Renació en la época de los matrimonios entre humanos y bestias, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: La montaña
En la Sierra Ceniza, Baltasar pone una sola regla; llega una nota de Candelaria.
La casa de los Zaldívar estaba tallada en la roca de la Sierra Ceniza, a tres mil pasos sobre el último pueblo humano.
Llegamos al anochecer.
Las ventanas eran estrechas, los techos altos, y el viento silbaba por los pasillos como una bestia dormida.
No había flores, ni tapices, ni alfombras.
Solo piedra, madera oscura y chimeneas encendidas.
Los criados, todos jaguares de ojos dorados, se alinearon en el patio sin decir una palabra.
Ninguno me miró a la cara.
Baltasar me tomó del codo y me guió por una escalera de caracol hasta una puerta de roble.
"Esta será tu habitación."
La abrió.
Dentro había una cama grande con colchas de lana, una mesa con un jarrón de agua y una ventana abierta al abismo.
Era sencilla.
Estaba limpia.
Alguien había puesto, junto a la almohada, un puñado de hierbas secas.
"Para dormir", dijo él, sin mirarme. "Si no te gustan, las quito."
Olí las hierbas.
Eran de mi gremio, de los boticarios.
Sonreí.
"Me gustan."
Baltasar asintió y se quedó parado en el umbral, con las manos a la espalda.
Con la luz del hogar le vi mejor la cicatriz.
Subía desde la clavícula hasta detrás de la oreja, tres líneas paralelas, blancas, antiguas.
Era un hombre guapo, al estilo de las montañas: de mandíbula dura, nariz recta, labios llenos y poco acostumbrados a sonreír.
"Tengo una sola regla", dijo.
"Dime."
"No voy a tocarte hasta que me lo pidas."
Me quedé quieta.
"Hoy firmaste un papel, delante de todos, que te obliga a ser mi esposa. El Consejo espera que consumemos el matrimonio y que tengamos un hijo cuanto antes, como esos dos." Hizo un gesto hacia el sur, hacia la Torre Aldana. "Pero tú elegiste esto sin saber quién soy. No te voy a cobrar nada que no quieras darme."
"¿Y si tardo?"
"Tardas."
"¿Y el hijo?"
"El Consejo puede esperar."
Lo miré largo rato.
Había pasado dos años junto a un hombre que me decía "mi amor" todas las noches y jamás me preguntó qué quería.
Y este, al que todos llamaban asesino, me ofrecía el tiempo como quien ofrece un abrigo.
"Baltasar."
"¿Sí?"
"¿De verdad mataste a tres mujeres?"
No se enojó.
Tampoco apartó la mirada.
"No."
"¿Quién lo dice?"
"Los lobos."
Dejó que esa palabra colgara en el aire.
"¿Y tú qué dices?"
"Que no te lo voy a explicar hoy. Hoy acabas de salir del Salón con una familia que te llamó traidora y un hombre al que no conoces. No necesitas una historia más."
Era verdad.
Me sentí de pronto muy cansada, con el vestido ceñido y las sienes latiendo.
Me dejé caer sentada en la cama.
Él dio un paso adentro, se detuvo, y volvió a quedarse quieto.
"¿Por qué me elegiste?", preguntó en voz baja.
Podía haberle mentido.
Podía haberle dicho cualquier cosa, que me dio lástima, que me gustó su cara.
"Porque eras el único del salón que no quería nada de mí", dije. "Los demás querían un hijo. Tú solo estabas esperando a ver si alguien se sentaba contigo."
Sus ojos cambiaron.
No dejaron de ser amarillos, pero se encendieron un poco, como brasas.
"Eloísa."
"Dime."
"Nadie me había..."
No terminó.
Atravesó el cuarto en tres pasos, se arrodilló delante de mí y me tomó la cara con las dos manos.
No me besó.
Se quedó ahí, con la frente casi tocando la mía, respirando como alguien que acaba de correr una larga distancia.
Yo cerré los ojos.
Sentí el calor de sus palmas, el olor a humo y a pino, el temblor de sus dedos.
Fui yo quien cerró los centímetros que faltaban.
Lo besé.
Un beso breve, dubitativo, de bocas que no se conocen.
Él gruñó, bajo, desde el pecho.
Me separé.
"Eso no cuenta como pedirlo", dije, con la voz entrecortada.
"No."
"Todavía no."
"Todavía no."
Se puso de pie, despacio, como quien se obliga.
Fue hasta la puerta.
"Buenas noches, Eloísa."
"Buenas noches, Baltasar."
Cuando la puerta se cerró, escuché su respiración detrás, tardando en alejarse.
Sonreí a oscuras como una tonta.
Tocaron a la ventana.
No era él.
Era un halcón de las caballerizas de la Torre Aldana, con un cilindro de cobre atado a la pata.
Lo tomé con dedos fríos.
Dentro había un papel doblado, escrito con una letra que conocía desde niña, redonda, pulcra, de colegiala.
Decía:
"Tú también volviste. Qué lástima, hermana. Esta vez voy a llegar primero."