El Semental De Los Tres Huevos, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El tercero
Con la puerta cerrada, Valentina y Lalo hacen el amor en la camilla y ella descubre que el tercer testículo también trabaja.
"Un momento, Rosendo", dijo Valentina hacia la puerta.
Su voz salió tan normal que me dieron ganas de aplaudirla.
"Estoy terminando una consulta."
"La clínica cierra en diez minutos."
"Lo sé. Termino ya."
Hubo un silencio del otro lado.
Yo seguía inmóvil sobre ella, con las manos a los lados de su cuerpo y el corazón en la boca.
"Valentina", dijo el hombre. "Necesito tu firma en la cesión de la lista de pacientes."
"Mañana."
"Tiene que ser hoy."
"Mañana, Rosendo."
Otro silencio, más largo.
Después sus pasos se alejaron por el pasillo, lentos, con el taconeo de zapatos caros.
Cuando se apagó el último eco, Valentina soltó el aire de golpe.
Me quitó la mano de la boca.
Nos miramos.
Y los dos nos echamos a reír, sin hacer ruido, con la frente pegada.
"Tienes la cara de quien acaba de ver pasar a la policía", susurró.
"Y tú estás sin calzones."
"Eso no es ilegal."
"En este consultorio sí debería serlo."
Me besó.
Y de pronto el chiste dejó de ser chiste.
Su boca se abrió contra la mía, su lengua me buscó, y todo el miedo que acababa de pasar se convirtió en otra cosa.
Hambre.
"Cierra con seguro", jadeó.
"¿Ahora?"
"Ahora, Lalo."
Fui hasta la puerta.
Giré la llave.
Regresé con el pantalón arrastrando, tropezando con mis propios pies, y ella se echó a reír otra vez.
"Quítate eso, por Dios."
Me deshice de los zapatos, de los pantalones, de los calzoncillos.
Quedé desnudo frente a ella, a la luz blanca.
Esperaba nervios.
Esperaba un temblor.
Lo que sentí fue algo distinto.
Ella me miró de arriba abajo, sin apuro, con los lentes de pasta negra torcidos y la boca entreabierta.
"Madre mía", murmuró.
"¿Qué?"
"Eres precioso."
Se me puso más dura.
Ella se bajó de la camilla.
Se quitó la bata y la dejó doblada sobre la silla.
Debajo llevaba una blusa de seda color crema.
La desabotonó muy despacio, sin dejar de mirarme, y se la quitó.
Después, el sostén.
Sus tetas eran grandes y pesadas, de pezones color canela, ya duros.
Me quedé sin palabras.
"Puedes tocarlas", dijo.
Las toqué.
Con las dos manos, torpe, con una devoción de muchacho que ve el mar por primera vez.
Ella cerró los ojos.
Me las llevé a la boca.
Chupé un pezón y luego el otro, con la lengua plana, y ella me agarró la cabeza y soltó un gemido.
"Eso. Más."
La levanté por la cintura.
La senté en el borde de la camilla.
Bajé el cuerpo y, de rodillas en el piso frío, apoyé la cara entre sus muslos.
Olía a limpio, a sal, a mujer.
"Lalo", dijo con la voz entrecortada. "No tienes que..."
"Quiero."
Pasé la lengua por su chucha de abajo arriba.
Ella tembló.
Lo hice otra vez.
Y otra.
Aprendí en segundos qué le gustaba.
Círculos lentos sobre el clítoris.
Un lengüetazo largo para abrirla.
Los labios cerrados alrededor, tirando suave.
Valentina se echó atrás y apoyó las dos manos en la camilla, con las piernas abiertas sobre mis hombros.
"Dios mío", gimió. "Dios, qué boca."
"¿Bien?"
"Callado. Sigue. Sigue."
Seguí.
Le metí un dedo.
Después dos.
Sentí cómo se apretaba alrededor, caliente, sedosa, con espasmos pequeños que subían por su vientre.
"Voy a venirme", avisó, casi sorprendida. "Voy a..."
Se vino con un temblor que me hizo sonreír contra su piel.
Fue breve, ahogado, pero real.
Cuando abrió los ojos, tenía la mirada húmeda y confusa.
"Eso... ¿eso fue... tú?"
"Eso fuiste tú."
"No." Se rio, nerviosa. "Fuiste tú."
Me levantó la cara con las manos.
Me besó el mentón mojado.
"Ahora quiero otra cosa", dijo.
"¿Qué?"
"A ti dentro."
Se me paró el corazón.
"Valentina, yo no sé si voy a poder."
"Mírate." Bajó la mano y me tomó, dura como una piedra. "Ya puedes."
Me jaló hacia la camilla.
Se recostó otra vez y puso los pies en los estribos de metal, abierta del todo, ofrecida, con una sonrisa temblorosa.
"Despacio. Y mírame."
Me acomodé entre sus muslos.
Me agarré la verga y la acerqué a su entrada.
Estaba empapada.
Empujé la punta.
Ella soltó un gemido profundo.
Y yo, que llevaba catorce meses sin sentir nada, entré en una mujer.
Fue como volver a respirar después de una vida bajo el agua.
