Me Robaron el Corazón y la Vida, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: Siete días
Marcial le dice a Clemencia que el corazón fue para Zulema y que le quedan siete días; ella elige la criopreservación, dona su cuerpo al proyecto de su hermana y su familia celebra.
El corazón que esperé dos años llegó un martes a las tres de la mañana.
No era para mí.
Me lo dijo mi esposo, sentado en el borde de mi cama de hospital, con la bata blanca y las manos juntas entre las rodillas.
Marcial tenía la voz que usaba con los pacientes, suave y paciente, la que yo antes creía que solo existía para mí.
"Clemencia, tengo que contarte algo importante."
"¿Apareció un donante?"
"Apareció."
Sentí que el pecho se me aflojaba, y con él, el aparato que me zumbaba bajo la costilla.
"¿Cuándo me operan?"
Marcial miró el suelo.
"Clemencia."
"¿Cuándo?"
"El corazón se le asignó a Zulema."
El zumbido siguió.
Solo que ahora sonaba muy lejos.
"Mi hermana."
"Tuvo una descompensación esta madrugada. Entró a urgencias en paro, y no había tiempo de consultarte. El comité decidió que era la más urgente."
"El comité."
"Sí."
"¿Quién preside el comité de trasplantes en esta clínica, Marcial?"
No me respondió.
Los dos lo sabíamos.
"Hace dos años que estoy primera en la lista", dije.
"Tu cuadro cambió. Estás inestable. No resistirías la cirugía."
"Ayer me dijeron que sí."
"Ayer no tenían todo el panorama."
Sonrió con tristeza, y me tomó la mano.
"Mi amor, tienes que ser fuerte. Hay otra cosa."
Esperé.
"Te quedan siete días. Quizá menos."
Pasó un camión de limpieza por el pasillo, arrastrando un carro de metal.
Se oyó el tintineo de los frascos.
Miré el techo.
Tenía una mancha de humedad con forma de Sudamérica.
Hacía dos años que la miraba cada vez que me internaban.
"Siete días", repetí.
"Lo siento."
"Dime una cosa, Marcial."
"Lo que quieras."
"¿Tú tomaste la decisión?"
Tardó un segundo de más.
"El comité tomó la decisión."
"¿Tú firmaste?"
"Clemencia, no empieces..."
"No empiezo nada."
Retiré la mano.
Él parpadeó, sorprendido de que yo no gritara.
Yo también estaba sorprendida.
Pero algo muy frío se me estaba acomodando por dentro, pieza por pieza, como una máquina que lleva años esperando una orden.
Pensé en mi trabajo.
Soy ingeniera biomédica.
Diseño dispositivos que ayudan a corazones como el mío a latir un poco más.
Conozco los plazos, los márgenes, los protocolos.
Conozco, sobre todo, un procedimiento que casi nadie considera, porque cuesta mucho y exige una firma.
"Quiero hablar de criopreservación", dije.
Marcial se quedó mudo.
"Hay un convenio entre esta clínica y el proyecto de criobiología de la Fundación", seguí. "Zulema lo dirige. Los pacientes terminales pueden donar su cuerpo para investigación. El cuerpo se conserva. Dentro de años, si la ciencia avanza..."
"Clemencia."
"Quiero firmar."
Se pasó la mano por la cara.
Quise ver en sus ojos una grieta de remordimiento.
Solo vi alivio.
Un alivio enorme, apenas disimulado, que le aflojó los hombros.
"Estás segura."
"Sí."
"No tienes que decidirlo hoy."
"Tengo siete días."
"Es verdad."
Se levantó, caminó hasta la puerta y le hizo una seña a alguien en el pasillo.
Entró una enfermera con una carpeta.
Y detrás de ella, mis padres.
Mi madre llevaba un abrigo gris y los ojos hinchados.
Mi padre, el doctor Montiel, abogado jubilado, traje oscuro, bigote blanco, caminaba con la espalda recta de quien va a un entierro.
"Hija", dijo mi madre, y me abrazó.
Olía a jabón de lavanda y a miedo.
"Zulema está viva", susurró contra mi hombro. "Dios mío, gracias. Está viva."
"Lo sé, mamá."
"Fue un milagro."
"Sí."
"Tú sabes cuánto la quieres, ¿verdad?"
"Sí, mamá."
Mi padre se aclaró la garganta.
"Marcial me contó lo de la donación. Es un gesto noble, Clemencia."
"Gracias, papá."
"Siempre fuiste la más generosa de las dos."
Tomé la pluma que me tendió la enfermera.
Firmé en tres lugares, con mi letra de siempre, sin que me temblara la mano.
Donación de cuerpo para fines de investigación. Autorizo a la Fundación para disponer de mis restos y de mi historia clínica.
Cuando terminé, mi madre rompió a llorar.
Mi padre me puso la mano en la cabeza, como cuando era niña.
"Estoy orgulloso de ti."
La puerta se abrió otra vez.
Benicio entró con su uniforme del colegio, la mochila colgando de un hombro y el pelo revuelto.
Tenía nueve años y los dientes chuecos.
Se acercó corriendo y se subió a la cama.
"Mamá, me dijeron que firmaste."
"Sí, mi vida."
"Mi papá dice que fue por la tía Zulema."
"Así es."
Me abrazó el cuello con los dos brazos.
"Qué bueno", dijo, contra mi pelo. "Por fin tú y la tía hicieron las paces."
Sentí que la sonrisa me salía sola.
Una sonrisa limpia, tranquila, de mujer que acaba de entender algo.
Marcial me observaba desde los pies de la cama.
"Por fin dejaste el rencor", dijo con la voz tomada. "Me alegra tanto, mi amor."
Yo apenas sonreí.
Sí, esta vez sí había aprendido la lección.
Iba a devolverle a Zulema mi lugar como hija de la familia Montiel.
Y darles a todos exactamente lo que querían.
Cuando salieron, uno por uno, para dejarme descansar, la puerta no se cerró.
Una mujer con bata blanca y gafas redondas se quedó en el umbral, con el bolso colgado del hombro.
Era la doctora Aranda, mi cardióloga de siempre.
La que trabajaba en otro hospital.
La que no tenía permiso para estar en este piso.
Me miró sin sonreír.
Cerró la puerta con llave por dentro.
"Clemencia", dijo. "No firmes nada más."