Amor, Traición y Venganza: mi segunda vida, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: El recibo
Dejé que Uriel me pusiera el anillo en la mano, delante del niño y del mar.
Fue la cosa más difícil que he hecho en mis dos vidas.
El anillo era un zafiro pequeño, viejo, con engastes de plata gastada.
"Era de mi abuela", dijo. "Es lo único que le quedó a mi madre."
"Qué lindo detalle."
"¿Lo aceptas?"
"Lo pienso."
Lo vi respirar aliviado.
Pensó que yo era la misma mujer de hace dos días, pero un poco más costosa.
Mientras él hablaba de familia, de cenas, de un abogado que arreglaría el apellido del niño, yo miraba su boca.
La misma boca que me había dicho "buenas noches" el último día, con la manguera de mi hijo en el puño.
Lo escuché hasta el final.
"Cena conmigo esta noche", dije al final. "En Cartagena. Quiero hablar tranquila."
"Claro."
"Y quiero que sea en el hotel viejo."
Sus ojos hicieron un gesto rápido, apenas una grieta.
"¿Por qué ahí?"
"Porque ahí empezó todo."
Se rio, aliviado otra vez.
Pensó que era sentimentalismo.
Esa tarde dejé a Bastián con la vecina de Laureano, una mujer mayor con sombrero de paja que había criado cinco hijos, y me fui sola a la ciudad.
No fui al hotel por la noche.
Fui a las cuatro, cuando el vestíbulo olía a aire acondicionado y a cera de pisos.
El hotel viejo de los Fontalvo seguía en pie, aunque ya no era de ellos.
Lo había comprado una cadena que cambió las alfombras y dejó las paredes.
La recepcionista era una mujer de unos cincuenta años, de pelo canoso, con un gafete que decía Atención.
"Buenas tardes", dije. "Trabajó aquí hace tres años, ¿verdad?"
"Veintiún años, señora. Cuando lo compraron mantuvieron al personal."
"Hace tres años y dos meses, un viernes de lluvia, alquilaron la habitación cuatro con anticipación."
Se quedó mirándome sin decir nada.
"Yo estuve en esa habitación", dije.
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