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La Obsesión Más Mortal del Don, novela · Capítulo 3 de 24

Capítulo 3: Dos años de fotografías

—No se suponía que encontraras eso esta noche —dijo Tadeo a mis espaldas.

No me di vuelta.

Estaba mirando una fotografía mía comiendo una pera en el escalón trasero de la panadería.

No sabía que me la habían tomado.

No sabía que había alguien ahí.

—Esta noche —dije—. Así que querías que la encontrara otra noche.

—Quería decírtelo primero.

—Me diste la llave.

—Te di todas las llaves. —Su voz sonó cercana y serena—. Te dije que no entraras. No creí que me fueras a hacer caso.

—Tenías razón.

Me di vuelta.

Estaba parado en la puerta, descalzo, con una camisa negra y las mangas arremangadas hasta los codos. La pulsera con el gorrión brillaba en su muñeca.

Parecía un hombre que no se había acostado.

Recorrí la pared con los brazos cruzados, porque, si no, me temblarían las manos.

Yo en el mercado.

Yo en el cumpleaños de mi hermana.

Yo en los escalones de la iglesia, con la cabeza inclinada.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Dos años.

—¿Quién las tomó?

—Hombres a los que les pago.

—¿Por qué?

No respondió.

—¿Por qué, Tadeo?

—Porque quería saber que estabas a salvo —dijo—. Cada día que lo estabas, podía dormir.

Me reí, pero me salió una risa extraña.

—Eso es lo más aterrador que alguien me ha dicho en la vida.

—Lo sé.

—Ni siquiera me conoces.

—Sé que tomas el café solo y el agua sin hielo —dijo—. Sé que cuentas la caja dos veces. Sé que vas al cementerio el segundo domingo de cada mes y te paras a la izquierda de la tumba, nunca a la derecha.

Se me cerró la garganta.

Nadie sabía eso.

Ni siquiera Giulia.

En el escritorio junto a la puerta estaba la única fotografía enmarcada de la habitación.

Era yo a los veintitrés, riéndome de algo fuera de cuadro, con la cabeza echada hacia atrás.

La tomé.

Se la lancé.

No se agachó.

La foto golpeó el marco de la puerta junto a su hombro y se hizo añicos; los vidrios se desperdigaron por el suelo.

—No tienes derecho a verme reír —dije.

Crucé la habitación y le di una bofetada.

Fue una bofetada de verdad, con todo el brazo, y le hizo girar la cabeza.

Volvió a girarla hacia mí.

No dijo nada, y le di otra bofetada.

Esta vez me sujetó la muñeca.

Me sujetaba con suavidad, y no pude soltarme.

—Tú me tocaste primero —dijo en voz baja—. Regla dos.

Lo miré fijamente.

Tenía una docena de cosas que decir y no me salió ninguna.

—Eso no tiene gracia.

—No. No la tiene.

Me dio vuelta la mano.

La sangre me corrió por la palma y goteó desde la muñeca al suelo.

No lo había sentido.

Un fragmento del marco me había abierto una línea en la base de la mano, justo al lado de la vieja cicatriz del cuchillo de pan.

—Ven aquí —dijo.

—No.

—Hay que limpiarla.

—La limpiaré yo misma.

—No puedes ver dónde está el vidrio. —No era una pregunta—. Por favor, Serafina.

Fue ese «por favor» lo que me hizo ceder.

El baño al final del pasillo tenía azulejos blancos y un grifo de latón.

Me sentó en el borde de la bañera y se arrodilló frente a mí, con un botiquín abierto sobre una rodilla.

Me limpió el corte con un algodón, y cada toque fue cuidadoso.

Apoyó el pulgar en mi muñeca para mantenerme quieta, justo sobre el punto donde se me disparaba el pulso.

Tenía que sentirlo.

—Estás temblando —dijo.

—Estoy enojada.

—Eso también lo sé.

Levantó unas pinzas y sacó una esquirla de vidrio.

No me estremecí.

Alzó los ojos hacia mí.

Aparté la mirada primero.

El tirante de mi camisón se me había caído del hombro, el baño era pequeño y el calor de su cuerpo lo llenaba.

Noté que respiraba despacio.

Noté que el frente de sus pantalones había cambiado y que no se apartaba ni se cubría.

No intentó ocultarlo ni dijo una sola palabra al respecto.

Decidí que era por el vidrio, la hora y el hecho de que estaba medio desnuda frente a un hombre.

Cualquiera habría reaccionado así.

Eso era todo.

Me envolvió la palma con una venda y la ató.

Luego se sentó sobre los talones, todavía con mi mano entre las suyas.

—Dilo —dije.

—¿Qué cosa?

—Lo que sea que estés pensando.

—Que me cortaría la mano antes de dejar que volvieras a sangrar.

Se me secó la boca.

Retiré la mano y él me soltó enseguida.

No le dije lo que estaba pensando, que quería que lo repitiera.

Su teléfono sonó en el suelo del pasillo.

Contestó al segundo timbrazo y puso el altavoz.

—Quintero —dijo.

—¿Dónde está? —La voz de mi padre sonó fría y cortante.

—¿Quién?

—Mi hija. Giulia salió de la casa hace una hora y no está aquí. Si está contigo, devuélvemela.

Tadeo me miró.

—No está conmigo —dijo.

—Entonces más te vale que aparezca viva. —La línea crujió—. Porque, si no, Serafina será la siguiente.

La llamada se cortó.

En el silencio, oí mi propia sangre en los oídos.

Giulia había huido, estaba embarazada y estaba sola en la oscuridad.

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