Una Noche Con La Universitaria Del Vagón, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Los rieles
Con una mano en su boca para callar los gemidos, Iván la toma por primera vez mientras afuera cae la nieve.
La luz del andén se coló entre las cortinas y nos bañó en amarillo.
Nadie se movió.
Iván, de pie junto a mi litera, tenía una mano en mi muslo y la otra apoyada en el borde de la cama.
Yo estaba desnuda de la cintura para abajo, con la franela abierta, y una sola manta entre los dos y el mundo.
Afuera, el martillo de un operario golpeaba las ruedas con un tintineo seco.
Alguien tosió muy cerca de la ventana.
Una sombra pasó por el cristal.
Contuve el aliento.
Iván se agachó despacio, hasta quedar con la cara a un palmo de la mía.
"Si abre la cortina", susurró, "estás dormida."
"Estoy dormida."
"Y yo vine a taparte."
"Qué amable."
Su mano subió la manta hasta mi cuello, y se quedó ahí, pegada a mi piel.
Sentí su pulgar en la garganta, justo sobre el pulso.
La sombra se alejó.
El silbato del tren sonó dos veces.
Con una sacudida, el vagón empezó a rodar, y la luz amarilla se deslizó por el camarote y se fue.
La oscuridad volvió a cerrarse sobre nosotros como un puño suave.
Iván soltó el aire.
"Casi", dijo.
"Casi."
"Estás loca."
"Un poco."
Me incorporé sobre un codo, lo tomé de la nuca y lo besé.
Fue un beso hambriento, sin la lentitud de antes, con los dientes y las lenguas.
Él gimió en mi boca y me empujó contra la almohada.
Se subió a mi litera, de rodillas, entre mis piernas, y se bajó el pantalón del todo.
Su verga rozó mi muslo, caliente, dura, resbalosa.
"Wara", susurró contra mis labios. "No tengo..."
"Lo sé."
"¿Entonces?"
"Estoy tomando pastillas. Hace dos años."
"¿Segura?"
"Tan segura como que camino dormida."
Sonrió en la oscuridad.
Me puso de lado, de espaldas a él, como se acuestan los que comparten una cama estrecha.
Se pegó a mi espalda, con el pecho contra mis omóplatos y la erección entre mis nalgas.
Me pasó un brazo por debajo de la cabeza, y con la otra mano me levantó la pierna.
"Así cabemos los dos", susurró.
"Así."
La punta de su verga se deslizó entre mis labios, mojada, resbalando.
Me recorrió una vez, de abajo hacia arriba, rozándome el clítoris.
Gemí.
"Shh."
"Es que..."
Me cubrió la boca con la mano.
Una mano larga, de dedos finos, con olor a jabón.
Mordí la base del pulgar.
"Buena sonámbula", murmuró en mi oído.
Entró en mí despacio, centímetro a centímetro.
Fue lo más lento y lo más hondo que había sentido en mi vida.
Sentí cómo me abría, cómo me llenaba, cómo se acomodaba dentro de mí con una paciencia que me hizo llorar de puro placer.
Cuando estuvo entero dentro, los dos nos quedamos quietos.
El tren se balanceaba.
Cada vaivén lo movía un poco dentro de mí, sin que él hiciera nada.
"Dios", susurró. "Qué cosa tan buena."
"Dímelo otra vez."
"Qué cosa tan buena estar dentro de ti."
"Otra."
"Qué cosa tan buena que no te hayas dormido."
"Muévete."
"Aquí no puedo hacer ruido."
"Entonces hazlo despacio."
"Tampoco puedo."
"¿Por qué?"
"Porque si empiezo, no voy a poder parar."
Reí contra su mano.
Él empezó a moverse.
Primero con empujes largos y lentos, sacando casi todo y volviendo a entrar hasta el fondo.
Después más rápido, con la cadera pegada a la mía, y el tren marcaba el ritmo bajo nosotros, tac-tac, tac-tac, tac-tac.
Su respiración me quemaba el cuello.
Olía a lana y a sudor limpio, y a un jabón de pino que ya se me había metido en la memoria.
Sentí un escalofrío largo recorrerme los brazos.
Su mano en mi boca me ahogaba los gemidos, que salían como suspiros rotos.
Con la otra mano me agarraba el pecho, el pezón, la cintura.
Me hacía sentir pequeña y enorme a la vez.
"Tan apretada", gruñó. "Me vas a volver loco."
"Más."
"No puedo más, no hay espacio."
"Entonces cambia."
Salió de mí con un jadeo.
Me tomó de las caderas y me bajó de la litera, descalza, sobre la alfombra áspera del camarote.
El suelo vibraba con el tren.
"Apóyate", dijo, y puso mis manos sobre el borde de la litera de abajo, donde la manta se arrugaba.
Me incliné, con el trasero hacia él, la franela colgando abierta y los pechos balanceándose.
El aire frío me recorrió el sexo mojado.
Iván se colocó detrás de mí, de pie, con las rodillas flexionadas.
Su mano me recorrió la espalda, desde la nuca hasta la cintura, y se detuvo en mi cadera.
