La Principessa sin Memoria, novela · Capítulo 2 de 16
Capítulo 2: El mes que guardé
Ginevra recuerda cómo volvió su memoria y a quién se lo escribió.
Pina tarareaba mientras planchaba, y yo supe por qué.
Esa nana la había oído hacía un mes, de su boca, una noche de lluvia.
Estábamos en el cuarto de la plancha, ella con una pila de manteles y yo sentada en un baúl, sin sueño.
Era la octava semana del viaje de Rocco, y el silencio de la villa me dolía en los dientes.
Pina empezó a cantar bajito, para sí misma, con una voz gastada de tantos años de cocina.
Una canción de cuna en dialecto antiguo, con una melodía que subía y bajaba como una marea.
"Dormi, dormi, stellina mia..."
Yo me quedé quieta.
Sentí que algo se movía detrás de mis ojos.
Un olor a lavanda, una mano que me acariciaba la frente, una voz de mujer más joven que la de Pina cantando lo mismo desde la puerta de un cuarto con ventanas altas.
"Mamma", dije.
Pina dejó la plancha.
"¿Qué dijiste?"
"Mamma."
Y todo cayó de golpe.
Un castillo en la montaña.
Una escalera de piedra donde me caí a los seis años y me abrí la rodilla.
Un hermano mayor que me cargaba sobre los hombros y me prometía que iba a ser Don.
Un coche negro, una carretera de curvas, una explosión que me tiró contra el techo.
Después, agua.
Agua fría, oscura, un río llevándome.
Y unas manos grandes que me sacaban de entre las piedras, y una voz masculina que decía: "Tranquila. Te tengo."
Era Rocco.
Rocco Valenti, con el traje empapado, a los veintinueve años, mirándome como si hubiera encontrado un tesoro.
Me puso un nombre.
Nerina.
Me dio un cuarto, comida, ropa.
Me dio un apellido.
Y yo, que no recordaba nada, me aferré a él como a un salvavidas.
Pina me tomó de los hombros esa noche, con las dos manos temblando.
"¿Quién eres, niña?"
"Me llamo Ginevra Altieri."
"Dios santo."
"Mi hermano se llama Dario. Es el Don de los Altieri. Mi madre... mi madre murió antes del accidente."
"Lo sabía", dijo Pina, llorando. "Siempre supe que no eras de aquí. Hablabas dormida en un idioma antiguo."
Nos abrazamos en el cuarto de la plancha.
Ahora, un mes después, en la cocina vacía de la villa, mientras la fiesta de Lavinia sonaba al fondo del salón, Pina seguía tarareando la misma nana, con las manos metidas en la masa de un pan que ya no iba a comer nadie.
"Pina."
"Dime."
"Necesito el teléfono de la despensa."
"Siempre lo usabas para..."
"No para eso."
Me miró.
Después buscó en su delantal y sacó una llave pequeña.
"A las dos de la madrugada. A esa hora la guardia cambia de turno."
"Gracias."
Esperé hasta las dos.
La despensa de la Villa Valenti era un cuarto largo y fresco, lleno de jamones colgados, ristras de ajo y sacos de harina.
En una repisa, detrás de un tarro de aceitunas, había un teléfono negro de disco con un cable enrollado.
Lo descolgué.
Marqué de memoria, número por número, un código de dieciocho dígitos que mi madre me había hecho aprender a los diez años.
"Por si algún día te pierdes", me decía.
Sonó una vez.
Dos.
"Altieri."
La voz grave, ronca, desconocida y absolutamente familiar.
Me quedé sin aire.
"¿Quién habla?"
"Dario."
Silencio.
Un silencio tan largo que pensé que se había cortado la línea.
"Dario, soy yo."
"No."
"Soy Ginevra."
"No juegues con eso."
"El día que cumplí diez años, me regalaste una rana de madera que tenía la pata rota. La enterré en el jardín del castillo, bajo el cerezo de la abuela, porque no quería que te enteraras de que me había enojado."
Hubo un ruido sordo.
Algo cayó al piso al otro lado.
"Ginevra."
Tenía la voz quebrada.
"Estoy viva."
"Siete años."
"Lo sé."
"Siete años, Ginevra."
"Perdí la memoria. Me encontró una familia. Me llamaban Nerina. Recién ahora..."
"¿Dónde estás?"
"En Corvona. En la Villa Valenti."
"¿Valenti?"
"Sí."
"Lo mato."
"No. Escúchame."
Respiré hondo.
"Rocco no sabía quién era yo. Me sacó del río. Me cuidó. Me casé con él."
"¿Te casaste?"
"A los veintidós."
Dario soltó una palabrota en el dialecto antiguo.
"Y ahora tiene a otra", continué. "Hoy me hicieron quitarme el anillo en público."
"Voy a prender fuego a esa casa."
"Dario."
"Voy a traer todo el ejército."
"Dario, escucha. Necesito tres días."
"¿Para qué?"
"Para arreglar algunas cosas. Para despedirme."
"No hay nada que arreglar. Saldré esta noche."
"No. Hay una mujer aquí que tiene un escudo en el anillo. No lo reconozco todavía. Quiero verlo antes."
Hubo una pausa.
Cuando volvió su voz, sonaba más lenta.
"Un escudo."
"Un escudo que ya vi. En el coche."
Otra pausa, más larga.
"Tres días, Ginevra. Ni una hora más."
"Tres días."
"Te voy a recoger en persona."
"Lo sé."
"Con quince coches."
Me reí, y me salió un sollozo.
"Qué exagerado."
"Soy tu hermano."
"Lo eres."
"Te quiero."
"Yo también."
La línea quedó muda.
Colgué despacio.
Me apoyé contra un saco de harina, con la frente húmeda, y un jamón colgando de la viga a la altura de mi hombro.
El corazón me latía fuerte.
Pero no de miedo.
Del otro lado de la pared, el salón de los espejos seguía celebrando.
Cuando salí de la despensa, Pina me esperaba con una taza de caldo caliente.
"¿Y?"
"Llego al tercer amanecer", repetí, en voz baja.
Y bebí, mirando las luces del jardín.