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Tu Amor Me Quebró Las Piernas, novela · Capítulo 3 de 20

Capítulo 3: El bautizo

En el bautizo del heredero, Doña Filomena sonríe y el doctor Larrea desliza una tarjeta en la mano de Mirella.

La casa de Doña Filomena era una mansión de piedra gris en lo alto de La Punta, con vista a toda la bahía.

Desde que llegué como esposa, me dolía subir esos escalones.

Esa mañana, con los tacones y las barras de titanio dentro de las piernas, me dolieron más.

Me bajé del auto con el amuleto nuevo apretado bajo el cuello.

Vittorio me ofreció el brazo.

Lo tomé.

En el vestíbulo olía a incienso y a carne asada, y había ya cuarenta personas.

Capos con sus esposas, tíos, primos, un cura de la parroquia del puerto.

Todos conversaban en voz baja, con las copas de pisco en la mano.

En el centro del salón, junto a la chimenea, estaba la cuna.

Era una cuna de mimbre blanco, con encajes y una cinta azul.

Junto a la cuna estaba Giovanna.

Llevaba un vestido color crema, muy ajustado, y el pelo rubio suelto sobre los hombros.

Me miró de arriba abajo con una sonrisa dulce, y yo se la devolví igual.

"Mirella", dijo. "Qué gusto verte."

"Felicidades, Giovanna."

"Gracias. Dios lo quiso así."

"¿Cómo te sientes?"

"Cansada. Pero feliz." Pasó los dedos por el borde de la cuna. "¿Quieres cargarlo?"

Detrás de mí, Vittorio apoyó la mano en mi espalda.

"Claro que quiere", dijo.

Giovanna sacó al bebé de la cuna con las manos expertas de quien ha ensayado.

Me lo puso en los brazos.

Era liviano y tibio.

Olía a leche y a talco.

Tenía el pelo negro, pegado a la frente, y las manitas cerradas como puños diminutos.

Abrió los ojos.

Eran grises, con una raya verdosa en el centro.

Los ojos de Vittorio, sin duda.

Sentí un dolor en el pecho que nada tenía que ver con el veneno.

Ese niño era inocente.

Eso lo sabía muy bien.

Lo apreté contra mí un segundo más de lo debido.

"Es precioso", dije.

"Se parece a su tío", dijo Giovanna, con una risita.

"Sí", dijo Vittorio. "Se parece mucho a la familia."

La familia entera nos miraba.

Entre los invitados vi a Doña Filomena avanzar con su bastón de ébano.

Llevaba un vestido negro de seda y un collar de perlas negras que le colgaba hasta el vientre.

Era una mujer pequeña, de sesenta y tres años, con el pelo canoso recogido y unos ojos que no perdonaban nada.

Se detuvo frente a mí.

"Hija", dijo.

"Doña."

"¿Llevas el amuleto?"

"Sí, Doña."

Me puso dos dedos en el cuello, buscando el cordón, y lo sacó de la blusa a la vista de todos.

Lo miró unos segundos.

"Así. Que no se te caiga nunca."

"No se me va a caer."

"Una mujer sin bendición no sirve para esta casa."

Lo dijo con una sonrisa que habría dejado helado a cualquiera.

Yo sonreí también.

Aprendí en el Ballet Municipal que se puede sonreír con los pies sangrando.

Entregué al niño de vuelta a Giovanna, con mucho cuidado.

Ella lo acomodó en el hombro y me miró con la cabeza ladeada.

"Si quieres, puedes ayudarme con él alguna tarde", dijo. "Con tu experiencia."

"¿Mi experiencia?"

"Con los niños de la escuela de danza."

"Claro."

Detrás de ella, la mirada de Vittorio se había clavado en nosotras.

Me alejé hacia la mesa de bebidas.

Necesitaba aire.

Tomé una copa de agua y me quedé de espaldas a la sala, mirando la bahía.

Una voz masculina dijo, muy cerca de mi oído:

"Señora Ferrante."

Me giré.

El hombre que tenía enfrente llevaba bata blanca bajo un saco gris, el pelo castaño oscuro un poco largo y una barba corta.

Ojos negros.

Manos grandes, de cirujano.

No era el médico joven del laboratorio, pero tenía su misma mirada de miedo contenido.

"Disculpe", dijo. "Soy el doctor Larrea. Cirujano de la clínica."

"Mucho gusto."

"Quiero felicitarla por su sobrino."

"Gracias."

"Y quiero decirle algo." Hizo una pausa, y me estrechó la mano. "Si sigue con dolores de cabeza, tengo un consultorio privado. No es el de la clínica."

Me puso algo en la palma.

Un cartoncito blanco, doblado en dos.

Lo cerré en el puño sin mirarlo.

"No sé de qué habla."

"Esa es la respuesta correcta", dijo él, bajito. "Llame desde un teléfono que no sea el suyo."

Se alejó hacia el otro extremo del salón, saludando a los capos con una inclinación de cabeza.

Yo me quedé en la ventana.

El cartoncito me ardía en la mano.

Detrás de mí, el cura bendecía al niño con agua del Rímac.

Todos aplaudieron.

Vittorio levantó una copa.

"Por Santino Ferrante", dijo. "Por la sangre."

"Por la sangre", repitieron cuarenta voces.

Yo también levanté mi copa.

Mientras brindaba abrí el cartoncito con el pulgar.

Solo había una dirección en la avenida Arequipa y un número de teléfono.

Y debajo, en letra pequeña, tres palabras escritas a mano.

"Usted no está loca."

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