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Tres Minutos A Oscuras, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Protector solar

En la cabaña, Keila sale con la tanga y Natalia le pide a Camilo que le ponga protector; esa noche la luz se corta y una mano baja bajo la mesa.

Natalia insistió tanto en que Keila viniera con nosotros que dejé de discutir.

"Es mi mejor amiga, Camilo, y lleva un año sin vacaciones."

Yo quería una semana a solas con mi novia, pero tres años juntos me habían enseñado cuándo callarme.

Así que el veinte de diciembre los tres llegamos a Palomino, con el carro lleno de maletas y arena hasta en los dientes.

La cabaña se llamaba Los Almendros, y estaba a diez pasos del mar.

Tenía dos cuartos, una terraza de madera, una hamaca y una ducha afuera, detrás de una cortina de palma.

La dueña nos dio las llaves y una advertencia.

"A las once se va la luz, todas las noches. Son tres minutos. Tengan velas a mano."

Natalia ya estaba mirando su celular.

"Aquí no hay señal", dijo molesta. "Voy a tener que subir hasta la carretera para llamar a mi mamá."

Yo cargué las maletas al cuarto grande.

Keila se quedó en el pequeño, y la oí reírse sola mientras abría su equipaje.

Quince minutos después, salió a la terraza.

Llevaba una camisa blanca abierta y debajo solo una tanga negra, tan pequeña que no tapaba nada.

Se agachó delante de mí a recoger una toalla del suelo.

Yo me quedé mirando el mar con mucha atención.

"¿Qué tal estoy?", preguntó sin mirarme.

"Estás en la cabaña de tu amiga", dije. "Y en la terraza de su novio."

Se rio con la boca cerrada, bajito, como quien guarda un secreto.

"Qué bien contestas, Cami."

Natalia salió detrás con el teléfono pegado a la oreja y los ojos en otra parte.

"Mi amor, ponle protector a Keli en la espalda, por favor. Ella se quema en un segundo."

Dijo eso sin mirarnos, y siguió hablando con quien estuviera al otro lado.

Keila se acostó boca abajo en la tumbona y se soltó el broche del sostén.

"Todo es tuyo, Cami", dijo con la cara en la toalla. "Pero con cuidado."

Destapé el frasco, y el olor a coco me llenó la nariz.

Le puse la crema en los hombros primero.

Tenía la piel caliente y suave, con unas pecas pequeñas junto a la columna.

Bajé las manos despacio por la espalda.

Ella soltó el aire como si hubiera esperado todo el día ese momento.

"Más abajo", murmuró.

"Ahí no te va a dar el sol."

"Tú no sabes por dónde me da el sol."

Mis pulgares llegaron hasta el elástico de la tanga, y ahí me detuve.

Keila giró la cabeza y me miró de lado, con un ojo nada más.

"Te dije que todo era tuyo."

Retiré las manos y cerré el frasco.

Natalia pasó por detrás de nosotros, todavía de espaldas, riéndose de algo que le decían por el teléfono.

"Qué lindos mis dos", dijo sin voltear.

Me limpié las manos en el short y me senté lejos de la tumbona.

Me dolía el pantalón, y Keila lo sabía.

Esa noche cenamos en la terraza, a la luz de unas velas gordas que la dueña había dejado en la mesa.

Pescado frito, arroz con coco y patacones.

Natalia comió con una mano y revisó el celular con la otra.

A las diez y cincuenta, se levantó de golpe.

"Voy a subir a buscar señal. Hoy me toca hablar con mi mamá un buen rato."

"Yo te acompaño", dije.

"No, no, quédate. Está oscuro el camino y tú tienes que tomarte tu cerveza."

Me dio un beso rápido en la frente y se fue por el sendero con la linterna.

La luz se fue apagando entre las palmeras hasta que desapareció.

Keila y yo nos quedamos solos, con las velas y el ruido del mar.

Ella se había puesto un vestido corto de tela fina, sin nada debajo.

Lo noté cuando se sentó frente a mí y cruzó las piernas.

"Tu novia habla mucho con su mamá", dijo.

"Se quieren."

"Sí. Se quieren mucho."

Dijo eso mirándome fijo, y no entendí por qué lo dijo así.

Entonces dieron las once, y todo se apagó.

No quedó una luz en la playa, ni en la cabaña, ni en el cielo nublado.

Alguien había soplado las velas, o el viento lo hizo.

Oí una silla moverse y la madera crujir.

"Keila", dije en voz baja.

"Tres minutos, Cami."

Su pie descalzo subió por mi pantorrilla, despacio, hasta la rodilla.

Luego llegó su mano, y me agarró el muslo por debajo de la mesa.

"Para", susurré, sin ninguna fuerza.

"Dime que pare de verdad y paro."

No dije nada.

Sus dedos subieron hasta el borde del short y me acariciaron por encima de la tela.

Yo ya estaba duro, y ella lo sintió.

"Mira nada más cómo estás", dijo con una risita.

Me bajó el elástico con dos dedos y me sacó la verga.

La tomó entera con su mano caliente, y apretó.

Se me escapó un sonido que nunca había hecho con Natalia.

"Shhh", dijo ella. "El mar se puede oír, pero tú no."

Empezó a masturbarme despacio, de abajo hacia arriba, con el pulgar rozándome la punta cada vez.

Estaba mojada de la crema de coco, o de otra cosa, y su mano resbalaba.

Me agarré al borde de la mesa con las dos manos.

Mi novia estaba a doscientos metros, hablando con su mamá, y yo estaba a punto de acabar con su mejor amiga en su terraza.

"Más rápido", dije. No sé por qué lo dije.

Keila aceleró, y mi respiración se volvió un ruido.

"Eso. Así. Quiero que me acabes en la mano."

Cerré los ojos y me vine entre sus dedos, en silencio, con el cuerpo duro de tanto contenerme.

Ella siguió un segundo más, ordeñándome hasta la última gota.

Después se oyó el clic de la luz, y todo volvió.

Las bombillas del techo me cegaron.

Keila estaba otra vez sentada en su silla, con las piernas cruzadas y un vaso de agua en la mano.

Yo tenía el short en su lugar, aunque no recuerdo haberlo subido.

Ella levantó la mano derecha, todavía brillante, y se chupó el pulgar mirándome a los ojos.

Por el sendero bajaba la linterna de Natalia, saltando entre las palmeras.

"¿Y esas caras?", preguntó mi novia al llegar a la terraza. "Parece que vieron un fantasma."

Keila sonrió con toda la calma del mundo.

"Cami me estaba contando lo del apagón. Nos asustamos un poquito."

Natalia se rio, nos dio un beso a cada uno en la mejilla, y se fue a dormir.

Keila esperó a que se cerrara la puerta del cuarto.

"Mañana a las once", susurró, "tendrás que aguantar más de tres minutos."

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