Una Noche Con La Universitaria Del Vagón, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: Soñando despierta
En la litera de abajo, con el tren cruzando el altiplano, Wara decide cómo empieza todo.
La litera de arriba crujió.
Oí cómo él bajaba despacio, con la manta al hombro, apoyando un pie descalzo en el borde de mi cama y luego en el suelo.
Mi cuerpo entero estaba tenso.
Yo seguía boca arriba, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, como una durmiente de iglesia.
Iván se detuvo junto a mi litera.
Sentí su calor antes de sentir su mano.
"Wara", susurró.
No contesté.
"¿Wara?"
Dejé escapar un suspiro largo, de los que se dan dormida, y moví la cabeza hacia un lado.
Él tragó saliva.
Lo oí.
La punta de sus dedos me tocó la mejilla, apenas, como quien comprueba si una estufa está encendida.
"Estás ardiendo", murmuró.
"Mm."
"¿Tienes fiebre?"
"Mm... no."
"¿Entonces qué tienes?"
Entreabrí los labios.
"Calor", dije, con una voz espesa, de sueño. "Mucho calor."
"Ya veo."
Su mano bajó por mi cuello, por la clavícula, hasta el borde de la colcha.
Con dos dedos la apartó.
El aire frío me erizó los brazos.
Llevaba un pijama de franela, con botones de nácar, que había elegido pensando en el frío y no en nadie.
Él lo miró.
Sentí su mirada en cada botón.
"Voy a ayudarte", dijo. "Mientras sueñas."
"Mm."
"Si no quieres, di que no."
"No."
Se quedó helado.
"No... pares", terminé con un hilito de voz, sonriendo contra la almohada.
Oí su risa baja, casi un gemido.
Se sentó en el borde de mi litera, y el colchón se hundió.
Sus manos fueron a mi pecho.
Desabrochó el primer botón, el segundo, el tercero, sin prisa, con esa torpeza cuidadosa de los dedos largos.
Cuando abrió la franela, el frío me golpeó los pechos desnudos.
Los pezones se me pusieron duros al instante.
"Dios", susurró.
Cubrió uno con la palma.
Estaba tibia, enorme, y me arrancó un gemido que no tuve que fingir.
"Sigues dormida", dijo, con la voz rota.
"Sigo."
"¿Y qué sueñas?"
"Que me tocas."
"¿Dónde?"
"Donde estás."
"¿Y si bajo?"
"Baja."
Su mano resbaló por mi vientre, por mi ombligo, hasta el elástico del pantalón.
Lo apartó y entró bajo mi ropa interior, despacio.
Me encontró mojada.
Soltó un gruñido bajo, contenido, que me recorrió la columna.
"Wara..."
"Estoy dormida", repetí.
"Estás empapada."
"Los sueños mojan."
"Qué sueños."
Sus dedos me abrieron despacio, recorriendo los labios, y rozaron mi clítoris.
Todo mi cuerpo dio una sacudida.
Un gemido salió de mi boca, más fuerte de lo que quería.
"Shh", dijo él. "El conductor."
"Perdón."
"No pidas perdón. Muerde algo."
Me puso la esquina de la almohada entre los dientes.
Y empezó.
Me acarició con círculos pequeños, firmes, con la yema del dedo medio, mientras la otra mano me levantaba la franela para descubrir mis pechos.
Se inclinó y me besó el pezón.
Su lengua lo rodeó, caliente, húmeda, lo succionó con la boca entera.
Yo me arqueé contra la litera, mordiendo la almohada.
El tren se balanceaba.
Cada traqueteo de las ruedas se mezclaba con el ritmo de su mano, y yo no sabía qué era el movimiento del vagón y qué el de sus dedos.
"¿Te gusta?", susurró contra mi pecho.
"Mm."
"Dilo."
"Me gusta."
"¿Qué te gusta?"
"Cuando me tocas... ahí."
"¿Dónde?"
Abrí los ojos.
Los suyos me miraban en la penumbra, detrás de los lentes, oscuros y brillantes.
"Dilo tú", le dije. "Soy una sonámbula. No sé nombrar las cosas."
Una sonrisa lenta le torció la boca.
"Aquí", dijo, y me presionó el clítoris con el pulgar. "Esto es tu clítoris. Y esto..." Dos dedos entraron en mí, despacio, hasta el fondo. "...es lo que más quiero tocar en el mundo."
Me temblaron las rodillas.
Su franqueza me deshizo.
"Qué bien lo dices."
"Tengo muy buena memoria para la anatomía."
Me reí contra la almohada.
Él empezó a mover los dedos dentro de mí, curvándolos hacia arriba, con un ritmo lento, profundo.
Con el pulgar seguía acariciando el clítoris.
Cada vez que entraban, mi cuerpo los apretaba.
El placer subía como el agua en una olla.
"Voy a... voy a..."
"Todavía no."
"Iván."
"Estás dormida. Los sueños no mandan."
Sacó los dedos.
Casi grito de rabia.
Me quitó el pantalón y la ropa interior de un tirón y los tiró al suelo.
