La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 5 de 12
Capítulo 5: Clase
El doctor Leandro llegó a la casa al anochecer, con el maletín y la cara seria.
Anselmo lo esperaba en el corredor, recién bañado, con la camisa limpia y las manos sin saber dónde ponerse.
"Dice mi esposo que quiere una clase", dijo el doctor, desde el escalón.
"Sí, doctor."
"No es un favor, ni es una vergüenza." Leandro lo miró a los ojos. "Es un oficio, como el café. Se aprende con práctica y con atención."
Mi suegra había salido a dormir a casa de una comadre, con una cara que no supe leer.
Éramos los tres, y la cama de adobe, y el quinqué.
Me senté en el borde del colchón, con el camisón de manta, sintiendo el corazón desbocado.
"Usted se queda en la silla", le dijo Leandro a Anselmo, y señaló la cama. "Ella se acuesta. Yo me siento allá, junto a la ventana, y no la toco."
"¿No?", pregunté sin poder callarme.
"No. Hoy el que aprende es él."
Me quité el camisón por la cabeza y me acosté desnuda sobre las sábanas.
Sentí los ojos de los dos hombres recorrerme entera, y la piel se me puso de gallina.
Leandro se acomodó en la silla junto a la ventana, con las manos juntas entre las rodillas.
"Anselmo, empiece por el cuello. Con la boca, no con las manos. Despacio, como si no tuviera dónde ir."
Mi marido se arrodilló en la cama.
Me besó debajo de la oreja, tembloroso, con la boca húmeda.
"Más abajo", dijo el doctor. "Ella le va a decir cuándo."
Anselmo bajó por mi garganta, por mi clavícula, y su bigote me hizo cosquillas en el pecho.
"Ahora los pezones. Primero uno, luego el otro. Y no los muerda todavía."
Mi marido me tomó un seno con las dos manos y cerró los labios sobre la punta.
Gemí.
"Así", susurré. "Así, mi vida."
"¿Ve cómo se arquea?", comentó Leandro, sin cambiar la voz. "Eso es que le gusta. Quédese ahí un rato."
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