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Tu Amor Me Quebró Las Piernas, novela · Capítulo 1 de 20

Capítulo 1: El saquito

En su quinto aniversario, Mirella descubre que su amuleto es un veneno. Una foto en el celular del doctor le muestra a su esposo con un bebé.

El día que cumplí cinco años de casada con el Don del Callao, me desperté con la cabeza partida en dos.

Me pasaba siempre que llevaba el amuleto cerca.

Vittorio me lo puso al cuello el día de nuestra boda, un saquito de tela azul con un ancla bordada en hilo dorado.

"Para que nada te pase", me dijo entonces, besándome la frente. "Nunca te lo quites."

Cinco años después, yo todavía lo llevaba debajo de la blusa.

Esa mañana, con la luz de octubre entrando por las cortinas del cuarto, lo sentí pesar como una piedra.

Vittorio ya se había ido.

Sobre la almohada había una nota de su letra apretada: "Cena a las nueve. Ponte el verde."

No decía feliz aniversario.

Nunca lo decía.

Me quité el amuleto por primera vez en cinco años, y la cabeza me dolió menos casi de inmediato.

Fue una sensación tan clara que me quedé sentada en la cama con el saquito en la mano.

Lo abrí con las uñas.

Dentro había una pasta seca, de color marrón verdoso, mezclada con hojas molidas.

Olía a tierra y a algo dulce, como a flores pudriéndose.

Nunca la había visto.

Mi suegra me decía cada octubre que era la bendición de la familia, y yo nunca había preguntado.

Metí la pasta en un frasco de crema vacío, me puse un vestido sencillo y salí sin avisar a nadie.

Le dije al chofer que iba a la Clínica Ferrante, a ver a una amiga.

La clínica es el hospital más grande del Callao.

Pertenece a mi esposo, y su nombre está escrito en letras cromadas sobre la fachada.

En el piso de análisis, un médico joven con bata blanca revisó el frasco bajo una lámpara.

Luego lo llevó al laboratorio, y yo esperé quince minutos mirando una pared de azulejos.

Cuando volvió, había cambiado de color.

"Señorita", dijo, sin mirarme a los ojos. "¿De dónde sacó esto?"

"Es de un saquito de protección."

"Es un veneno de acción lenta."

Lo dijo sin adornos, bajito.

"Mezcla metales pesados con un alcaloide de hierba. Se absorbe por la piel y el sudor, a lo largo de años."

Sentí que el piso se movía.

"¿Qué hace?"

"Primero dolores de cabeza. Después cansancio, náuseas, temblores." Se tocó el borde de la bata. "Y con el tiempo, daña el ovario. La persona ya no puede tener hijos."

Mi mano subió a mi vientre por sí sola.

Cinco años buscando un embarazo que no llegaba.

Cinco años de médicos que decían que todo estaba bien.

Cinco años de las miradas de mi suegra sobre mi cintura, cada Navidad.

"No", dije, y se me llenaron los ojos de lágrimas. "No puede ser. Me lo regaló mi esposo."

El médico me miró por fin.

"¿Su esposo?"

"Vittorio Ferrante. Es el dueño de este hospital."

Se quedó en silencio.

Después sacó el celular del bolsillo con una lentitud extraña, como quien teme sostener una prueba.

"Señorita, creo que debería ver a un psiquiatra."

"¿Qué?"

"Yo conozco al señor Ferrante y a su esposa." Bajó la voz. "Son una pareja muy unida. Además, la señora Ferrante acaba de dar a luz a un niño. Están en el área VIP, con su bebé."

"Yo soy la señora Ferrante."

"No, señorita."

Me enseñó una foto en la pantalla.

Era una sala blanca, con globos azules y flores en una mesita.

Vittorio estaba de pie, con su traje negro y el ancla bordada en la solapa.

Sostenía a un recién nacido en los brazos con la misma ternura con la que, en cinco años, nunca me había tocado a mí.

Y a su lado, sentada en la cama con una bata de seda, había una mujer.

Rubia, elegante, con los ojos verdes.

La conocía.

Se llamaba Giovanna.

Y Vittorio siempre había dicho que solo era su hermana adoptiva.

Le devolví el celular sin decir nada.

El médico murmuró que lo sentía.

Tomé el frasco y me lo guardé en la cartera.

No lloré.

No pude.

Salí al pasillo, subí al ascensor y apreté el botón del sexto piso, el que decía VIP.

Quería verlo con mis propios ojos.

Cuando las puertas se abrieron, el corredor estaba en silencio y olía a rosas.

Al fondo había una puerta con una ventanilla de vidrio.

Me acerqué despacio.

Por el vidrio los vi a los tres.

Vittorio inclinado sobre la cama, con la mano en la nuca de Giovanna, dándole un beso que yo nunca había recibido.

Y el niño en la cuna, con unos ojos grises verdosos, abiertos de par en par.

Los ojos de mi esposo.

Retrocedí un paso.

El tacón resonó contra el mármol.

Vittorio levantó la cabeza.

Me vio a través del vidrio.

Esperé el pánico.

Esperé que se pusiera pálido, que corriera a la puerta, que me explicara algo.

Pero él me miró un segundo largo, con calma.

Y me sonrió.

Esa sonrisa fue lo que más me heló.

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