me tomó con la mano, me lamió de punta a base, y me metió entera en la boca, hasta donde pudo.
Soltó una arcada corta.
Se retiró, tosiendo.
"Despacio", susurré.
"Lo sé."
"Respira por la nariz."
"Lo sé."
"Hazlo con la mano también."
Obedeció.
Con una mano me rodeó la base, y con la boca me chupó la punta, subiendo y bajando al mismo ritmo.
Yo apoyé la cabeza contra los azulejos.
"Eso... Dios... eso."
Me miraba.
Con ojos de alumna aplicada, que quiere sacar un veinte.
Cuando noté que me acercaba, la tomé del mentón.
"Mírame."
La miré.
"Ábrela."
Abrió la boca.
Con una mano me acabé sobre su lengua, sobre su barbilla, sobre el pecho, con un gruñido que se perdió en el agua.
Ella cerró los ojos.
Recibió todo.
Cuando terminé, se pasó un dedo por la barbilla.
Se lo chupó.
Me sonrió, brillante, sucia, hermosa.
"Esa fue distinta", dijo.
"¿Cómo distinta?"
"La otra me dio miedo. Esta me gustó."
Me temblaban las piernas.
La ayudé a levantarse.
La lavé con las manos, despacio, el pecho, el cuello, la cara, besándole la frente.
Ella se dejó, con los brazos colgando, tibia y satisfecha, como una mujer que acababa de hacer lo que quería.
Afuera, en el pasillo, sonó la alarma de un teléfono.
La de las seis.
La de mi esposa.
Génesis se puso de pie de un salto.
Cerró el grifo.
Me lanzó una toalla.
"Vete, vete."
"Voy."
"Sal por el estudio. Yo me quedo diez minutos."
"Génesis."
"¿Qué?"
Me acerqué.
La besé en la boca, con sabor a mí.
"Gracias."
"No me des las gracias. Aún me falta mucho."
"¿Mucho qué?"
Sonrió, con los labios hinchados.
"Voy a buscar mi cuaderno."