Entré centímetro a centímetro, hasta el fondo.
Ella apretó las piernas, me clavó las uñas en los brazos y dijo mi nombre.
"Lalo."
"Valentina."
"Quieto. Siéntelo."
Me quedé quieto.
Sentía el calor de su chucha latiendo alrededor de mi verga, y el roce de mis huevos contra su piel, los tres, tibios, pegados a ella.
Ella lo notó.
Bajó una mano y los tocó otra vez.
"Aquí están", susurró. "Los tres. Cada uno en su lugar."
"No me los nombres ahora."
"¿Por qué?" Sonrió, mordiéndose el labio. "Me gustan."
Eso me deshizo.
Empecé a moverme.
Despacio al principio, saliendo casi del todo y volviendo a entrar, y ella arqueaba la espalda en cada embestida.
El papel de la camilla crujía.
Los estribos metálicos tintineaban.
Con cada golpe, los huevos le rebotaban contra el culo con un sonido húmedo, ridículo y delicioso.
Ella se rio y gimió al mismo tiempo.
"Ay, Dios, el tercero también golpea."
"¡Valentina!"
"Perdón, perdón, es el tratamiento."
Me eché a reír, sin parar de moverme.
Ella me miraba con los ojos brillantes, con las tetas rebotando, con el pelo pegado al cuello.
La acaricié.
Le tomé las caderas.
Empujé más fuerte.
"Así", pidió. "Más hondo."
Más hondo.
"Eres... qué rico", jadeó. "Qué verga más rica tienes, Lalo."
Nadie me había dicho eso.
Nadie.
Algo se rompió en mi pecho y se convirtió en fuerza.
La embestí con todo, con la cabeza echada hacia atrás y las manos clavadas en sus muslos, y ella gritó, sin importarle nada.
Se vino otra vez.
Más fuerte, más largo, con el cuerpo entero temblando.
Sentí cómo me apretaba por dentro, en oleadas, y yo ya no pude aguantar.
"Me voy a venir", gruñí.
"Hazlo."
"Dentro..."
"Dentro."
Exploté.
Un chorro, otro, otro más.
Una descarga larga, caliente, imposible, que me sacudió de pies a cabeza.
Los ojos se me nublaron.
Me aferré a ella.
Cuando por fin abrí los ojos, Valentina me miraba con la boca abierta.
"Lalo."
"¿Qué?"
"Mira."
Bajé la vista.
Salí de ella despacio, y lo que vi me dejó mudo.
Mi semen le escurría por el muslo, en una cantidad ridícula, espesa y blanca, hasta gotear sobre el papel de la camilla.
"Mi madre", susurré.
"Es el tercero", dijo ella con ojos de científica. "Está trabajando horas extra."
Nos reímos hasta que nos dolió el estómago.
"Otra", dijo ella.
"¿Otra qué?"
"Sesión. El tratamiento exige tres."
"Valentina, acabo de..."
"Lo sé." Bajó la mano por mi vientre. "Mira cómo estás."
Y tenía razón.
Estaba otra vez duro, dolorido de ganas, tan rápido que me dio vergüenza y orgullo a la vez.
Ella se rio, encantada.
Se levantó de la camilla, me empujó por el pecho hasta tumbarme de espaldas sobre el papel y se subió a horcajadas sobre mis caderas.
"Esta vez mando yo."
"Siempre mandas tú."
"Qué bien lo has entendido."
Se dejó caer sobre mí y yo vi cómo se le cerraban los ojos.
Me cabalgó despacio, apoyada en mi pecho, con el pelo cayéndole a los lados de mi cara y los lentes torcidos.
Cada vez que bajaba, se frotaba contra mí con un giro de caderas que me arrancaba un gruñido.
"Mírame", dijo.
La miré.
"Dime qué sientes."
"Que me derrito."
"Más."
"Que no quiero que pare nunca."
"Ya casi."
Yo le agarré las nalgas con las dos manos y la ayudé a subir y bajar.
El papel de la camilla se rasgó bajo mi espalda.
Valentina soltó una risita jadeante, sin parar de moverse.
Se vino otra vez, con un temblor largo, con la frente pegada a mi pecho, y me apretó tanto por dentro que no pude contenerme.
Me vine con un gemido ronco, otra vez, sin guardar nada.
Cuando terminó, tenía mi pecho empapado de su sudor y su aliento.
Se quedó encima de mí, riendo en silencio.
"Dos sesiones", susurró. "Falta una."
"Me vas a matar."
"Con mucho cuidado."
Se bajó despacio.
Me dejé caer a su lado en la camilla.
Ella apoyó la cabeza en mi pecho.
Me acarició el pelo.
Pasaron los minutos.
El edificio se quedó en silencio.
Afuera empezaba a oscurecer sobre La Floresta.
"Valentina."
"Mm."
"¿Esto es parte del tratamiento?"
Se quedó callada un momento.
"Sí", dijo. "Y no."
"¿Cuál?"
Levantó la cabeza.
Me miró a los ojos con los lentes en la mano, sin la armadura de la bata.
"Jueves a las seis", dijo. "Ven. Sin cita."