Cincuenta Mil Razones para Vengarme, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La junta
La junta de socios se celebró al día siguiente a las diez, en la sala de reuniones del segundo piso de Mesa Garmendia.
Era una sala de paredes de madera oscura, una mesa larga de nogal y un ventanal con vista a un jardín interior.
Llegué diez minutos antes, con un traje azul marino, el pelo recogido y una carpeta bajo el brazo.
Mi asistente me había mandado los documentos a las tres de la mañana.
Los había leído dos veces.
Amílcar ya estaba sentado a la cabecera, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la mesa.
A su derecha, Jéssica, de negro de pies a cabeza, con el pelo recogido en un moño perfecto y una sonrisa de gato.
A su izquierda, en una silla extra, Hilario, el jefe de sala.
Era un hombre rechoncho, de cara redonda y anillo de oro en el meñique, que me saludó con una inclinación servil.
Junto a él, un abogado delgado, con maletín de piel, que ni siquiera alzó los ojos.
"Margarita", dijo Amílcar.
"Buenos días."
"Gracias por venir."
"Soy socia."
Jéssica se aclaró la garganta.
"Empecemos", dijo. "Tenemos un asunto urgente."
Abrió una carpeta y sacó tres copias de un documento grapado.
Las deslizó sobre la mesa, una frente a cada socio.
"Convocatoria de aportación de capital", leí.
"Así es", dijo Jéssica. "El restaurante necesita una inyección de liquidez para renovar la cocina, ampliar la sala y cubrir la nueva política de servicio."
"¿De cuánto?"
"De cincuenta mil dólares por socio. A pagar hoy."
Alcé la vista.
"¿Hoy?"
"Es una emergencia."
"No veo ninguna emergencia."
"Los estatutos lo permiten. Cláusula catorce."
El abogado asintió, sin mirar.
Pasé a la cláusula catorce, y la leí en silencio.
Era verdad.
Un socio que no cubría una aportación convocada en el plazo fijado perdía su derecho de voto hasta que la pagara.
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