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La esposa del Don murió con su heredero secreto, novela · Capítulo 4 de 24

Capítulo 4: El camino del acantilado

Mauro me esperaba en el mirador de Dunmore, donde el camino se curva sobre el agua.

Había estacionado una camioneta azul entre los árboles y estaba de pie junto a la barrera, con un bidón rojo de gasolina a sus pies.

Detuve el Mercedes al borde de la grava y me bajé.

—Llegaste temprano —dijo.

—No podía quedarme quieta.

—Tienes veinte minutos antes de que los guardias te busquen. Tal vez menos.

—Entonces no deberíamos hablar.

Mauro asintió y me tendió una bolsa de plástico.

Adentro había un abrigo gris doblado, idéntico al mío, rasgado en un hombro.

—Deja puesto el tuyo. Voy a dejar este sobre las rocas y la marea se lo llevará.

Me abotoné el abrigo hasta el cuello y mantuve el rosario apretado en el puño.

Después me quité el anillo de bodas.

Me costó sacarlo porque se me habían hinchado un poco las manos durante la última semana.

Lo dejé en el tablero, a la vista de cualquiera.

Dejé el teléfono en el portavasos, con la pantalla todavía encendida.

—La sangre —dijo Mauro.

Sacó un cuchillo pequeño del bolsillo y me lo tendió por el mango.

—Tiene que ser tuya —dijo—. Santo no entierra a nadie sin una muestra.

Me pasé la hoja por la base de la palma y me mordí el labio.

Unté la sangre por el volante, el asiento del conductor y la manija de la puerta.

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