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Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 10 de 12

Capítulo 10: El arresto

La punta de la pluma me rozó la garganta.

Sentí su respiración agitada junto a mi oreja, el sudor frío de su mano.

Olía a la loción de siempre, esa que tres años atrás me había parecido un refugio.

Todo el campo contuvo el aliento.

Los policías se detuvieron en seco.

La fiscal levantó una mano para pedir calma.

"Isaías", dijo, con voz tranquila. "Suelta la pluma."

"Si dan un paso, la mato."

"Nadie va a dar un paso."

"Quiero un auto. Quiero que me dejen ir."

"Lo hablamos."

"¡Ahora!"

Cerré los ojos.

Pensé en mi padre.

Pensé en la pluma, en cómo la sostenía entre dos dedos para firmar los pedidos de lana, con la letra grande y redonda.

Y supe qué hacer.

Isaías me tenía agarrada del brazo izquierdo.

Con el derecho, sostenía la pluma.

Me incliné hacia adelante, de repente, y clavé los dientes con todas mis fuerzas en su mano.

Gritó.

La pluma cayó al suelo.

Antes de que pudiera reaccionar, una sombra enorme saltó por encima de la tarima.

Noé.

Se estrelló contra él como un camión.

Los dos cayeron sobre las tablas, rodando, entre gritos y cámaras.

Los policías se abalanzaron.

Vi a Noé encima de Isaías, con un brazo contra su garganta y el otro inmovilizándole la muñeca.

Isaías aullaba.

"¡Suéltame! ¡Hijo de puta! ¡Tengo contactos! ¡Los hundo a todos!"

Cuatro policías lo levantaron entre los gritos del público.

Le pusieron las esposas.

Sus gemelos de oro se quedaron en el suelo.

La fiscal se acercó, con la carpeta azul en el pecho.

"Isaías Salvatierra", dijo, con voz clara, "queda usted detenido por homicidio calificado, incendio doloso, asociación ilícita y secuestro simulado."

"¡Esto es un atropello!"

"Tiene derecho a guardar silencio."

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