Nadando En Las Medias De Mi Ahijada, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La postura
En la clase de clavados, el roce, el hilo suelto y un rescate con el padre mirando.
"Padrino, ¿así es la postura correcta?"
Zaira estaba de espaldas a mí, en la orilla del trampolín de un metro, con los brazos estirados sobre la cabeza.
Yo estaba detrás, con las manos listas para corregirle los codos.
Era sábado por la mañana en el Club Deportivo Los Pinos, y el sol pegaba fuerte sobre la alberca olímpica.
Hacía seis meses que había vuelto a Guadalajara.
Veinte años de plataformas petroleras me habían dejado la espalda ancha, la piel curtida y la costumbre de no esperar nada de nadie.
Entrenaba clavados a los socios del club, y esa mañana tenía de alumna a mi ahijada.
Hacía veintitrés años que la había cargado en la pila bautismal, cuando yo tenía dieciocho y ella lloraba a gritos.
Después me fui, y la vi dos veces en dos funerales.
Ahora tenía veintitrés años, la carrera de arquitectura a punto de terminar, y un cuerpo que yo me prohibía mirar.
"Las rodillas rectas", dije.
"Están rectas."
"Los pies juntos."
"Juntos."
"Mete la barriga."
"Padrino, no tengo barriga."
Tenía razón.
Llevaba un bikini negro de tiras finas, con el moño del cuello y otro en la espalda baja.
La piel color miel, con el lunar pequeño en la parte alta del muslo izquierdo, y las caderas anchas que se movían con cada respiración.
Al otro lado de la alberca, en una silla de lona, estaba su padre.
Fidencio Quiroz leía el periódico del sábado con las gafas en la punta de la nariz.
Era mi mejor amigo desde que yo tenía quince años y repartía tortillas en su triciclo.
Me había pedido que enseñara a su hija a tirarse de cabeza, y le dije que sí sin pensarlo.
"Ahora inclínate despacio", indiqué. "Las manos adelante, la cabeza entre los brazos."
"Así."
Se inclinó.
Y al inclinarse, echó la cadera hacia atrás, y su trasero firme, redondo, se plantó directo contra mi entrepierna.
Fue un roce de un segundo.
Pero sentí la tela mojada del bikini, el calor de su carne y el movimiento leve, casi imperceptible, de sus caderas al acomodarse.
Una corriente eléctrica me recorrió de la nuca a los talones.
"Perdón", dijo ella, sin voltear. "Me resbalé."
"No te resbalaste."
"¿No?"
"Párate derecha."
Se enderezó despacio.
Alcancé a ver sus hombros, y noté que temblaban de risa contenida.
"Salta", ordené, con la voz ronca. "Ahora."
Zaira dio un paso al borde, flexionó las rodillas, y saltó.
Fue un salto horrible.
Cayó plana, de panza, levantando una ola, y se hundió.
Esperé tres segundos.
Cuatro.
Cuando salió a la superficie, manoteaba como una gata en un costal.
Tragaba agua, tosía, y se hundía otra vez.
"¡Zaira!"
Era mala nadadora, lo sabía desde la primera clase, y esa desesperación me heló la sangre.
Me quité la camiseta y me lancé de cabeza.
En dos brazadas llegué a ella.
La agarré por la cintura, y ella se me enroscó al cuerpo con brazos y piernas, como un pulpo asustado.
"No me sueltes", jadeó, escupiendo agua. "No me sueltes, padrino."
"No te suelto."
La arrastré hacia la orilla, donde se hacía pie.
Ella seguía aferrada a mí, con los muslos apretados contra mis caderas y las tetas aplastadas en mi pecho.
Con cada movimiento, nuestros cuerpos se rozaban, y yo sentía todo.
Sentí la curva de su culo en mis manos, la presión de su pubis contra el mío, el roce de sus pezones duros a través de la tela mojada.
Y de pronto sentí que el moño de la espalda estaba suelto.
Bajé la vista.
Los dos hilos del bikini flotaban sueltos en el agua, y la parte de arriba se le había caído hasta la cintura.
Sus tetas quedaron pegadas a mí, desnudas, calientes, redondas, con los pezones oscuros clavados en mi piel.
"Se me soltó el hilo", dijo Zaira, mirándome a los ojos.
No parecía asustada.
Parecía muy atenta.
"Ya veo."
"Tápame."
Subí las manos por su espalda, buscando los hilos, y mis palmas resbalaron sobre su piel húmeda.
Tardé más de lo necesario en encontrarlos.
Ella respiraba rápido, con los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando contra el mío.
Su muslo se movió despacio entre los míos, y me rozó la verga ya dura bajo el traje de baño.
Ella lo notó.
Lo supe porque sus pupilas se dilataron.
"Padrino", susurró.
"Cállate."
Le até el moño con dedos torpes, dos veces.
El agua nos llegaba al pecho.
A veinte metros de nosotros, un hombre de cincuenta y seis años pasaba la hoja del periódico con una mano.
"¿Todo bien, muchachos?", gritó Fidencio, sin levantar la vista.
"Todo bien", contesté. "Solo un susto."
"Qué mala nadadora eres, hija. Tienes que hacerle caso a tu padrino."
"Lo estoy haciendo, papá", dijo Zaira, con la cara pegada a mi cuello.
Su aliento me quemaba la piel.
Fidencio volvió a su periódico.
Zaira aprovechó que tenía la boca a un centímetro de mi oreja.
"No me soltaste", murmuró.
"Te estabas ahogando."
"Sé nadar mejor que eso, Marcos."
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.
"No me ahogaba", susurró. "Y tú lo sabes."
"Zaira..."
"Ya me soltaste el hilo."
"Fuiste tú."
Se separó apenas, con una sonrisa lenta, de gata.
"Fui yo", admitió.
Se alejó nadando de espaldas, con las tetas apenas cubiertas, los ojos puestos en los míos.
Yo me quedé de pie en el agua, con la verga dura como una piedra, intentando que mi mejor amigo no se diera cuenta de nada.