"Mírate", susurró. "Con el cascabel y todo."
El cascabel me tintineaba en el tobillo con cada temblor.
"Quítamelo."
"No."
"Va a sonar."
"Ya lo sé. Que suene."
Entró en mí de un solo empuje.
Me ahogué con un gemido que se perdió en la manta.
Con las dos manos en mis caderas, empezó a embestirme, firme y profundo, y el cascabel respondió a cada golpe, tin, tin, tin, tin, un sonidito alegre y obsceno que me hizo reír y gemir a la vez.
"Cállalo", jadeé.
"No puedo."
"Iván, nos van a oír."
"Que oigan un cascabel."
Me agarró el pelo en una cola y tiró suavemente de mi cabeza hacia atrás.
Mi espalda se arqueó.
Sentí su pecho contra mi columna, su aliento en mi oreja, su verga golpeándome por dentro en un ángulo que me hacía ver estrellas.
"Más fuerte", susurré.
"¿Más?"
"Sí."
Me dio más.
Mi cuerpo entero se sacudía contra el borde de la litera.
La ventana empañada devolvía una imagen borrosa de los dos, nuestras siluetas pegadas, mi pelo suelto, su brazo alrededor de mi cintura.
Me mordí el antebrazo.
Su mano bajó entre mis muslos y me acarició el clítoris, y casi me vengo ahí mismo.
"Todavía no", dijo, y se salió.
"¡Iván!"
"Quiero verte la cara."
Me dio la vuelta, me levantó contra su pecho y me depositó sobre la litera, y él se tumbó de espaldas a mi lado.
"Ven arriba", dijo.
"¿Arriba?"
"Tú mandas. Tú te mueves. Así haces menos ruido que yo."
"Eres un genio."
"Estudio Medicina."
Me monté sobre él con las rodillas a los costados de sus caderas.
La litera era tan estrecha que mi cabeza casi tocaba el techo.
Tuve que agacharme, con las manos apoyadas en su pecho.
Él me sujetó las caderas y me guió hacia abajo.
Descendí sobre su verga, centímetro a centímetro, con un suspiro largo.
Los dos cerramos los ojos.
"Estás en todas partes", susurré.
"Y tú..."
No terminó la frase.
Empecé a mecerme sobre él, con un movimiento lento, ondulante, que se mezclaba con el del tren.
Cada vez que el vagón se balanceaba, yo me hundía un poco más.
Iván tenía la boca abierta, los ojos entrecerrados detrás de los lentes torcidos.
Se los quité y los dejé en el estante.
Su mirada, sin ellos, era aún más cruda.
Me tocaba los pechos, la cintura, los muslos, como si quisiera aprender de memoria cada centímetro.
"Eres increíble", murmuró. "Eres lo mejor que me ha pasado en este tren."
"Estamos en el primer viaje."
"Por eso."
Acelerar fue instintivo.
Empecé a subir y bajar, con las caderas rodando, y los muslos me ardían y mis gemidos se ahogaban en mi propio antebrazo.
Él metió una mano entre los dos y encontró mi clítoris con el pulgar.
Lo frotó en círculos, al ritmo de mis embestidas.
"Iván..."
"Estoy aquí."
"Voy a..."
"Hazlo. En silencio."
Me mordí el labio inferior hasta saborear la sangre.
Sentí el orgasmo acercarse, una ola lenta, enorme, que me subía desde los pies.
"Ya", logré decir.
"Ya."
Me vine con un temblor largo y profundo, apretando a Iván con todo el cuerpo, con la cabeza echada atrás y la boca abierta en un grito mudo.
Él me siguió casi enseguida.
Sentí cómo se tensaba debajo de mí, cómo su verga latía dentro, cómo se derramaba caliente y espeso.
Un gemido grave se le escapó entre los dientes apretados.
Me abrazó contra su pecho con tanta fuerza que casi no podía respirar.
Nos quedamos así, pegados, sudorosos, con el corazón desbocado.
Afuera, el frío del altiplano rozaba el vidrio.
Dentro, la litera olía a sexo, a lana y a mi perfume.
Él me acarició la espalda, despacio.
Me besó el pelo.
"Wara."
"Mm."
"¿Sigues dormida?"
"Creo que me desperté un poco."
"¿Y qué tal?"
"Mejor que dormida."
Sonrió.
"Pensé que los sonámbulos olvidaban", susurré.
"¿Qué?"
"Lo que hacen. Al despertar."
"¿Y tú?"
"Yo no pienso olvidar esto."
Él me besó la sien.
Nos quedamos callados un rato largo, mirando el techo.
Después sentí que algo frío me rozaba la mejilla.
Una gota de agua, o de hielo.
Levanté la vista.
Por la ventana, entre las cortinas, vi pasar un copo de nieve, enorme, lento, pegándose al cristal.
Luego otro.
Y otro.
El tren redujo la marcha.
Se oyó el chirrido de los frenos, largo, agónico, y el vagón entero se detuvo con una sacudida.
Iván se incorporó de golpe.
"Esto no es una estación."