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Me Robaron el Corazón y la Vida, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: La cena de las paces

Tres días después me dejaron salir de la habitación para cenar.

Fue idea de mi madre.

"Una cena en familia", dijo. "Para celebrar que todo está en paz."

La clínica nos prestó el comedor privado de los médicos, en el último piso.

Una mesa larga con mantel blanco, velas, copas de cristal y un pastel de tres leches con una vela solitaria.

Me sentaron a la cabecera, en una silla acolchada, con una manta sobre las rodillas y la bomba escondida bajo el suéter.

A mi derecha estaba mi madre, con los ojos brillantes.

A mi izquierda, mi padre.

Frente a mí, Marcial y Zulema.

Y entre los dos, Benicio, sentado sobre un cojín, balanceando las piernas.

Zulema llevaba un vestido rosa pálido y la sonrisa más hermosa de su repertorio.

Había perdido el aire dolorido del hospital.

Se le notaba apenas la cicatriz bajo el escote.

"Estás divina, hermanita", me dijo, y me apretó los dedos sobre la mesa.

"Tú también."

Servimos sopa de ahuyama.

Hablamos de todo menos de lo importante.

Del colegio de Benicio, del clima, de un primo que se casaba en Medellín.

Mi padre se aclaró la garganta cuando llegaron los postres.

"Quiero decir unas palabras."

Todos callaron.

"Clemencia, hija."

"Dígame, papá."

"Esta semana he rezado más que en todos los años de mi vida." Se pasó la mano por el bigote. "Y he pensado mucho en lo que pasó entre ustedes dos."

"Papá..."

"Déjame terminar."

Me callé.

"Siempre las vi pelear. Siempre supe que había algo. Y siempre pensé que ustedes lo resolverían solas, como hermanas." Tragó saliva. "No lo resolvieron. Pero hoy, cuando firmaste, cuando le diste a tu hermana la oportunidad de vivir, entendí que el perdón era posible."

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