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Me Robaron el Corazón y la Vida, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La hermana

Zulema la visita con un regalo y, creyéndola moribunda, confiesa lo que siempre quiso; Clemencia graba cada palabra.

Mercedes se metió en el baño sin hacer ruido.

Yo saqué el celular de debajo de la almohada y apreté el botón rojo.

Lo escondí en el pliegue de la manta, con el micrófono hacia arriba.

Después cerré los ojos y dejé caer la cabeza sobre la almohada.

La puerta se abrió.

"Gracias, ya puede irse", dijo Zulema a la enfermera. "Yo me quedo un ratito con ella. Es mi hermana."

"Cinco minutos, doctora. Usted tiene que volver a la UCI."

"Cinco."

La silla de ruedas rodó hasta mi cama.

Olía a rosas, a desinfectante y a algo más, un perfume que reconocí.

Era el mismo que Marcial traía en la camisa los jueves.

Zulema esperó a que la enfermera cerrara.

Se oyó el clic del pestillo.

"Clemencia", susurró. "Clemencia, ¿estás despierta?"

No me moví.

"Qué bien. Te dieron el sedante."

Entreabrí un ojo.

Mi hermana estaba sentada en la silla de ruedas, con una bata de hospital de seda blanca y el pelo rubio recogido.

Tenía las mejillas rosadas.

Hacía una semana que no se levantaba de una camilla, y se veía más sana que yo en diez años.

Una mano suya descansaba sobre el pecho, justo donde latía el corazón nuevo.

Mi corazón.

"Mira", dijo, con ternura, y se abrió un poco el escote.

Una cicatriz larga, recta, todavía roja, le recorría el esternón de arriba abajo.

"Me duele cuando respiro hondo. Dicen que es normal."

Hizo una pausa.

"Es bonito, ¿no? Late muy fuerte. Muy parejo. Como el de alguien que nunca se ha cansado."

Contuve la respiración.

Zulema se rio bajito.

"No me mires así. Estás dormida."

Se inclinó hasta apoyar la barbilla en el borde de la cama.

"Papá me dijo que firmaste. Que soy la hermana más afortunada del mundo. Que tú siempre fuiste la más buena." Su voz se endureció un poco. "Siempre fuiste la más buena, Clemencia. Qué asco."

Silencio.

El micrófono grababa.

"¿Sabes qué recuerdo de cuando llegué a esta casa? Yo tenía seis años. Llevaba un vestido que no era mío. Tu mamá me puso en tu cuarto, tu cama pequeña, tus muñecas, y tú, que tenías once, me miraste y dijiste: 'Puedes jugar con mis muñecas viejas, pero las de vestido azul son mías'."

Mi corazón dio un salto.

No me acordaba de eso.

"Las de vestido azul eran las lindas, claro." Rio otra vez. "Toda mi vida me dijeron que debía quererte. Que eras mi hermana. Que debía agradecer. A ti nunca te dijeron que me agradecieras nada."

Se quedó callada.

La enfermera golpeó la puerta una vez.

"Dos minutos, doctora."

"Ya va."

Zulema respiró hondo, con una mueca de dolor.

"A mí me dieron el apellido. A ti te dieron todo lo demás. La casa, la carrera, el piano, el amor de papá y mamá. Y después, a Marcial."

Sentí que algo se tensaba a la altura del estómago.

"Marcial es mío desde hace tres años", dijo, con una sonrisa que yo no veía, pero oía. "Desde el congreso de Cartagena. Tú estabas enferma en la cama del hotel y nosotros cenamos abajo. Esa noche me dijo: 'Zulema, tú me entiendes'."

Quise vomitar.

"No lo hicimos por maldad. Lo hicimos porque nos queríamos. Y tú ya estabas muriéndote hacía mucho."

Se echó atrás en la silla.

"Cuando supe que había un corazón, supe que era tuyo. Marcial me lo dijo: 'Es A negativo, Zule. Es de Clemencia'. Yo le pregunté: '¿Y si lo cambias?'. Lo pensó un día entero."

Su voz tembló, no de culpa.

De emoción.

"Lo cambió. Por mí. Por nosotros. ¿Sabes lo que es que alguien haga eso por ti?"

No respondí.

Zulema se acercó a mi oído.

Su aliento olía a menta y a hospital.

"Gracias por el corazón, hermanita."

Sentí que me besaba la frente.

Un beso breve, tibio, de mujer satisfecha.

"Y gracias por firmar. La Fundación hará una ceremonia preciosa, con cámaras y discursos. Te van a recordar como la mejor de todas. El día veinte, en el atrio de la clínica. Va a venir la junta. Los periodistas. Hasta el ministro."

Se enderezó.

"Y a Benicio lo voy a criar yo. Me adora. Va a crecer queriéndome mucho. Tú no te preocupes."

Cerró los dedos sobre mi mano inerte.

"Descansa."

La silla de ruedas dio la vuelta.

La puerta se abrió.

"Doctora, ya", dijo la enfermera.

"Ya voy."

Se alejó por el pasillo, tarareando una canción de cuna que mi madre cantaba cuando éramos niñas.

Esperé a que el sonido se perdiera.

Abrí los ojos.

La habitación estaba en silencio.

Detrás de la puerta del baño, algo se movió.

Mercedes salió pálida, con la mano en la boca y los ojos enormes.

Me miró.

Yo estaba sentada en la cama, muy derecha, con el celular en la mano y los dedos tan apretados que se me habían puesto blancos.

"Lo oí todo", susurró.

"Lo grabé todo."

Mi amiga se dejó caer en la silla de visitas.

"Dios mío, Clemencia."

Miré el celular.

El contador marcaba cuatro minutos y cuarenta segundos.

Guardé la grabación en la nube con las yemas temblando.

Era una prueba.

Y era también un cuchillo.

"Dijo que la ceremonia es el día veinte", murmuré.

"¿Qué ceremonia?"

"La mía." Apreté los labios. "Y no voy a faltar."

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