Me Exhibió por una Canasta Navideña, novela · Capítulo 2 de 16
Capítulo 2: El comunicado
Los empleados se plantan ante su puerta pidiendo las tarjetas y Clemente le dice que el video no fue obra de una sola persona.
El lunes a las ocho de la mañana, cuando salí del ascensor del piso seis, el pasillo de mi oficina estaba lleno de gente.
Mucha gente.
Camareras con el uniforme planchado, botones con las gorras en la mano, cocineros con los delantales todavía manchados, recepcionistas, valets, jardineros.
Al menos ciento cincuenta personas apretadas contra las paredes, sentadas en el suelo, de pie sobre las sillas.
Todos callaron al verme.
Me detuve.
La gerente de Recursos Humanos, pálida, me tomó del codo.
"Llegaron desde las seis. Les dije que no podían subir. Subieron igual."
"Buenos días", dije.
"Buenos días, doña Wilmarie", respondieron, como un coro de escuela.
Entré a mi oficina.
Dejé el bolso sobre el escritorio y me serví agua.
Al fondo, junto a la puerta, esperaban cinco personas.
Un jardinero de cincuenta años con el sombrero entre las manos, dos camareras jóvenes y una cocinera mayor de trenza gris.
Con ellos venía un botones que no podía tener más de veinte.
"Pasen."
Entraron en fila.
El jardinero habló primero.
"Doña Wilmarie, buenos días. Venimos a hablar con usted."
"Los escucho."
"Es por el comunicado."
"Ya sé."
"Mire, doña Wilmarie, es que..." Se estrujó el sombrero. "Es que en mi casa ya contamos con esa tarjeta."
"¿Contaron con ella?"
"Sí, señora. Mi esposa me dijo: con la tarjeta de Navidad le compramos los zapatos al nene."
"Los zapatos."
"Y el árbol."
"Y el árbol."
"Y la cena."
"Entiendo."
La cocinera de trenza gris dio un paso adelante.
"Doña Wilmarie, yo le tengo que decir que yo soy de las que firmé el papel de la huelga del video."
"¿Cuál huelga?"
"Es que..."
"Alondra nos dijo que hiciéramos un video todos juntos, para que usted viera cómo nos sentíamos."
"Yo no entendí que era para que cancelara las tarjetas."
"Yo tampoco", dijo una de las camareras.
"Yo sí", dijo el botones, y se puso colorado.
Silencio.
Me senté.
Crucé las manos sobre el escritorio.
"Vamos a ver si entiendo", dije con calma.
"Hace dos días me acusaron en redes de ser miserable por no darles una canasta navideña."
"Ayer anuncié que les iba a dar una canasta."
"¿Y ahora vienen a pedirme que les devuelva las tarjetas?"
"Sí, señora", dijo el jardinero.
"Cada una de doscientos dólares."
"Sí, señora."
"En cada fiesta."
"Y en el cumpleaños", añadió la cocinera, bajito.
"Claro. Y en el cumpleaños."
"Sí."
"Qué curioso."
Nadie contestó.
Me puse de pie.
Caminé hasta la ventana.
Desde el piso seis se veía el Condado entero, con sus palmeras, sus yates, el mar color turquesa.
Detrás de mí oí respirar a cinco personas con culpa.
"Voy a decirles algo", dije sin volverme. "Me dolió ver ese video. No porque me insultara. Me dolió porque nadie de ustedes me llamó antes."
"Doña Wilmarie..."
"Cuatro años. Cuatro años de tarjetas. Y ni uno solo me escribió para decirme: Wilmarie, este año nos hace falta la canasta."
"No sabíamos que..."
"Para pedir una canasta no hace falta saber nada. Basta con levantar el teléfono."
Se hizo un silencio incómodo.
Giré.
"Les aseguro que voy a cumplir lo que prometí."
"Nadie recibirá menos de una canasta de excelente calidad."
"Y si hay familias que de verdad la necesitan más, se lo pueden decir a Recursos Humanos."
"Pero las tarjetas..."
"Las tarjetas se cancelaron."
"¿Para siempre?"
"Hasta nuevo aviso."
El botones tragó saliva.
La cocinera se puso la mano en la boca.
"Salgan, por favor. Tengo trabajo."
Salieron en fila, con la cabeza gacha.
La puerta se cerró.
Me quedé unos segundos con las manos en el respaldo de la silla.
Me sentía extrañamente tranquila.
Sentía que, por primera vez en cuatro años, la gente a mi alrededor me estaba viendo.
Tocaron la puerta.
"Adelante."
Entró un hombre alto, de hombros anchos, con un delantal blanco de chef sobre una camiseta negra.
Llevaba la gorra en una mano y un cuchillo de cocina enfundado en la otra.
Clemente Vázquez, jefe de cocina del Casa Brisa del Viejo San Juan.
Treinta y ocho años, barba corta, antebrazos tatuados con hojas verdes y unos ojos oscuros que siempre parecían reírse de algo.
Era el único empleado que no había subido a mi pasillo.
Lo conocía desde hacía seis años.
Nunca nos habíamos tuteado.
"Doña Wilmarie."
"Chef."
"Perdone que me presente así."
"¿Pasó algo en la cocina?"
"Sí. Pero no en la mía."
Dejó la gorra sobre la silla.
Me miró de frente, sin las reverencias de los demás.
"Vi el video de Alondra."
"Todos lo vieron."
"Yo lo vi dos veces."
"¿Y?"
"La primera vez me dio pena. La segunda me dio sospecha."
Levanté una ceja.
"¿Sospecha de qué?"
"El video tiene edición."
"Cortes."
"Música de fondo en el segundo ocho."
"Un guion." Se rascó la barba.
"Yo trabajé en televisión antes de la cocina."
"Eso no lo hace una recepcionista sola con su celular."
Me quedé quieta.
"Esa no actuó sola, doña Wilmarie."