Me Exhibió por una Canasta Navideña, novela · Capítulo 1 de 16
Capítulo 1: El video
Alondra acusa a Wilmarie de tacaña ante cuatro millones de personas y ella responde cancelando las tarjetas y prometiendo canastas.
El sábado por la mañana me despertó el teléfono con ciento cuarenta llamadas perdidas.
Estaba en mi apartamento de Ocean Park, con el café a medio hacer y el sol de diciembre entrando por la ventana abierta.
Llamó la gerente de Recursos Humanos.
Llamó mi asistente.
Llamaron dos periodistas que ni siquiera sabía que tenían mi número.
"Wilmarie", dijo la gerente de Recursos Humanos, con voz de funeral. "Tienes que ver un video."
"¿Qué video?"
"El de Alondra."
Alondra Colón.
Veintisiete años, recepcionista del hotel del Condado, uñas largas, pelo teñido de rubio y una sonrisa preciosa que usaba con los clientes.
La había contratado hacía tres años.
Había cobrado sus tarjetas de regalo todas las veces, sin faltar una.
Abrí el enlace.
En la pantalla apareció Alondra, de pie en el vestíbulo del hotel, con el uniforme azul y los ojos llenos de lágrimas.
"Hola a todos", decía. "Quiero contarles algo que me da mucha vergüenza."
Se secó una lágrima con el dorso de la mano.
"Trabajo en Casa Brisa desde hace tres años."
"Mi jefa se llama Wilmarie Figueroa."
"Dueña de siete hoteles."
"Con casas, con yate, con viajes a Dubái."
Yo no tengo yate.
Ni viaje a Dubái.
Tengo una hipoteca y un gato.
"Y este diciembre", continuó ella, con la voz quebrada, "nuestra jefa no nos va a dar ni una canasta navideña."
"Ni una."
"Cuatrocientos empleados."
"Madres solteras, padres de familia, gente que se parte el lomo todo el año."
"Y a ella no le da la gana de comprarnos ni un pan."
Se tapó la cara.
La cámara tembló.
Después, un corte, y su cara llorosa llenaba la pantalla otra vez.
"Por favor, compartan. Esto no puede ser. Que se sepa quién es la señora Figueroa. Una tacaña. Una jefa miserable."
El video terminaba con un corazón animado.
Abajo, el contador de vistas marcaba cuatro millones doscientas mil.
Y los comentarios.
Había miles.
"Qué desgraciada."
"Boicot a Casa Brisa."
"A esa mujer hay que cancelarla."
"Yo me hospedé en su hotel del Viejo San Juan y era feo, ahora entiendo todo."
"Que se vaya a Dubái a pagar sus tacañerías."
Dejé el teléfono sobre la encimera.
Respiré.
Detrás de mí, el gato maulló.
"Tranquilo", le dije. "No es contigo."
Lo que Alondra no sabía, o no decía, era una historia muy sencilla.
Desde hacía cuatro años, cada empleado de Casa Brisa recibía una tarjeta de regalo de doscientos dólares en cada festividad.
Eran Reyes, Día de las Madres, Día de los Padres, Fiestas Patronales y Navidad.
Y otra en su cumpleaños.
La idea había sido de mi mamá.
Doña Rosa limpiaba cuartos en un hotel de Isla Verde cuando yo era niña.
Siempre decía que el día de su cumpleaños nadie le había dado ni las gracias.
Cuando murió, creé el Fondo Rosa con parte de mi sueldo para repartir esas tarjetas.
Eran casi quinientos mil dólares al año.
Salían de mi bolsillo.
No de la empresa.
Nunca lo había dicho en voz alta, porque me parecía de mal gusto.
Y ahora una recepcionista de veintisiete años me llamaba miserable delante de cuatro millones de personas.
La gerente de Recursos Humanos seguía hablando en el teléfono, que había quedado en altavoz.
"Wilmarie, ¿sigues ahí?"
"Sigo."
"¿Qué hacemos? La prensa llama. Los hoteles están recibiendo cancelaciones. La gente está insultando en las redes. Hay que desmentirlo. Publicar las tarjetas, mostrar que..."
"No."
"¿No?"
"No voy a desmentir nada."
"Wilmarie..."
Me serví el café.
Pensé en lo que dijo Alondra.
"Ni una canasta navideña."
Pensé en lo que decía la gente.
"Qué tacaña."
Y se me ocurrió algo absurdo, casi gracioso.
"Si quieren una canasta navideña", dije, "tendrán una canasta navideña."
"No entiendo."
"Redacta un comunicado."
"¿Qué quieres que diga?"
Le dicté despacio, mientras caminaba por la cocina con la taza en la mano:
"Para respetar las tradiciones navideñas, este año se cancelan las tarjetas de regalo."
"En su lugar, todos los empleados de Casa Brisa recibirán una canasta navideña."
Hubo un silencio largo del otro lado.
"Wilmarie, las tarjetas valen doscientos dólares."
"Lo sé."
"Cada fiesta."
"Lo sé."
"Y una canasta cuesta... no sé, cuarenta, cincuenta."
"Lo sé."
"Eso es un recorte del noventa por ciento."
"Exacto."
"¿Y por qué?"
Sonreí.
Me miré en el reflejo del microondas, con el pelo revuelto y la ojera de una mujer que no ha dormido bien en meses.
"Porque si me van a juzgar por lo que no hice", respondí, "al menos que me juzguen por lo que sí hago."
"Wilmarie, es una locura."
"Publícalo."
"Pero..."
"Publícalo ahora."
Colgué.
Dos minutos después, el comunicado salió en el canal oficial de Casa Brisa, con mi firma, en letras azules sobre fondo blanco.
Treinta segundos después, las redes explotaron.
Y a los diez minutos, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez no eran los periodistas.
Era el grupo de mensajes de los empleados, con más de trescientas personas que acababan de leer el comunicado y escribían todas a la vez.
El primer mensaje decía solo: "¿¿¿Qué???"
El segundo: "Señora Wilmarie, ¿es una broma?"
El tercero era de Alondra.
Una carita llorando.