La Principessa sin Memoria, novela · Capítulo 7 de 16
Capítulo 7: El castillo Altieri
Cesare Orsini se acercó al coche con las manos a la vista, caminando despacio sobre el asfalto cálido de la carretera.
Dario bajó la ventanilla.
"Te dije que esperaras en el castillo."
"Lo sé."
"Es una orden."
"Lo sé, Don."
"¿Entonces?"
Cesare no contestó.
Me miró por encima del hombro de Dario.
Tenía los ojos grises, enrojecidos, y la cicatriz de la mejilla izquierda marcada como una raya de tiza.
Siete años antes, esa cicatriz no estaba.
"Ginevra", dijo.
Se le quebró la voz en la última sílaba.
Abrí la puerta del coche y bajé.
Dario intentó retenerme.
"Déjala", dijo Cesare, bajito.
Dario aflojó la mano.
Caminé hasta el hombre que estaba parado en medio de la carretera.
Era más alto de lo que recordaba.
Más delgado, también.
Lo observé de cerca: el pelo rubio oscuro con algunas canas, las arrugas finas alrededor de la boca, las manos grandes con los nudillos blancos.
"Cesare."
"Sí."
"Me acuerdo de ti."
Tragó saliva.
"¿De qué?"
"De tu risa en el coche. Del chiste de la gallina."
Algo se rompió en su cara.
Se llevó el dorso de la mano a la boca.
"Qué tonto fue aquel chiste."
"Muy tonto."
"Tú te reíste igual."
"Sí."
Dio un paso, dudó, y se detuvo.
"No sé si puedo abrazarte."
"Puedes."
"No sé si debo."
"Cesare."
Me acerqué yo.
Lo rodeé con los brazos, apretando la cara contra su pecho, que olía a jabón de afeitar y a cuero de coche.
Sus manos tardaron un segundo en moverse.
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