La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 7 de 12
Capítulo 7: Doña Eusebia
Doña Eusebia no gritó.
Levantó la vela un poco más, nos miró uno por uno, y dijo con voz de lumbre baja: "Vístanse. Los espero afuera."
Cerró la puerta.
Anselmo se quedó pálido, con la sábana apretada contra el pecho.
"Me va a matar", susurró.
"No te va a matar", dijo Leandro, buscando sus anteojos. "Pero a mí sí me conviene salir primero."
"Yo salgo", dije.
Me puse el camisón y las trenzas, y crucé el patio descalza hasta el corredor.
Mi suegra estaba sentada en el banco de madera, con el rebozo cerrado en el cuello y la vela apoyada en el piso.
Me señaló el lugar a su lado.
Me senté.
La noche olía a café mojado y a leña.
Pasó un rato largo en que solo se oyeron los grillos.
"Yo tenía veintidós años cuando me casé con el padre de Anselmo", empezó ella.
La miré, extrañada.
Nunca hablaba de su juventud.
"Era un hombre bueno y trabajador, y a mí me ardía el cuerpo como a ti. Un día mi suegra me encontró con la mano bajo la falda detrás del gallinero."
Se frotó las manos, despacio, como si se las lavara.
"Me encerraron cuarenta días en el cuarto de atrás. El cura me rezó. Un curandero me dio de beber un tecito amargo que me hacía vomitar. Me llamaron enferma hasta que me lo creí."
"Doña Eusebia."
"Mi esposo me sacó por la ventana una noche, con una cobija. Dijo que si yo estaba enferma, él también." Se limpió la comisura del ojo con el rebozo. "Pero nunca me dijo que me quería de otra manera, y yo nunca supe pedírselo. Se murió joven, y me quedé con el fuego sin dónde ponerlo."
Sentí un nudo en la garganta.
"Yo vi cómo te miraban esos dos", dijo, y señaló con la barbilla hacia la casa. "No te miraban como a una enferma. Te miraban como a una mujer."
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