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De Compañera Estéril a Reina Pregnante, novela · Capítulo 2 de 24

Capítulo 2: Plata

En la celda Candela le confiesa el rito de traspaso, y Ailén arranca la puerta con las manos.

La celda de plata está bajo la Casa de las Lunas, en un sótano de piedra donde nunca entra el sol.

Tiene cuatro paredes de granito, una puerta de barrotes forrados en plata pura, y un suelo de arena donde se hunden los pies.

La plata no mata a un lobo.

Solo lo quema.

Cada barrote que rozaba mi piel me dejaba una línea roja, ardiente, que supuraba durante horas.

Me tiraron adentro a las once de la mañana.

A las doce, mi loba dejó de contestarme.

Era un silencio hueco, aterrador, como si alguien me hubiera cortado la lengua.

Me senté en un rincón, abrazada a mis rodillas, y esperé.

No lloré.

Estaba demasiado enojada.

A las cinco de la tarde, un ruido de llaves.

La puerta de arriba se abrió.

Pasos livianos bajaron la escalera.

Candela apareció al otro lado de los barrotes.

Llevaba un vestido de lana gris, el pelo recogido, una bandeja con un plato de sopa y una jarra de agua.

"Te traje de comer", dijo.

"No quiero nada tuyo."

"Ailén..."

"Vete."

"Por favor, escúchame."

Alcé la vista.

Tenía los ojos rojos.

Las manos le temblaban tanto que el agua se derramaba de la jarra.

"No quería esto", susurró.

"¿Qué no querías?"

"Nada de esto. Yo..." Se mordió el labio. "Rosalba me obligó."

"¿Te obligó a acostarte con mi pareja?"

"Me obligó a no decir que no."

Me incorporé, sorprendida.

Candela miró hacia la escalera.

Bajó la voz.

"Hace un año, la señora Rosalba me llamó a su casa. Me dijo que si me acercaba a Bautista, mi familia tendría una casa en la meseta." Tragó saliva. "Mi madre está enferma. Mi hermano no tiene trabajo. Y yo..."

"Y tú lo hiciste."

"Y yo lo hice."

"¿Lo quieres?"

Silencio.

Después, muy bajito:

"No."

Me quedé mirándola.

Vi cómo se tocaba el vientre, con una mano pálida.

"¿Y el bebé?"

"Es suyo."

"¿Seguro?"

"Seguro."

"Entonces tendrás un hijo con un hombre al que no quieres, y una suegra que te manda." Me reí sin ganas. "Felicidades."

Candela se echó a llorar.

No hizo ruido.

Las lágrimas le corrían por la cara en silencio.

"Mañana a medianoche", dijo, "es luna nueva. Rosalba hará el rito."

"¿Qué rito?"

"El traspaso. Te van a sacar tu don y lo van a poner en mí." Se secó la cara. "Dicen que es el único modo de que yo pueda ser una Luna de verdad. Y de que el hijo nazca fuerte."

"¿Qué don?"

"Ese que nadie te dijo que tenías."

Me quedé quieta.

"Rosalba lo sabe desde hace ocho años", siguió. "Desde que te conoció. Por eso nunca te dejó marcar. Tu sangre... es distinta, Ailén. Es la sangre vieja."

"No entiendo."

"Yo tampoco." Candela se arrodilló y deslizó la bandeja por debajo de la puerta. "Pero el rito dura tres noches. Y te va a destrozar."

"Candela."

"Dime."

"¿Por qué me lo dices?"

Levantó los ojos.

"Porque yo también tengo una madre." Su voz era un hilo. "Y porque nunca me trataste como a una sirvienta."

Se puso de pie.

Subió la escalera corriendo, sin mirar atrás.

Quedé sola.

Miré la sopa.

La olí.

Solo caldo, papas y un poco de romero.

Comí.

Cuando terminé, apoyé las manos en el suelo y cerré los ojos.

"Quilla", susurré.

Mi loba no contestó.

"Quilla. Por favor."

Silencio.

"Si estás ahí, necesito que despiertes."

Un latido.

Débil, lejano, pero real.

Sentí una chispa fría en el centro del pecho, como una brasa en la nieve.

Apreté los puños.

El dolor de la plata me recorrió los brazos.

Pero esa chispa creció.

Un poquito.

Otro poquito.

Cuando la medianoche de ese primer día llegó, ya tenía las dos manos cerradas alrededor de los barrotes de plata.

Y aunque la piel humeaba, aunque me ardían los brazos hasta el hombro, tiré con toda mi alma.

El barrote cedió con un chirrido.

Después otro.

Con un estruendo de metal arrancado de la piedra, la puerta de la celda se vino abajo.

En el piso de arriba, una campana empezó a sonar.

La alarma de Piedra Blanca.

Corrí.

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