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El Nombre que Ella Escribió con Sangre, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: El collar

Mirela entrega a Calista el collar de rubíes y el vestido. Ansgar dice que no era eso lo que él pidió.

Escribí las letras una a una.

C, A, L, I, S, T, A.

R, O, T, H.

La sangre brilló sobre el pergamino, y las letras se encendieron con una luz roja, como brasas.

El salón entero contuvo el aliento.

Lo oí.

Trescientos vampiros sin respirar es un silencio muy particular.

Dejé la pluma sobre el atril.

Giré el libro hacia el altar para que todos lo vieran.

El maestro de ceremonias se inclinó, leyó, y se puso blanco como la cera.

"Calista Roth", murmuró.

Nadie dijo nada.

Después, de entre la multitud, salió un jadeo agudo.

Calista.

Estaba en la tercera fila, con un vestido de seda verde pálido y el pelo rubio platino recogido con perlas.

Tenía una mano sobre la boca y los ojos enormes.

Parecía a punto de desmayarse.

O de reír.

No supe cuál de las dos.

Ansgar no se movió.

Me miraba con los labios entreabiertos, como si hubiera olvidado el idioma.

"Mirela", dijo al fin.

Su voz sonó rara.

"Alteza."

"¿Qué has hecho?"

"El rito." Mantuve la voz tranquila. "Escribí el nombre de la compañera. Como manda la ley."

"Has escrito el nombre equivocado."

"No."

"Mirela..."

"Lo he escrito sin equivocarme. Es el nombre de la mujer a quien ha protegido en cada sesión del Consejo durante cuarenta años."

Alguien al fondo soltó una risa nerviosa.

Ansgar apretó la mandíbula.

"No era lo que yo pedí."

"Pidió una consorte adecuada, Alteza. Es lo que le entrego."

El libro, entre los dos, se estremeció.

Las letras de sangre se hundieron en el pergamino, una a una, y desaparecieron.

El vínculo estaba escrito.

Ansgar dio un respingo.

Se llevó la mano al pecho, justo encima del corazón, y frunció el ceño.

Por un segundo, vi algo parecido al desconcierto cruzarle la cara.

Después recuperó la máscara.

Me acerqué a la mesa lateral donde descansaba, sobre un cojín de terciopelo negro, el collar de rubíes.

Doce piedras rojas, engastadas en oro viejo, la joya de las consortes de Ravenmoor.

Lo había usado cien años en la otra vida.

Pesaba como una cadena.

Lo levanté con las dos manos.

"Mirela", dijo Ansgar. "Deja eso."

"Es de la consorte."

"Todavía no hemos..."

"El libro ha hablado."

Caminé entre las filas de vampiros.

Se apartaban a mi paso, como si llevara una antorcha.

Me detuve ante Calista.

Ella me miró.

De cerca tenía los ojos de un verde muy claro, y una sonrisa temblorosa, inocente, dulce.

La sonrisa que había puesto a mi marido de rodillas durante un siglo.

"Mirela, yo no sabía..."

"Lo sé."

"Yo no pedí..."

"Lo sé."

Le puse el collar en las manos.

Ella lo miró, con los dedos temblando.

Algo se movió detrás de sus ojos, rápido y brillante, antes de que bajara los párpados.

Un destello de pura codicia.

Lo había visto cien veces.

Nunca me había dolido tanto como ahora, cuando por fin dejaba de importarme.

"Que lo disfrutes", dije.

"Mirela..."

"El vestido de novia está colgado en la sala norte. Es de seda negra y plata. Pedí que lo ajustaran a tu talla esta mañana."

Se oyó otro jadeo.

"Mis doncellas lo llevarán a tu cuarto. Los zapatos están dentro de la caja."

Dejé a Calista con su collar, con el rostro desencajado, y me volví hacia el príncipe.

Inclinó la cabeza, rígido.

Sentí cómo la corte entera esperaba una explosión que no llegó.

"Alteza", dije. "Con su permiso, me retiro."

"No te he permitido nada."

"No necesito su permiso para marcharme de una fiesta."

Giré sobre los talones.

Crucé el salón en dirección a las puertas dobles.

En el umbral, una mano fría me tomó de la muñeca.

Ansgar.

No lo había oído venir.

Tenía los ojos azules muy abiertos, el pecho agitado.

"Esto no es lo que yo pedí", repitió en voz baja, para que solo yo lo oyera.

Lo miré.

Lo miré durante mucho tiempo.

Era el hombre que me había dejado morir.

Y aún no lo sabía.

"Lo que usted pidió", dije, "es lo que le he dado."

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