Renació en la época de los matrimonios entre humanos y bestias, novela · Capítulo 1 de 12
Capítulo 1: La cama equivocada
Eloísa renace el día del rito y ve a su hermana subirse a la cama del lobo; elige entonces la mano del jaguar.
Lo último que sentí en mi vida anterior fue el humo.
Me llenaba la boca, me raspaba el pecho, y detrás de la puerta cerrada mi hijo lloraba llamándome.
Tenía dos años.
Era un lobo blanco de ojos azules, el primer híbrido nacido desde el fin de la Gran Guerra, y lo habían puesto en mis brazos como una corona.
Abrí los ojos con un grito atorado en la garganta.
No había humo.
Había una alfombra roja bajo mis pies, cientos de velas en las paredes de piedra y un vestido verde pesado que me apretaba las costillas.
Estaba de pie en la entrada del Salón de las Alianzas.
Reconocí cada columna, cada estandarte, cada rostro.
Era el día del Rito.
El día en que, cada cien años, los herederos de las tres Casas de Bestias esperaban en sus lechos de piedra a que una novia humana eligiera.
El lobo en el lecho de plata.
El zorro en el lecho de cobre.
Y en el lecho de hierro, solo, el jaguar, al que ninguna mujer se acercaba jamás.
Me llevé la mano al vientre.
Estaba plano.
Seguía viva.
Escuché una risa suave a mi lado y se me heló la sangre.
"¿Qué esperas, hermana?"
Candelaria llevaba un vestido blanco con listones dorados, el pelo castaño suelto sobre los hombros, la sonrisa de un ángel.
Me miró un segundo de más.
Y entendí.
Ella también recordaba.
"Te dejo el zorro", susurró. "Con lo mal que te quedó el lobo."
Se levantó la falda y caminó por la alfombra con una prisa elegante.
Todo el salón la siguió con la mirada.
Las novias humanas debíamos acercarnos a un lecho, sentarnos en él y tomar la mano del heredero.
Quien se sentaba primero en un lecho quedaba ligada a ese heredero para siempre.
Candelaria cruzó el salón, subió los tres escalones de plata y se sentó en el lecho del lobo.
Tomó la mano de Rómulo Aldana.
Él sonrió.
Una sonrisa perfecta, cálida, la que yo había tomado por devoción durante dos años.
Rubio, de ojos grises, con el abrigo blanco de su manada abotonado hasta el cuello.
Me miró por encima del hombro de mi hermana.
Y por primera vez vi lo que su mirada decía.
Nada cálido.
Una pregunta fría, sin palabras: ¿qué eres tú?
Entonces recordé algo que no había querido recordar.
La noche del incendio, mi cuarto olía a aceite, no a madera.
Y Rómulo, que decía amarme, no vino.
No vino porque nunca me había amado a mí.
Había amado al heredero que yo llevaba.
Un murmullo recorrió el salón.
Quedaba una sola novia sin elegir.
Yo.
Los ancianos del Consejo, sentados en sus sitiales negros, me miraban con paciencia desde el fondo.
El zorro, Saúl Benavides, sonreía en su lecho de cobre con la despreocupación de quien sabe que sobrará una hermana.
Si me sentaba allí, repetiría todo.
Un esposo que contagiaba a las mujeres que decía amar, y una hermana que llegaría primero a todo.
No.
Subí la mirada al último lecho.
El de hierro.
Negro, enorme, sin una sola vela alrededor.
Y en él, sentado con los codos sobre las rodillas, un hombre inmenso con el pelo negro atado y una cicatriz de garra que le cruzaba desde la oreja hasta el cuello.
Baltasar Zaldívar.
El jaguar.
La gente decía que había matado a tres prometidas.
Nadie se atrevía ni a mirar su lecho.
En mi vida anterior, yo ni siquiera lo recordaba.
Hasta que el día de mi entierro, entre una multitud de rostros, vi a un hombre alto, solo, con una orquídea negra en la mano.
La dejó sobre mi tumba y se fue sin hablar.
Nadie más lloró por mí esa tarde.
Crucé el salón.
Se hizo un silencio tan grande que oí el crepitar de las velas.
Pasé junto al lecho de cobre.
Saúl levantó las cejas.
Pasé junto al lecho de plata.
Rómulo dejó de sonreír.
Candelaria me miró con los ojos muy abiertos.
Subí los escalones de hierro sin prisa, con la espalda recta.
Baltasar levantó la cabeza.
Tenía ojos amarillos, de gato grande, que brillaron un instante bajo la luz.
Me detuve ante él.
"Elijo este lecho", dije, en voz lo bastante alta para que me oyera el Consejo.
El jaguar no se movió.
"Elijo a Baltasar Zaldívar."
Me senté a su lado y le tomé la mano.
La tenía enorme, áspera, caliente.
Se quedó rígido, como si no creyera que alguien pudiera tocarlo.
Detrás de nosotros, Rómulo se echó a reír.
"¡La humana eligió al asesino!"
El salón estalló en cuchicheos.
Baltasar se inclinó hasta mi oído.
Su voz era grave, ronca de no usarla.
"Dicen que mato a mis esposas."
Yo le apreté la mano.
"Entonces mejor que me mates después de la boda."