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Me fui… y todos enloquecieron, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La Noche de la Luna Cenital

El heredero expulsa a todo su harén por su favorita; las demás reciben oro y ella, sin hogar en este mundo, se dirige al portón del palacio abandonado mientras oye voces gritar su nombre.

En la Noche de la Luna Cenital, el heredero del trono dio un banquete en el Palacio de Mármol y expulsó a todas sus consortes del harén.

Lo hizo por una sola mujer.

Por Briseida, su favorita, que estaba sentada a su derecha con un vestido rojo oscuro y una copa en la mano, sonriendo como si la noche fuera suya.

Las demás consortes fuimos llamadas al salón una por una.

Éramos veintitrés.

Un chambelán leía nuestros nombres en voz alta y un guardia nos ponía en la mano una bolsa de cuero con monedas de oro.

"Con la gratitud de Su Alteza", decía el chambelán, sin mirar a nadie.

Las otras sonreían.

Algunas lloraban de alivio.

Tenían familias en las provincias, casas de campo, hermanas que las esperaban con la mesa puesta.

Salían del salón con la bolsa apretada contra el pecho y la luz de las antorchas en los ojos.

Yo fui la última.

"Consorte Lía", leyó el chambelán.

Caminé hasta el centro de la sala con la espalda recta, como había aprendido a hacerlo durante veintiún años.

El príncipe Severino ni siquiera levantó la mirada.

Estaba acariciando la mano de Briseida.

Un guardia me puso la bolsa en la palma.

Pesaba como un ladrillo.

La dejé caer.

Las monedas rodaron por el mármol con un sonido largo, tintineante, que se oyó en todo el salón.

Nadie se rio.

Nadie dijo nada.

Salí a pie, sin mirar atrás, por el pasillo de columnas.

Afuera hacía frío.

La luna estaba cubierta de un velo gris, y el cielo entero parecía una mancha de ceniza.

Caminé hasta los jardines.

Me senté en el borde de la fuente, bajo un sauce.

Las otras consortes ya se habían ido en carruajes, entre risas y abrazos.

Yo me quedé sola, con el vestido de seda de la corte y los pies helados.

No tenía a dónde ir.

Llegué a este mundo a los veinte años, desde otra realidad.

Una mañana de septiembre en la Ciudad de México me desmayé en el metro, y desperté en una cama de seda con una voz fría en la cabeza.

[Mensaje del sistema: Bienvenida, anfitriona. Misión: conquistar a los cuatro hombres más influyentes del imperio. Recompensa: regreso a tu mundo.]

Cuatro hombres.

El príncipe heredero.

El general del norte.

El canciller.

El médico del Emperador.

Veintiún años.

Los intenté uno por uno.

Y uno por uno, fracasé.

Esa misma noche, mientras me sentaba en el borde de la fuente, el sistema me habló por última vez.

[Mensaje del sistema: Objetivo cuatro, fracaso definitivo. Misión cancelada. Procedimiento de cierre disponible.]

Cerré los ojos.

"¿Qué procedimiento?"

[Mensaje del sistema: Cuando este cuerpo muera, podrás regresar con tu familia.]

Me quedé muy quieta.

Pensé en mi madre.

En su cocina de la colonia Narvarte, con el mantel de plástico y el olor a frijoles.

En sus manos pequeñas que me alisaban el pelo antes de ir a la escuela.

Veintiún años.

Había cumplido cuarenta y uno en este mundo.

Ya tenía canas en las sienes.

Y no recordaba la última vez que alguien me había dicho mi nombre de verdad.

Me levanté.

Caminé sin rumbo por el parque, bajo los sauces, hasta que los pies me llevaron solos hacia el fondo del jardín, donde la hierba crecía alta y los faroles ya no tenían aceite.

Ahí estaba el portón.

Un portón negro, de hierro forjado, medio caído, con una cadena oxidada.

Detrás, una casa enorme, silenciosa, de ventanas rotas.

El Palacio del Ocaso.

El lugar donde mandaban a morir a las consortes que ya no servían.

Todas lo sabían.

Nadie hablaba de él.

Pasé la mano por la cadena.

Cedió con un crujido.

El portón se abrió lo suficiente para dejarme pasar.

Entré al patio.

Había hojas secas por todas partes, una fuente rota y un olor a humedad.

Y un banco de piedra bajo un arco, con una viga de madera encima.

Miré la venda de seda blanca que llevaba atada a la cintura, la que me habían dado en el harén para recoger el pelo.

La desaté.

La pasé entre los dedos.

Era suave y larga.

Me temblaban las manos.

No dejé una carta.

No dejé una palabra.

No quería que nadie me buscara.

Ni que nadie me recordara.

Subí al banco.

Até un extremo de la venda a la viga, con un nudo que aprendí de niña en un campamento.

Respiré hondo.

El aire olía a tierra mojada y a ceniza.

Entonces oí algo.

Lejos, al fondo del jardín, en el interior del Palacio de Mármol, una voz de hombre.

Después otra.

Y otra más.

Voces desesperadas, gritando un nombre.

Mi nombre de palacio.

"¡Lía! ¡Lía!"

Juraría que eran cuatro.

Me quedé inmóvil, con la venda en las manos.

Y no supe si eran reales, o si ya empezaba a desvanecerme.

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