Quedé desnuda de la cintura para abajo, con las piernas abiertas y el aire frío en la piel mojada.
Él me miró.
Se quedó mirando mucho rato, sin tocar.
"Qué hermosa eres", dijo por fin.
"No me mires. Hazlo."
"¿Hacer qué?"
"Lo que quieras."
Se arrodilló en el suelo del camarote, entre mis muslos, y me levantó las caderas con las manos.
Sentí su aliento caliente sobre mi sexo.
Cerré los ojos.
Su lengua me recorrió despacio, plana, ancha, desde abajo hasta arriba.
Una descarga me subió por la espalda.
Mordí la almohada con toda mi fuerza.
Me lamió otra vez, y otra, y luego su boca se cerró sobre mi clítoris y chupó con suavidad, con un ritmo lento y exacto.
Mis manos le buscaron el pelo.
Se lo agarré con los dedos, y él gruñó contra mi piel.
Qué bien lo hacía.
Me pregunté dónde había aprendido, y decidí que no quería saberlo.
Lo hacía como quien ha estudiado cada centímetro, cada reacción, cada temblor.
Me llevaba hasta el borde con la lengua y me soltaba, y volvía a empezar.
Yo sudaba, a pesar del frío.
El vidrio de la ventana se empañaba, y los copos de escarcha del borde se derretían.
Afuera no había nada, solo la oscuridad y una luna fría sobre la nieve vieja.
Jadeaba contra la tela.
Los resortes de la litera crujían con cada espasmo.
Dos dedos entraron otra vez, mientras su boca no se detenía.
Los curvó, y presionó justo ahí, y yo vi puntos de luz detrás de los párpados.
"Iván, por favor."
"¿Por favor qué?"
"Déjame venirme."
"¿Dormida?"
"Dormida. Despierta. Como sea."
"Dime cómo se llama lo que haces", jadeé.
"Lo estoy aprendiendo", respondió contra mi piel. "Y tú eres muy buena maestra."
Me chupó el clítoris con más fuerza, y los dedos se movieron más rápido.
El orgasmo me atravesó entera.
Fue un estallido blanco, largo, que me arqueó la espalda y me hizo clavar las uñas en su hombro.
Un grito se me quedó atrapado en la garganta, convertido en un gemido ronco contra la almohada.
Mi sexo se contrajo alrededor de sus dedos una y otra vez, y él no se detuvo hasta que dejé de temblar.
Cuando por fin se apartó, tenía la barbilla brillante y la respiración agitada.
Se limpió la boca con el dorso de la mano.
Yo seguía temblando, con el pelo pegado a la frente y los muslos abiertos.
"Eso", dije con la voz rota, "fue un sueño muy bonito."
Se subió a mi litera, a mi lado, con la manta sobre los dos, y me besó.
Fue un beso lento, húmedo, con mi propio sabor en su lengua.
Me abrazó, y yo me pegué a su pecho, sintiendo el latido rápido.
"Hace cuatro horas ni te conocía", susurré.
"Yo hace cuatro horas ya sabía que iba a pasar."
"Mentiroso."
"Te vi entrar con ese cascabel y pensé: me voy a meter en problemas."
Reí contra su cuello.
Él me mordió la oreja, y yo le metí las manos bajo la camiseta, y recorrí la espalda dura y las costillas marcadas.
Le quité la camiseta, y la dejé caer.
Su piel estaba caliente, con un olor leve a jabón y a lana.
Le besé el pecho, el abdomen plano, el rastro de vello oscuro que bajaba hasta el borde del pantalón.
Él respiraba con la boca abierta.
"Todavía no termina", dijo, con la voz tomada.
Se puso de pie.
Vi su silueta contra la ventana, con el pecho desnudo, y el bulto tenso en el pantalón de dormir.
Alargué la mano y lo toqué por encima de la tela.
Estaba duro como una piedra, caliente y palpitante.
Gimió.
"Wara."
"Estoy sonámbula", le recordé. "Hago cosas sin darme cuenta."
Le bajé el pantalón de dormir hasta los muslos, y su verga saltó libre, tensa, con la cabeza oscura brillando bajo la luz.
La tomé en la mano.
Él echó la cabeza atrás con un siseo.
Su verga era larga y gruesa, de punta suave, y me llenó la palma por completo.
La acaricié despacio, de la base a la cabeza, con el pulgar resbalando sobre la gota que le brotaba.
"Para", jadeó. "Si sigues, me voy a venir en tu mano."
"Tienes la voz temblando."
"Tú tienes la culpa."
"Qué culpa tan bonita."
"No me importa."
"A mí sí."
Me tomó de la muñeca y me apartó con delicadeza.
Entonces un silbido largo rasgó la noche.
El tren frenó con un chirrido de metal contra metal.
Nos quedamos inmóviles, mirándonos.
Por la ventana, a través de la cortina, entró una luz amarilla y blanca que bañó el camarote entero.
Una estación.
Nuestros cuerpos quedaron iluminados como en un escenario, yo desnuda en la litera, él de pie, medio vestido, con la boca brillante.
Y afuera, en el andén, alguien golpeaba con un martillo las ruedas.