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Me fui… y todos enloquecieron, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Bajo el techo de un médico

Inés despierta en la casa de Casiano, que la bajó del portón, el sistema anuncia un error y él es el primero en preguntarle cómo se llama de verdad.

No recuerdo haber saltado.

Recuerdo el crujido de la viga.

Un tirón frío en la garganta.

Un ruido de metal contra madera.

Y una voz de hombre que decía una sola palabra, muy cerca, con un tono que no entendí.

"No."

Después, nada.

Desperté con el sol entrando por una ventana pequeña y un olor a hierbas secas.

Estaba acostada en una cama estrecha, con una manta de lana áspera hasta el pecho.

Me ardía la garganta.

Tenía el cuello envuelto en una venda gruesa.

Intenté hablar y solo me salió un graznido.

"No te esfuerces."

Giré la cabeza.

Un hombre estaba sentado en una silla de madera junto a la cama, con los codos sobre las rodillas y un tazón de barro entre las manos.

Alto, ancho de hombros, con el pelo negro lleno de canas, la barba corta y una cicatriz blanca que le cortaba la ceja izquierda.

Lo conocía.

Hacía doce años que no lo veía.

Se llamaba Casiano.

Había sido el médico de cámara del Emperador, el hombre al que el trono escuchaba más que a sus ministros.

Fue el cuarto de mis objetivos.

El último.

El único que me dijo, mirándome a los ojos, que no jugara con él.

"Bebe", dijo.

Me incorporó con un brazo detrás de los hombros y me acercó el tazón a los labios.

Era un caldo tibio con sabor a raíces.

Tragué con dolor.

"No hables todavía", ordenó. "Tienes la voz rota. Dos días."

Me dejé caer contra la almohada.

Cerré los ojos.

Y esperé.

Esperé la voz fría del sistema, que debía estar reclamándome.

[Mensaje del sistema: Error. Cuerpo no inerte. Procedimiento de cierre cancelado. Retorno a mundo de origen: no disponible.]

Me quedé helada.

[Mensaje del sistema: Anfitriona con vida. Misión no completada. Estado: indefinido.]

Una risa seca me subió por el pecho y se convirtió en tos.

Casiano me sostuvo hasta que pasó.

"¿Qué te hace gracia?"

Me llevé la mano a la garganta.

Moví los labios.

Él entendió.

"Lo del sistema, ¿no?"

Lo miré, sobresaltada.

"Lo mencionaste. En sueños." Se frotó la nuca. "Dos noches seguidas. Hablabas con alguien."

Asentí.

"Está bien", dijo en voz baja. "No hace falta que me expliques."

Pasaron unos minutos en silencio.

El sol subía por la pared de adobe.

Afuera se oían gallinas, un martillo, la voz de una mujer que llamaba a un niño.

Casiano se levantó.

Fue hasta una mesa llena de frascos y dejó el tazón vacío.

"Este es mi consultorio", dijo de espaldas. "En un pueblo del sur, a cuatro días de la capital. Te traje en una carreta."

Cuatro días.

Había estado cuatro días sin despertar.

"Cuando te encontré en el Ocaso, ya no respirabas."

Se giró.

Tenía los ojos gris verdoso muy serenos y las manos apretadas contra el borde de la mesa.

"Corté la venda. Te hice respirar. Tardaste un minuto y medio en volver."

Cerré los ojos.

"No me lo agradezcas", dijo. "No lo hice por ti."

Abrí uno.

"Lo hice porque soy médico."

Moví los labios.

"Pa-ra... qué."

"No hables."

"Pa-ra qué."

Se quedó callado un instante.

Después caminó hasta la cama y se sentó otra vez.

"Porque llevo doce años pensando que debí decirte algo", respondió. "Y la noche de la Luna Cenital me dijeron que habías desaparecido. Salí a buscarte sin saber por qué."

"¿Cómo sabías... el Ocaso?"

"Es el único lugar donde las abandonadas se mueren."

Lo dijo sin crueldad.

Como quien nombra una enfermedad.

Intenté incorporarme.

Él me puso una mano en el hombro.

"Si te vas ahora, te sigo", dijo con calma. "No te lo digo como amenaza. Te lo digo como médico."

"No necesito..."

"Claro que sí."

"No te pedí nada."

"Nadie me pide nada nunca." Sonrió, apenas. "Y aun así, aquí estoy."

Quedamos en silencio.

Yo le sostuve la mirada.

Era la primera vez en veintiún años que alguien me miraba sin pedirme ni cobrarme algo.

Eso me desarmó.

Las lágrimas me llegaron sin avisar.

Rodaron por mis sienes y se perdieron en la almohada.

Casiano no dijo "no llores".

No me dio palmaditas.

Se quedó ahí, sentado, con las manos en las rodillas, esperando.

Cuando me calmé, preguntó algo que no esperaba.

"¿Cómo te llamas?"

"Lía."

"No."

"Es mi nombre."

"Es el nombre que te pusieron en el palacio." Su voz era suave. "Te pregunto cómo te llamas de verdad."

Se me cortó la respiración.

Veintiún años.

Veintiún años de "consorte Lía".

De "mi señora".

De "esa mujer".

Nadie, ni una sola vez, había querido saber el otro nombre.

Abrí la boca.

Tuve que tragar dos veces antes de que me saliera la voz.

Rota, ronca, apenas un hilo.

"Inés."

Él cerró los ojos un segundo.

Después los abrió.

"Inés", repitió, probándolo.

Y sonrió.

Una sonrisa corta, torcida, sin dientes, que le arrugó la cicatriz de la ceja.

"Es un buen nombre."

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, dormí sin que ninguna voz fría me hablara.

Pero a la mañana siguiente, alguien golpeó la puerta de la casa con una fuerza que sacudió las paredes.

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