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Me Robaron el Corazón y la Vida, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La doctora

Mercedes la visita a escondidas y le revela que con una bomba tiene tres semanas y que la lista fue cambiada; ella decide no firmar nada más.

La doctora Aranda se sentó en el borde de mi cama sin soltar el bolso.

Tenía el pelo gris desordenado y la cara de quien lleva horas sin dormir.

"Te escribí quince mensajes", dijo. "No te llegó ninguno."

"Me quitaron el teléfono ayer."

"Marcial."

"Me dijo que el wifi interfería con el monitor."

"Mentira. Hay wifi en toda la clínica."

Se quitó las gafas y se frotó los ojos.

"Escúchame bien. No tengo mucho tiempo. Me colé por el ascensor de servicio con la credencial de una amiga."

"Mercedes, ¿qué pasa?"

"Tu bomba funciona."

Miré el aparato que me zumbaba bajo la costilla.

"Lo sé."

"Funciona bien, Clemencia. Las lecturas son estables. Con la medicación correcta y sin infecciones, tienes tres semanas, y quizá cuatro."

"Marcial dijo siete días."

"Marcial mintió."

Lo dijo sin gritar.

Con una calma helada que me puso la piel de gallina.

"No hay ninguna razón clínica para que te estés muriendo esta semana. Ni siquiera hay una razón para que estés en este piso. Te trasladaron aquí anoche, a las once, por orden suya."

"Para atenderme mejor."

"Para que yo no pudiera verte."

Me quedé quieta.

"Dime lo que sabes."

Sacó del bolso una carpeta azul.

La abrió sobre mis rodillas.

Eran hojas impresas con el membrete del Registro Nacional de Donación y Trasplantes, llenas de tablas y números pequeños.

"Una amiga trabaja en el registro. No me preguntes cómo lo consiguió. Si se entera alguien, nos cuesta la licencia a las dos."

Señaló un renglón con el dedo.

"Esta eres tú. Paciente número uno de la lista de corazón, grupo A negativo, puntaje de urgencia noventa y cuatro. Ha estado así los últimos dos años."

"Lo sé."

"Y esta es Zulema Montiel. Sexto lugar. Cardiopatía congénita leve, estable. Puntaje sesenta y uno."

Pasó la hoja.

"Hace treinta y seis horas, el puntaje de Zulema cambió a noventa y ocho. Se le añadió una complicación aguda. Y el tuyo bajó a cuarenta. Aparece una sepsis activa que nunca tuviste."

"Una sepsis."

"Con fecha de ayer a las diez de la noche. Y mira quién cargó los cambios."

Su dedo se detuvo sobre una línea.

Usuario: M. Lizarazo.

Me quedé mirando esas dos palabras.

El zumbido de la bomba me retumbaba en las sienes.

Lo curioso es que no lloré.

Había llorado tanto en dos años, en consultorios, en pasillos, de noche junto a un hombre que dormía, que ya no me quedaban lágrimas para esto.

Solo me quedaba una claridad enorme, fría, casi hermosa.

"Mi esposo cambió la lista", dije.

"Sí."

"Para dársela a mi hermana."

"Sí."

"¿Por qué?"

Mercedes dudó.

"No sé si quiero decírtelo."

"Dímelo."

"Hay rumores. Desde hace un año."

"¿Qué rumores?"

"Que Zulema y él no solo trabajan juntos."

Cerré los ojos.

No me sorprendió.

Era como si una parte de mí lo hubiera sabido siempre, y hubiera guardado ese saber en un cajón, para no tener que verlo.

"Hay algo más", dijo Mercedes. "Algo que me preocupa más que la lista."

Me alcanzó una hoja delgada.

La firma de hoy.

Lo reconocí enseguida.

"Cláusula siete", leyó. "Autorizo a la Fundación para disponer de mis restos y de mi historia clínica. ¿Entiendes lo que significa?"

"Que donaré mi cuerpo."

"Significa que tu expediente completo deja de ser tuyo. Pasa a ser propiedad del proyecto de investigación. Se sella como material experimental. Nadie puede solicitarlo, ni tu familia, ni un juez, durante diez años."

Por fin comprendí.

"Mis registros."

"Los de tu pronóstico real. Los de tus análisis. Los de la sepsis falsa. Todo. Si mueres, o si te declaran en fase terminal, tu historia se sella, y con ella la única prueba de que tú eras la primera."

"Y yo acabo de firmar."

"Hace una hora."

Me quedé mirando mis manos.

Estaban quietas.

"Mercedes, ¿puedo anular eso?"

"Con un abogado, un juez y meses de tiempo."

"No tengo meses."

"No."

"Entonces ¿qué hago?"

Ella me tomó la mano.

"Hay una opción."

"Dímela."

"Denunciamos ya. Hoy. Voy al ministerio y a la Fiscalía con estas hojas."

"Y Marcial dice que tu amiga falsificó los registros."

"Hay copias."

"Y dice que yo deliro por la enfermedad. Que firmé mi donación en pleno uso de razón, que estoy muy contenta, que Benicio lo vio." Me incliné hacia ella. "Y mi padre, que es abogado, dice lo mismo. Y mi madre. Y mi hermana, con su corazón nuevo y su sonrisa."

"Clemencia..."

"No me van a creer, Mercedes. No hasta que lo oigan de sus bocas."

Hubo un silencio.

Mercedes me miró con el ceño fruncido.

"¿Qué estás pensando?"

"Que me dieron una semana."

"Que son tres."

"Que ellos creen que me quedan siete días." Sonreí. "Y que, mientras lo crean, van a contarme todo."

Mercedes se quedó mirándome.

Después, despacio, sonrió también.

"Eres peligrosa."

"No lo sabía."

"Yo sí."

Sacó de su bolso un celular viejo, de pantalla rota, con un cargador enrollado.

"Este no está registrado a mi nombre. Tiene grabadora, almacenamiento en la nube y una batería que dura tres días. Ocúltalo."

Lo metí bajo la almohada.

"Y una cosa más." Se puso de pie. "Cambia la pastilla del desayuno por una de azúcar. La que te dan todas las mañanas no es la que te receté."

"¿Cuál es?"

"Un sedante. Para que estés tranquila y obediente."

Se me heló la sangre.

Mercedes me apretó el hombro.

"Voy a volver mañana. No te muevas."

Abrió la puerta con la llave.

Se detuvo.

En el pasillo, una voz dulce, conocida, cantarina, preguntaba por mi habitación.

"¿Aquí? ¿Es esta? Quiero ver a mi hermana. Dicen que no puedo caminar sola, pero es que no aguanto más."

Mercedes volvió a cerrar la puerta de golpe.

Se llevó el dedo a los labios.

Por la rendija se veía una silla de ruedas, una enfermera, un camisón blanco, una melena rubia y un ramo de rosas.

Zulema había venido a verme.

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