La Traición De Mi Esposo Bajo Mi Bisturí, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Primer día
En su primer día en el hospital, Giuliana examina a la esposa de su marido, que finge no conocerla.
Llevaba cinco años casada con el hombre más temido del puerto, y nadie en el mundo lo sabía.
Yo lo había querido así.
No me interesaban los privilegios de ser la señora Ferraresi, los guardaespaldas, las cenas de gala ni las miradas.
Prefería el uniforme azul, las manos enguantadas y la luz blanca de un quirófano.
Prefería ser Giuliana Ansaldi, cirujana de trauma, hija de un carpintero de Concepción.
Esa mañana de lunes entré por primera vez al Hospital San Rafael de Viña del Mar, con mi bata nueva.
Tenía seis meses de embarazo, disimulados bajo una chaqueta holgada.
Giordano me había despedido en la puerta del departamento de Reñaca con un beso largo y un "suerte, doctora".
Todavía sentía el sabor de ese beso cuando una enfermera me entregó la ficha de mi primer turno.
"Doctora Ansaldi, bienvenida. Tenemos un ingreso por urgencia. Caída por escalera, mujer de veinticuatro años, siete meses de embarazo."
"Voy."
En el pasillo, una colega de mi edad, pelo rizado y zuecos de colores, me alcanzó al paso.
"Tú eres la nueva, ¿verdad? Ay, qué suerte la tuya."
"¿Por qué?"
"Porque hoy te toca la paciente más famosa de la región." Se acercó con una sonrisa de chisme.
"No lo vas a creer."
"¿A que no sabes quién es el esposo?"
"No."
"Giordano Ferraresi."
Me detuve.
Sentí que el pasillo se estrechaba.
"¿Perdón?"
"El Don."
"El del puerto, el de los casinos."
"Dicen que se casó hace seis meses con la hija de otro capo, una Salvi, de las muelles del sur."
"Es un matrimonio de paz, de esos de película." Bajó la voz.
"La chica está embarazada y se la pasa llena de moretones."
"Dicen que su papá la..."
"Gracias."
No la dejé terminar.
Caminé hacia la sala de observación sin sentir los pies.
Si ella era su esposa, ¿entonces quién era yo?
Me llevé una mano al vientre.
El bebé pateó.
Una vez, fuerte, como una pregunta.
Me dije que eran rumores.
Que en el puerto los rumores crecían como moho.
Me dije que había una explicación, que Giordano me lo habría contado, que un hombre no casa a otra mujer sin avisar a la suya.
Tenía que ser así.
Abrí la cortina.
En la camilla había una joven pequeña, de pelo rubio platino cortado a lo muchacho.
Llevaba un camisón de hospital y una mano sobre el vientre.
Tenía los ojos grises muy abiertos y un moretón violeta en la mejilla.
"Buenos días. Soy la doctora Ansaldi. ¿Cómo se llama?"
"Ludovica", susurró. "Ludovica Salvi."
"¿Dónde le duele?"
"Las costillas. Y la espalda."
"Voy a revisarla."
Me puse los guantes.
Mis manos eran firmes.
Siempre lo habían sido, incluso en las peores noches.
Palpé las costillas con cuidado.
En el costado izquierdo, bajo el camisón, encontré la mancha: cuatro marcas redondas y oscuras, en fila.
Dedos.
No de una escalera.
De una mano.
"¿Se cayó usted por una escalera?"
"Sí."
"¿De cuántos peldaños?"
"No me acuerdo."
Levanté la vista.
Ella miraba el techo.
Sabía mentir, pero no del todo bien.
"Voy a hacerle una ecografía para ver al bebé."
Unté el gel.
Pasé el transductor sobre su vientre, y en la pantalla apareció una silueta pequeña, perfecta, con el corazón latiendo como un colibrí.
"Está bien", dije. "Ciento cuarenta latidos por minuto. Se mueve."
Ludovica soltó el aire y se echó a llorar sin ruido.
"Gracias, doctora."
"Es mi trabajo."
"Yo creí que lo había perdido."
Desvié la mirada.
Quise sentir rencor y no pude.
La mujer en la camilla tenía veinticuatro años, estaba golpeada y lloraba por un bebé.
Del pasillo llegaron pasos rápidos y voces graves.
Una puerta se abrió de golpe.
"¿Dónde está?"
Esa voz.
La conocía en la oscuridad, en la tos, en el sueño.
La cortina se descorrió.
Giordano Ferraresi entró con un traje oscuro, la corbata floja y dos hombres a la espalda.
Llegó a la camilla.
"Mi princesa", dijo.
Le tomó la mano a Ludovica y se la besó.
Fue un gesto tierno.
Natural.
Lo había hecho conmigo mil veces.
"¿Cómo estás? ¿Y el bebé?"
"Está bien, mi amor. La doctora dice que está bien."
Entonces levantó los ojos.
Me vio.
Vi cómo su cara se desarmaba por una fracción de segundo, apenas un temblor en la mandíbula, un cambio en la respiración.
Después se recompuso.
Se enderezó.
Y con una frialdad perfecta, la misma que usaba con sus enemigos, me tendió la mano.
"Doctora Ansaldi, ¿verdad? Mucho gusto."