Descubrí el Fraude de mi Matrimonio, novela · Capítulo 2 de 16
Capítulo 2: Treinta pisos
Delante del personal, Lucila sale del penthouse con lo puesto; Giannina ordena a los guardias que la detengan.
Aparté su mano de la puerta del ascensor con dos dedos.
Giannina la retiró despacio, sin perder la sonrisa.
"Señora Lucila, le pido que no haga una escena."
"Todavía no empecé."
La puerta se cerró entre las dos.
Bajé sin mirar los números.
El espejo del ascensor me devolvió una cara desconocida.
Más delgada, con ojeras profundas y un moño torcido que nadie me había arreglado.
La mujer de la foto de la boda no se parecía a esta.
En el piso veinte, el ascensor se detuvo sin que lo pidiera.
Las puertas se abrieron, y no había nadie.
Volvieron a cerrarse.
Se quedó inmóvil.
Apreté el botón del lobby cinco veces.
Nada.
Giannina había cortado el ascensor.
Respiré hondo.
Pulsé el botón de emergencia, empujé la puerta con las dos manos hasta forzarla, y salí al pasillo del piso veinte.
Una puerta cortafuegos.
Una escalera de cemento, sin alfombra.
Veinte pisos hasta el suelo.
Bajé corriendo, con el bolso golpeándome la cadera y los tacones en la mano.
En el piso quince me crucé con una empleada joven que subía con una bolsa de basura.
La conocía.
Se llamaba igual que mi madre, aunque nunca me atreví a decírselo.
Se quedó paralizada al verme.
"Señora..."
"No digas nada."
"Los guardias tienen la orden de..."
"Ya sé."
Ella miró la escalera.
Miró hacia arriba.
Se mordió el labio.
"La puerta del estacionamiento no tiene cámara en el sótano dos", susurró. "Se abre desde adentro con la manija roja."
La miré.
"Gracias."
"Yo no dije nada."
"No dijiste nada."
Seguí bajando.
En el sótano dos, la puerta metálica estaba entornada.
Una manija roja.
La empujé con el hombro.
Salí a una rampa de cemento oscura, con olor a gasolina.
Subí hasta la calle.
Cuando alcancé el lobby del edificio por la entrada lateral, tenía los pies sangrando y el corazón en la garganta.
Los dos guardias del turno de tarde estaban frente a la puerta principal.
Uniformes oscuros.
Brazos cruzados.
El mayor, un hombre canoso de bigote, dio un paso hacia mí.
"Señora Piaggio."
"Buenas tardes."
"Tengo órdenes de no dejarla salir."
"¿De quién?"
"De la señorita Giannina."
"¿Y de mi esposo?"
"El señor no ha dado ninguna."
"Entonces ¿quién manda aquí?"
El hombre bajó los ojos.
No respondió.
Saqué del bolso un papel doblado.
El alta de la clínica, con el sello rojo.
Lo extendí para que lo leyera.
"Léalo."
Lo tomó con desconfianza.
Fue pasando la vista por las líneas.
"Paciente: Lucila Arévalo de Piaggio. Diagnóstico: aborto espontáneo, trece semanas."
Lo leyó dos veces.
El otro guardia, un muchacho de unos veinticinco años, se asomó por encima de su hombro.
"Jefe..."
"Calla."
"Mi hijo murió hace cuatro días", dije, con la voz firme. "Porque en esta casa nadie se atrevió a interrumpir una reunión por algo que quizá no fuera grave. Si ustedes me ponen una mano encima, voy directo a los noticieros, y les cuento quién da las órdenes en el edificio del hombre más temido de Lima."
Los guardias intercambiaron una mirada.
Después la puerta del ascensor del fondo se abrió con un tintineo.
Giannina salió, impecable, con el teléfono en la mano y dos empleadas detrás.
Se detuvo en medio del lobby.
Un hall enorme de mármol claro, con una fuente decorativa y un mostrador de recepción.
Había vecinos esperando el ascensor.
Una señora con un perro pequeño.
Un repartidor con una bolsa térmica.
Un ejecutivo con maletín que fingía mirar su celular.
Todos nos observaron.
"Señora Lucila", dijo Giannina, caminando hacia mí con pasos medidos. "No haga esto. Se está humillando."
"Lo hice hace tres años."
"Usted no tiene a dónde ir."
"Tengo una amiga. Y un par de zapatos." Levanté los tacones sangrantes. "Más de lo que tenía ayer."
Giannina soltó una risa suave.
"No dura una semana afuera. Sin tarjetas. Sin cuentas. Sin apellido."
"Veremos."
"Se lo advierto, señora."
"Yo también le advierto algo, Giannina."
Di un paso hacia ella.
Cuando estuvimos a una distancia en la que se podía oler su perfume, bajé la voz hasta que solo ella me oyó.
"Cuando vuelva a entrar a esa casa, será para sacar mis cosas. Y usted no estará ahí para impedírmelo."
Por primera vez, la sonrisa de Giannina titubeó.
Apenas una décima de segundo.
Pero la vi.
Me di la vuelta.
El guardia joven abrió la puerta de vidrio.
Salí a la calle.
Llovía una garúa fina, limeña, de esas que mojan sin parecer lluvia.
Un taxi estaba detenido en la esquina.
Levanté el brazo, y el auto avanzó.
Me subí.
"¿A dónde, señora?"
"A la Clínica Santa Teresa, en Miraflores."
El taxista asintió.
Cuando arrancó, miré por el espejo retrovisor.
Detrás de nosotros, a media cuadra, un todoterreno negro de vidrios oscuros encendió los faros y se despegó de la acera.