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Nadando En Las Medias De Mi Ahijada, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El sauna

Después del cierre, ella lo espera con medias y él se rinde a su boca.

Esa noche cerraron el club a las nueve, y yo me quedé a revisar los trampolines.

Es un hábito de plataforma: nunca dejo un tablón sin probarlo con mi propio peso.

A las nueve y diez apagaron las luces de la alberca y solo quedó encendida la lámpara verde del cuarto de máquinas.

Entré al área de los vestidores con la toalla al cuello, descalzo, oliendo a cloro.

Del sauna salía un hilo de vapor por debajo de la puerta.

Era raro.

Lo habían apagado desde las ocho.

Empujé la puerta de madera.

Dentro, a la luz tenue de una bombilla amarilla, estaba Zaira.

Sentada en el banco de arriba, envuelta en una toalla blanca, con el pelo recogido y las piernas cruzadas.

Llevaba unas medias color piel, finas, transparentes, que le subían desde los pies hasta medio muslo, sujetas con una liga negra.

No llevaba nada más.

"Cerraron el club", dije.

"Tengo llave."

"¿Cómo que tienes llave?"

"Mi papá es socio fundador, padrino. Tiene copias de todo."

"Zaira, tu padre..."

"Mi padre se fue a las ocho a su casa, a ver la telenovela." Descruzó las piernas, despacio. "No va a venir."

Me quedé quieto en el umbral, con el calor húmedo pegándome la camiseta.

"Esto es una locura."

"Lo sé."

"Soy tu padrino."

"Eres el hombre que me agarró hoy como si fuera a romperme, y después se puso duro contra mi muslo. No te hagas el santo."

"Eres la hija de mi mejor amigo."

"Tengo veintitrés años."

"Es lo mismo."

"No es lo mismo. Ven aquí."

Dije que no.

Y entré, cerré la puerta tras de mí, y puse el seguro.

Subí los dos escalones del banco con la toalla en la mano.

Ella abrió las rodillas, apenas, y la toalla blanca se abrió de un lado, dejando ver la parte alta del muslo y la liga.

"Mira", susurró, mostrando la media con dos dedos. "Compré estas esta tarde. Para ti."

"No sabías que iba a..."

"Sabía."

Estiró la pierna y apoyó el pie sobre mi muslo, con el nylon suave deslizándose sobre mi piel.

Me recorrió un escalofrío desde la ingle hasta el estómago.

"Quítate la camiseta."

"Zaira."

"Quítatela."

Me la saqué por la cabeza.

Ella me miró el pecho, el vientre, las cicatrices viejas, con una avidez que me hizo sentirme joven.

Subió el pie despacio por mi abdomen, hasta apoyarlo contra mi pecho.

"¿Te gusta?", preguntó.

"Me vuelve loco."

"Dímelo."

"Me gusta la media. Me gusta cómo se te ve el muslo. Me gusta tu pie sobre mí."

Sonrió.

Deshizo el nudo de su toalla con un tirón, y la dejó caer.

Estaba desnuda, salvo por las medias y la liga.

Sus tetas eran pesadas y redondas, con los pezones oscuros erguidos por el calor.

Tenía el vientre suave, la cintura marcada, y el pubis cubierto por una franja delgada de vello recortado.

Se me secó la boca.

"Tócame", ordenó.

Le puse las manos en las rodillas, y subí por el nylon.

Sentí la textura fina y sedosa bajo las yemas, la piel tibia debajo, y el borde de la liga que le apretaba el muslo.

"Más arriba."

Subí.

Mis dedos llegaron a la unión de sus piernas, y la encontré empapada.

"Dios", murmuré.

"Hace horas que estoy así."

"Desde la alberca."

"Desde antes."

La acaricié con dos dedos, de arriba abajo, abriéndole los labios hinchados.

Ella echó la cabeza hacia atrás y gimió contra la pared de madera.

Su clítoris estaba duro y resbaloso, y lo rodeé con la yema, despacio, hasta que sus caderas se movieron solas.

"Así, padrino. Así."

"No me digas padrino."

"Padrino."

"Zaira."

"Padrino. Dime que sigas."

"Sigo."

Metí un dedo, luego dos, y su panocha se cerró alrededor de ellos, caliente y apretada.

Ella me agarró del pelo con las dos manos.

Bajé la cara y le besé el interior del muslo, sobre la media, donde el nylon estaba húmedo de sudor y de vapor.

Mordí despacio.

Sus piernas temblaron.

"Quiero tu boca", jadeó. "Ahí. Por favor."

Me arrodillé en el escalón de madera.

Le abrí las rodillas con las manos, y la miré: abierta, brillante, con las medias enmarcándole los muslos como un regalo envuelto.

Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, una sola vez, larga.

Zaira soltó un grito ahogado y se tapó la boca con el puño.

Sabía a sal, a sudor, a ella.

Seguí.

Lamí su clítoris con la lengua plana, luego con la punta, alternando con besos cortos y chupadas suaves.

Metí otra vez los dedos, curvados hacia arriba, y encontré ese punto que le arrancó un gemido largo.

Sus talones se clavaron en mi espalda, con el nylon rozándome la piel.

"No pares", suplicó. "No pares, no pares..."

No paré.

Mi lengua se movía rápido, firme, y mis dedos seguían el mismo ritmo, hundiéndose, saliendo, volviendo a entrar.

El sudor me corría por la espalda.

Ella arqueó la espalda contra la pared, abrió la boca sin voz, y todo su cuerpo se tensó.

Se corrió con un temblor largo, estremeciéndose contra mi cara, y yo seguí lamiéndola hasta que me apartó la cabeza con las dos manos.

"Para, para, que me muero."

Me puse de pie, relamiéndome, con la verga a punto de reventarme el pantalón.

Zaira abrió los ojos, brillantes y vidriosos, y bajó la vista hasta mi cinturón.

"Tu turno", dijo.

"Aquí no."

"Aquí sí."

"Zaira, esto es demasiado."

"Todavía no. Déjame."

Se bajó del banco, se puso de rodillas frente a mí, y me desabrochó el pantalón con dedos hábiles.

Me sacó la verga con una mano, la sopesó, la miró con curiosidad.

"Qué grande", murmuró.

"No..."

Se la metió en la boca.

Mi cabeza cayó hacia atrás contra la pared, y un gruñido me salió desde el pecho.

Su boca era caliente y húmeda, y su lengua trabajaba la parte baja con una lentitud torturante.

Me chupó hondo, tomando lo que podía, con las dos manos en la base.

Mis manos le agarraron el pelo.

"Zaira... voy a..."

Ella no se apartó.

Me vine en su boca con un gruñido ronco, y ella tragó, mirándome desde abajo.

Después se pasó el dorso de la mano por los labios, y sonrió.

Me vestí a medias, todavía temblando.

Zaira se puso la toalla y bajó del banco, con las medias ligeramente caídas en una pierna.

Estaba por abrir la puerta cuando el teléfono sonó en el bolsillo de mi pantalón, sobre el banco.

Lo tomé.

Era un mensaje de Fidencio.

"Marcos, mañana cena en mi casa. Zaira cocina. No faltes."

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