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La Traición De Mi Esposo Bajo Mi Bisturí, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Reñaca

Giordano admite el pacto con los Salvi; tienen una última noche y ella se va al amanecer.

Esperé a Giordano en la oscuridad del departamento de Reñaca, con una maleta a los pies.

Eran las once y media de la noche.

Desde el ventanal se veía la bahía entera, con las luces de los barcos y el brillo del casino al fondo.

Yo estaba sentada en el sillón blanco, con la bata del hospital todavía puesta y los zapatos en la mano.

La llave giró en la cerradura.

Él entró, se detuvo en la puerta y me miró.

Sin los guardaespaldas, sin el traje.

Solo una camisa blanca, abierta en el cuello, y unas ojeras que no tenía en la mañana.

"Giuliana."

"No me hables todavía."

"Déjame explicarte."

"Primero me vas a decir cuánto tiempo."

Cerró la puerta.

Se quedó apoyado contra ella.

"Seis meses."

"Estás casado hace seis meses."

"Por la Iglesia. Sin papeles. Es un acuerdo, no un matrimonio."

"Dímelo mejor."

Tragó saliva.

"Hace ocho meses hubo una cena de paz con los Salvi."

"Cipriano quería terminar la guerra por el muelle sur."

"Me sirvieron la mejor mesa de su casa." Se frotó la cara.

"Ludovica se me acercó en el jardín."

"Yo estaba furioso contigo."

"¿Conmigo?"

"Por lo del contrato de tu hospital. Me dijiste que no ibas a dejar tu trabajo por mí."

"Y fue una razón para acostarte con ella."

"No fue una razón. Fue una estupidez." Su voz se rompió. "Una noche. Nunca más."

"Y quedó embarazada."

"Y su padre lo supo. Y me dio dos opciones: casarme con su hija o seguir la guerra. Había doscientos hombres muertos en juego."

"Y elegiste a Ludovica."

"Elegí la paz."

"Elegiste mentirme."

Él cerró los ojos.

"Sabía que te irías."

"Claro que me iba a ir."

"Giuliana, por favor."

"¿Por qué hoy, en el hospital, fingiste que no me conocías?"

"Porque Cipriano tiene gente en San Rafael."

"Enfermeras, camilleros."

"Si hubiera sabido que existes, que estás embarazada, que llevas mi sangre..." Se pasó la mano por el pelo.

"No habría dejado nacer a nuestro hijo."

Me levanté.

Mi vientre, pesado y redondo, apareció bajo la bata abierta.

Él lo miró.

"Siempre hacías lo mismo", dije.

"Decidías por mí."

"Que te casaras en secreto."

"Que me ocultara."

"Que no usara tu apellido."

"Y yo aceptaba, porque creía que era amor."

"Era amor."

"Era comodidad."

"Giuliana..."

"Yo no soy tu secreto, Giordano."

Caminé hasta la maleta.

Él avanzó un paso, dos, y me tomó por los hombros.

"No te vayas."

"Suéltame."

"No puedo."

"Suéltame o te juro que..."

"Júrame lo que quieras."

Sus manos temblaban.

Nunca lo había visto temblar.

Lo miré a los ojos.

Entonces, sin saber cómo, mi mano le dio una bofetada.

Sonó fuerte en el silencio.

Él no se movió.

La mejilla se le puso roja.

"Otra", dijo, con la voz ronca.

"Cállate."

"Pégame otra vez, si quieres."

"Cállate, Giordano."

Lo agarré de la camisa y lo besé.

No fue un beso.

Fue una mordida, una rabia, un golpe de dientes y lengua, y él gimió contra mi boca como si llevara meses ahogándose.

Me levantó contra su pecho.

Me apretó con tanta fuerza que me dolió.

"Una vez más", dije, jadeando. "Solo una. Y me voy."

"Giuliana..."

"Una vez más."

Me llevó contra la pared de vidrio.

Mi bata cayó.

Él me levantó la blusa, me bajó el pantalón con una mano, y yo le abrí la camisa de un tirón, haciendo saltar los botones.

Su pecho, ancho y caliente, olía a cigarro y a mar.

Le abrí el cinturón.

Le saqué el pico duro, grueso, y lo envolví con la mano.

Él echó la cabeza hacia atrás.

"Dios, mi amor."

"No me llames así."

"Te llamo como me da la gana."

Me dio vuelta contra el vidrio frío.

Mi vientre quedó libre, sostenido por su brazo, y mis manos se apoyaron contra la ventana, con la ciudad entera brillando abajo.

Entró de un empujón.

Grité.

"Mierda. No pares."

Se movió dentro de mí, profundo y lento, con una mano abierta sobre mi vientre y la otra sujetándome la cadera.

Cada embestida me sacudía el cuerpo entero.

Yo apretaba los dientes.

Me odiaba por lo mojada que estaba.

Odiaba el sonido de su respiración, el olor de su cuello, la manera en que sabía exactamente dónde tocarme.

"Más fuerte", exigí.

"Más fuerte, Giordano."

Aceleró.

La piel chocaba contra la piel.

Mis rodillas se aflojaron.

Él me sostuvo.

Su boca estaba en mi nuca, murmurando mi nombre una y otra vez, entre disculpas ahogadas y palabras sucias.

"Eres mía."

"No."

"Eres mía y lo sabes."

"Era."

Me corrí así, con un grito largo, apoyada contra el vidrio, mientras mi cuerpo entero temblaba.

Él se vino segundos después, con un gruñido hondo, hundido en mí hasta el fondo.

Nos quedamos quietos.

Respiramos.

Su frente descansó contra mi espalda.

"Quédate", susurró.

No contesté.

Me separé despacio.

Me arreglé la ropa.

Recogí la bata del suelo.

Fui hasta la mesa y dejé encima el anillo de oro que me había puesto el mismo día en que firmamos.

Fue en un registro civil de Concepción, sin testigos.

Agarré la maleta.

Él se quedó en el centro de la sala, con la camisa abierta y el pico aún mojado, mirándome sin entender.

"Giuliana."

"Esta fue la última vez."

"No puedes irte sola. Es peligroso."

"Peligroso es quedarse con alguien que decide si existo o no."

"Voy a arreglarlo."

"No me lo pidas."

"Voy a hacerlo igual."

Abrí la puerta.

El pasillo estaba frío y vacío.

Me volví.

"Giordano, no te lo estoy pidiendo."

Y salí.

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