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Tres Minutos A Oscuras, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La mesada de la cocina

Camilo sigue a Keila a la cocina a oscuras y la come sobre la mesada hasta que la linterna de Natalia baja por el camino.

A las diez y cuarenta y nueve de la segunda noche, yo ya no tenía ninguna excusa.

Natalia terminaba su postre con una mano y revisaba el celular con la otra.

Keila lavaba los platos en la cocina abierta, de espaldas, con un short diminuto y los hombros desnudos.

Cada vez que se estiraba para alcanzar un vaso, el short subía otro centímetro.

"Mi amor, ya me voy", dijo Natalia, y se paró de la mesa.

"Llévate un suéter, que en el camino hay viento."

"Qué lindo eres." Me besó la frente, tomó la linterna y salió.

Esperé a que la luz se perdiera entre las palmas.

Después caminé hasta la cocina.

Keila cerró el grifo y se secó las manos sin voltearse.

"En la sala no", dijo. "Aquí."

No pregunté por qué.

Me paré a un palmo de su espalda y respiré el olor a coco y a jabón de loza.

Ella se dio la vuelta despacio, y la luz amarilla de la cocina le iluminó la cara.

No había nada de burla en esa cara. Tenía los ojos oscuros y la boca entreabierta.

"Faltan nueve minutos para el apagón", dijo. "Podemos empezar con la luz."

La besé yo primero.

Fue un beso lento al principio, y se volvió hambre en cuanto sus manos subieron por mi nuca.

Me mordió el labio inferior y tiró de él.

La levanté por los muslos y la senté sobre la mesada de mármol.

Quedó con las piernas abiertas alrededor de mi cintura, riéndose contra mi cuello.

"Pensé que ibas a ser un santo toda la vida."

"Ella está a doscientos metros, Keila."

"Entonces no pierdas tiempo."

Le saqué la camiseta por la cabeza.

No llevaba sostén, y sus tetas quedaron frente a mi cara, pesadas, con los pezones oscuros y duros.

Le pasé la lengua por uno, y ella echó la cabeza hacia atrás.

"Así", susurró. "Con los dientes un poquito."

Se los mordí suavemente, uno y luego el otro, y los chupé hasta que se le erizó la piel de los brazos.

Sus manos buscaron mi cinturón, pero le agarré las muñecas y se las llevé a la espalda.

"Hoy no", dije. "Hoy te toca a ti."

Sonrió con los ojos entornados.

"Mira quién se puso mandón."

Le bajé el short con las dos manos, y ella levantó las caderas para ayudarme.

No llevaba nada debajo.

Se lo había quitado antes de lavar los platos.

Verla así, desnuda sobre la mesada, me dejó sin aire.

Me arrodillé en la baldosa fría.

Le separé las rodillas y sentí el calor que salía de ella.

Estaba depilada, brillante, hinchada de ganas.

"Faltan cinco minutos", jadeó Keila. "Hazlo bien."

Pasé la lengua por toda su chocha, de abajo hacia arriba, muy despacio.

Sabía a sal y a algo dulce que no supe nombrar.

Gimió, y se tapó la boca con el dorso de la mano.

Seguí lamiendo en círculos, abriéndola con los pulgares, buscando su clítoris con la punta de la lengua.

Cuando lo encontré, ella clavó los talones en mi espalda.

"Ahí. Justo ahí. No te muevas."

No me moví. Se lo chupé con los labios, suave, y después más fuerte, y sus muslos empezaron a temblar contra mis orejas.

Metí dos dedos dentro de ella.

Estaba apretada y resbalosa, y los dedos entraron hasta el fondo sin ninguna resistencia.

Los doblé hacia arriba, buscando ese punto rugoso detrás del hueso, y su cuerpo entero se arqueó.

"Camilo", susurró, ya sin aire. "Qué hijo de puta, qué bien lo haces."

Dieron las once, y todo se apagó.

El zumbido de la nevera murió, y el ventilador del techo se fue deteniendo con un quejido.

No quedó nada, ni una raya de luz, solo el mar afuera y la respiración de Keila arriba.

Me pareció que el cuerpo de ella se encendía todavía más en la oscuridad.

Ahora no veía nada, pero lo sentía todo.

La humedad que me bajaba por la barbilla, el pulso en su clítoris, las uñas que se hundían en mi cuero cabelludo.

"Tres minutos", dijo con una voz que no era la suya. "No me hagas esperar."

Aceleré los dedos, rápido, parejo, sin darle descanso, mientras mi lengua le trabajaba el clítoris de lado a lado.

Ella se movía contra mi cara, subía las caderas, las soltaba.

Hablaba entre dientes, a pedazos.

"Eso. Más. Como si fuera tuya. Cómeme, cómeme toda."

Me agarró del pelo con las dos manos y me apretó contra su sexo.

Casi no podía respirar, pero no habría soltado esa chocha por nada del mundo.

Su cuerpo se tensó entero, un segundo largo, con el aire detenido.

"Voy a acabar", avisó. "Camilo, voy a acabar."

"En mi boca."

Se vino con un gemido largo y ahogado.

La sentí contraerse alrededor de mis dedos, una, dos, tres veces, y mojarme la barbilla con un chorro caliente.

Apreté los labios contra ella y me bebí todo, hasta que dejó de sacudirse.

Se quedó floja sobre la mesada, jadeando.

Me puse de pie con las rodillas adoloridas, y ella me jaló del cuello para besarme.

Se saboreó en mi lengua, y se rio bajito.

"Todavía te queda un minuto", dijo. "Dame la mano."

Me tomó la mano mojada y se la llevó otra vez entre las piernas.

"Una más. Despacio. Para que no se me olvide."

Le acaricié el clítoris con la yema de los dedos mientras la besaba.

A los treinta segundos tuvo otro orgasmo corto, y me mordió el labio para no gritar.

Afuera, entre las palmeras, se movió un punto blanco.

Una linterna, bajando más rápido que las otras noches.

"Natalia", dije.

"Ya sé."

Keila saltó de la mesada y buscó el short a tientas, desnuda, sin una gota de pánico.

Yo me limpié la boca con el antebrazo.

Me dejé caer en una silla de la terraza, como si llevara una hora mirando el mar.

Click. La luz volvió.

Los focos me dejaron ciego, y cuando recuperé la vista, Keila secaba un plato con el pelo revuelto y las mejillas rojas.

En el techo de la sala, a mi izquierda, el detector de humo tenía una lucecita roja fija.

La noche anterior no la había visto.

No le di importancia, porque Natalia entró por la puerta con la linterna en la mano.

"Se me olvidó el cargador", dijo, y fue directo a su cuarto.

Salió al minuto, sin mirarnos.

"Mañana voy a hablar con mi mamá un buen rato, así que no me esperen despiertos."

Se fue otra vez por el sendero.

Keila dejó el plato en el escurridor y se volvió hacia mí.

Se lamió el labio inferior, despacio.

"Todavía huelo a ti", dijo. "Y mañana me toca devolverte el favor."

"¿Cómo?"

"De rodillas, Cami. Y sin que nadie lo sospeche."

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