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Entregada a su enemigo, embarazada de su heredero, novela · Capítulo 4 de 48

Capítulo 4: Sigo viva

Sabía lo que podía ser.

Me había pasado tres años diciéndoles a otras mujeres lo que podía ser, con voz serena, en una habitación con una cortina por puerta.

Saberlo no ayudaba en absoluto.

Puse los pies en el suelo.

El siguiente cólico me dobló por la mitad sobre la cama.

La llave estaba en la cerradura, de mi lado, donde la había girado.

Nadie podía entrar a menos que yo lo dejara.

Gateé.

La primera vez se me resbalaron los dedos sobre el latón; la segunda, la llave giró.

Abrí la puerta y pronuncié su nombre en el pasillo oscuro.

No muy alto.

No hacía falta.

La puerta de su habitación, al fondo del pasillo, golpeó contra la pared.

Vino por el pasillo en camiseta y descalzo; me vio la cara y luego vio la sangre en los puños de mi suéter.

No preguntó nada.

Me levantó en brazos y me llevó al ascensor, con la cabeza apoyada contra su pecho.

—¡Galina! —gritó—. ¡Las llaves! ¡Ahora!

Galina salió corriendo de la cocina en camisón, con las llaves de su auto ya apretadas en el puño.

Me apartó el pelo de la cara y le dijo algo en ruso, rápido y feroz.

—Lo sé —dijo—. Lo sé.

Condujo él mismo.

Yo iba recostada a lo largo del asiento trasero, con las rodillas levantadas, y veía pasar las luces de la calle, invertidas y a tirones.

Se saltó todos los semáforos en rojo de Atlantic Avenue.

—Háblame —dijo—. Dime qué está pasando. Con palabras de enfermera.

—Sangrado. Cólicos. Podría no ser nada. —Se me cortó la respiración—. Podría serlo todo.

—¿Qué es más probable?

—No lo sé.

Se le pusieron blancos los nudillos sobre el volante.

—Entonces lo averiguaremos juntos.

Me llevó en brazos hasta las puertas de urgencias.

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