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Una Noche Con La Universitaria Del Vagón, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: Litera de abajo

Dos universitarios comparten un camarote casi vacío en un tren nocturno; ella confiesa que camina dormida y, en la oscuridad, le propone un juego.

Mi mamá me ata un cascabel al tobillo desde que tengo siete años.

Lo hace con una cinta roja, antes de que yo me acueste, y yo la dejo porque camino dormida.

No es un chiste.

Una noche, a los nueve, salí de mi cuarto en Tupiza, bajé la escalera, abrí la puerta de la calle y me fui hasta la plaza.

Me despertó un perro en el atrio de la iglesia.

Desde entonces dormimos con cascabel.

Esa noche de jueves, en la estación de Oruro, el cascabel iba en mi tobillo derecho, bajo el pantalón de pana, y sonaba con cada paso.

Yo tenía veintidós años, cuarto año de Arquitectura y una maleta con ropa de invierno para las vacaciones.

Y un tren a las nueve y cuarto.

El andén estaba helado.

El aliento de la gente subía en nubes, y la locomotora azul esperaba con las luces encendidas, soltando vapor sobre los rieles.

"Camarote seis", dijo el conductor, revisando mi boleto con una linterna. "Cuarta puerta a la izquierda."

Subí con la maleta golpeándome las rodillas.

El pasillo del vagón era estrecho, con alfombra gastada y olor a calefacción y a café de máquina.

Encontré la puerta seis.

La abrí.

El camarote tenía cuatro literas, dos arriba y dos abajo, con colchas de lana a rayas y una ventana ancha cubierta con una cortina verde.

En la litera de abajo a la derecha, sentado con un libro en las rodillas, había un chico.

Alto, flaco, con el pelo castaño corto y unos lentes de montura fina.

Levantó la vista cuando entré.

"Hola."

"Hola. ¿Es el seis?"

"Es el seis."

Nos miramos.

Era de esos hombres que no hablan antes de pensar.

Tenía unas manos largas, de dedos finos, que sostenían el libro con mucho cuidado.

"Iván", dijo.

"Wara."

"Qué bonito nombre."

"Significa estrella."

"Lo sé. Mi abuela hablaba aymara."

Me hizo reír.

Dejé la maleta bajo la litera de enfrente y me senté, con el corazón dando un salto tonto.

"¿Solo estamos nosotros?"

"El conductor dice que los otros dos no vinieron."

"¿Y viajamos así toda la noche?"

"Veintidós horas, si no nieva."

"¿Y si nieva?"

"Entonces más."

El tren se movió con un tirón largo y suave.

Las luces del andén se deslizaron por la ventana como en una película lenta.

Iván cerró el libro.

"¿Vas a casa?"

"A Tupiza. Mi hermana se casa el sábado."

"Yo voy a Villazón. Último año de Medicina. Me dieron vacaciones por primera vez en seis meses."

"Felicidades."

"Gracias."

Pasamos las siguientes horas hablando de nada y de todo.

De los profesores crueles, de las comidas baratas, de los ratos en que uno se arrepiente de su carrera.

Él me hablaba mirándome a los ojos.

No a las tetas, ni a las piernas, como los otros chicos.

A los ojos, con una atención tan completa que me daba calor.

Cenamos salteñas con un té de coca que trajo el camarero.

Hacia las once, el tren cruzaba el altiplano a oscuras.

Se oía el traqueteo de las ruedas, un ritmo de cuna.

Iván miró mi tobillo.

"Estás haciendo ruido."

"Es un cascabel."

"¿Un cascabel?"

Le conté lo de la plaza, el perro y la cinta roja.

No se rio.

Se inclinó, apoyó dos dedos en mi tobillo y comprobó el nudo con tanta delicadeza que se me fue el aire.

"Está flojo", dijo.

"Ya lo sé."

"Te lo ato."

"No hace falta."

"Déjame."

Me quedé muy quieta.

Sus dedos rozaron mi piel bajo el borde del pantalón, la cinta, el hueso.

Rehizo el nudo con una vuelta firme.

Cuando levantó la mirada, estaba muy cerca.

"Mi hermana también caminaba dormida", dijo. "Hasta los quince."

"¿Y qué hacías tú?"

"La seguía. Para que no se cayera."

Algo se me aflojó en el pecho.

A las doce apagamos la luz.

Yo en la litera de abajo, a la izquierda, tapada hasta la barbilla.

Iván, arriba a la derecha, con los pies colgando en la oscuridad.

La calefacción chirriaba, y el frío empezaba a pegarse en los cristales.

Lizeth me mandó un mensaje desde Oruro.

"¿Y el vecino de camarote? ¿Está bueno?"

Contesté con una sola palabra.

"Mucho."

Apagué el teléfono.

Quedé tumbada, escuchando el tren.

Y él respiraba despacio, arriba, a un metro y medio de mí.

Pasó una hora.

Dos.

Yo no dormía.

El cuerpo me ardía de una forma que no tenía nada que ver con el frío.

Pensé que era el viaje.

Pensé que era el té.

Pensé que Iván había dejado su mano colgando del borde de la litera, y que podía alcanzarla si estiraba el brazo.

"¿Iván?", susurré.

"Dime."

"¿Estás despierto?"

"Sí."

Respiré hondo.

"Voy a tener un episodio esta noche."

Hubo un silencio.

"¿Un episodio?"

"De sonambulismo. A veces me mueve la cabeza, digo cosas, me levanto." Tragué saliva. "No se debe despertar a un sonámbulo de golpe. Es peligroso."

"Ya lo sé."

"Si me ves hacer algo, no me despiertes."

"¿Y si haces algo que no deberías?"

"No lo sabré."

Otra pausa, más larga.

Oí el crujido de la litera, y luego su voz, muy baja, justo encima de mí.

"Wara."

"¿Mm?"

"Estás despierta."

El corazón me golpeó las costillas.

"No sé de qué hablas", dije. "Estoy dormida."

Oí una risa ahogada.

Después, el roce de una manta, y una sombra larga que se deslizaba hasta el borde de la litera.

"Entonces sigue durmiendo", dijo Iván.

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