Tu Amor Me Quebró Las Piernas, novela · Capítulo 2 de 20
Capítulo 2: La sonrisa
Vittorio le regala otro amuleto y ella finge ponérselo. La harina sustituye el veneno y empieza la mentira.
Bajé por las escaleras de emergencia, seis pisos, sin mirar hacia atrás.
El chofer me esperaba en la puerta de la clínica, con el motor encendido.
"A la casa", le dije.
Me temblaba la voz, pero no se notó.
Durante el trayecto por la avenida Colonial miré el reflejo de mi cara en la ventana.
Veintisiete años, ojeras, el pelo recogido en una trenza floja.
Había pasado cinco años siendo la esposa del Don, con la espalda recta y la boca cerrada.
Ahora no me reconocía.
Y a la vez, por primera vez en mucho tiempo, sentía la cabeza clara.
Llegué a la casa del acantilado, en la costa de Chorrillos, con la decisión ya tomada.
No iba a gritar.
No iba a romper nada.
Las esposas que gritan en la familia Ferrante terminan en el sexto piso de la clínica, con una receta de calmantes.
Subí a mi vestidor, saqué el vestido verde que me había pedido y me lo puse con calma.
Después abrí mi joyero y tomé el amuleto.
En la despensa de la cocina había un paquete de harina de trigo.
Rellené el saquito con harina mezclada con un poco de café molido, para que tuviera el mismo olor terroso.
Lo cerré con dos puntadas.
Quedó igual.
Me lo colgué al cuello, debajo del escote.
Quise ver cuánto duraba mi cara de esposa tranquila.
Vittorio llegó a las nueve en punto, como siempre.
Entró al comedor con el abrigo sobre el brazo, el pelo peinado hacia atrás, la corbata un poco floja.
Vittorio Ferrante tenía treinta y seis años y una forma de entrar a una habitación que hacía callar a los hombres.
A mí me hizo callar durante cinco años.
"Estás hermosa", dijo.
"Gracias."
"El verde te sienta bien."
"Lo dijiste en la nota."
Sonrió, y se sentó frente a mí.
La cena estaba servida, un lomo saltado con arroz y una botella de vino tinto abierta.
La sirvienta se retiró sin hacer ruido.
Nos quedamos los dos solos con las velas.
"Hoy te vi en la clínica", dijo él, sirviéndome vino.
Sentí que el corazón se me detenía.
"Fui a ver a una amiga."
"¿A quién?"
"A Lucía, de la escuela de danza. Tuvo un accidente."
Me miró, y yo le sostuve la mirada.
Él tenía unos ojos grises, con una raya verdosa en el iris.
Unos ojos que me habían parecido siempre los más tranquilos del mundo.
"Subiste al sexto piso", dijo.
"Me equivoqué de ascensor."
"Es fácil equivocarse."
"Sí."
"Mi hermana dio a luz hoy", agregó. "Un varón. Tres kilos doscientos."
"Giovanna", dije.
"Sí."
"No sabía que estaba embarazada."
"Lo mantuvimos en silencio. Su marido murió antes de que naciera. Le dolía hablar."
Su marido.
Giovanna nunca había tenido marido.
Lo supe porque yo había asistido a los funerales de la familia durante cinco años y a ninguno había ido una viuda rubia con ojos verdes.
Bajé la mirada al plato.
Corté un pedazo de carne.
"Qué tristeza", dije. "Y qué alegría también."
"Sí."
"¿Cómo se llama?"
"Santino."
"Santino", repetí.
Vittorio se pasó la mano por la nuca.
Era un gesto que le conocía.
Lo hacía cuando mentía y no quería que se le notara.
Nunca lo había visto, o nunca lo había querido ver.
Dejó los cubiertos y sacó de su bolsillo una cajita de terciopelo azul.
"Te traje algo", dijo. "Para el aniversario."
Me la puso delante.
La abrí.
Adentro, sobre una almohadilla de seda, había un saquito nuevo de tela azul, con el ancla bordada en dorado.
Más brillante, más grande que el mío.
"Mi madre lo preparó esta tarde", dijo. "Una bendición reforzada. Para que nos llegue el hijo."
Sentí un frío que me subió desde los pies.
Para que nos llegue el hijo.
Cinco años dándome veneno, y ahora una dosis reforzada con una sonrisa.
Alargué la mano y lo tomé.
"Es precioso", dije.
"Quítate el viejo."
"Ahora mismo."
"Quiero ver cómo te queda el nuevo."
Me desabroché el cuello del vestido con los dedos fríos.
Saqué mi saquito de harina, lo dejé sobre el mantel y me colgué el otro.
Pesaba más.
Vittorio lo acomodó con dos dedos bajo mi clavícula.
Su pulgar rozó mi piel y sentí un temblor involuntario, que él confundió con deseo.
"Así", susurró. "Nunca te lo quites."
"Nunca."
Cuando él se levantó a servir el postre, tomé mi viejo amuleto y lo guardé en la manga.
Al día siguiente vaciaría el nuevo en un frasco, y llenaría el saquito con la misma harina.
Cada semana, cada mes, durante el tiempo que hiciera falta.
Quería conservar toda la pasta que me dieran.
Hasta la última gota.
Porque un veneno que dura cinco años deja huella.
Y lo que queda escrito en un laboratorio no se borra.
Vittorio volvió con dos copas de crema volteada.
Se sentó a mi lado en vez de enfrente, y me tomó la mano.
"Mañana hay una comida en la casa de mi madre", dijo, con una voz suave. "Quiero presentarte formalmente a mi sobrino."
Mi sobrino.
"Será un honor", contesté.
Él sonrió.
Me besó el dorso de la mano.
Y yo, que había pasado cinco años creyendo que esos labios eran lo único cierto de mi vida, sentí que me quemaban.