La Traición De Mi Esposo Bajo Mi Bisturí, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Concón
Doña Leocadia le ofrece dinero para irse o 'resolver' su embarazo, y ella la echa.
Alquilé una casa chica en Concón, de madera pintada de azul, con un patio y un limonero.
La encontré el martes por la tarde, entre dos turnos, y la pagué en efectivo.
No tenía muebles.
Dormí en un colchón en el piso, con el abrigo encima, escuchando el mar.
El miércoles fui al hospital con la misma bata del lunes y no dije nada a nadie.
Operé una apendicitis, una herida de arma blanca y un motociclista con el brazo destrozado.
Giordano mandó flores a mi turno.
Rosas blancas, doscientas, en una carreta.
Las enfermeras salieron al pasillo a mirarlas.
"Para la doctora Ansaldi", dijo el repartidor.
"Devuélvalas."
"Pero..."
"Devuélvalas ahora."
Se las llevó, con los pétalos regados en el piso.
Ludovica estuvo en observación tres pisos más arriba hasta el miércoles.
Me crucé con ella dos veces en el pasillo, caminando despacio con una bata larga.
Las dos veces desvió la mirada.
El jueves por la noche, volviendo a mi casa, encontré un auto negro estacionado frente al portón.
Un Mercedes con vidrios polarizados y chofer de uniforme.
Mi corazón se aceleró.
Dejé las llaves entre los dedos, como me enseñó mi papá.
La puerta trasera se abrió.
Bajó una mujer de pelo gris, corto y duro, con un abrigo negro hasta los tobillos y un rosario enredado en la muñeca.
Doña Leocadia Ferraresi.
La madre de Giordano.
Nunca habíamos hablado, pero la había visto una vez, de lejos, en un funeral.
Ella, en cambio, parecía conocerme.
"Doctora Ansaldi."
"Señora."
"¿Podemos entrar? Hace frío."
"No."
Leocadia sonrió.
Una sonrisa lenta, de reina vieja.
"Prefiero hablar en la calle entonces."
Se acercó.
Olía a flores secas y a incienso.
"Mi hijo me contó todo. A su manera, claro. Los hombres siempre cuentan las cosas a medias."
"Usted sabía de mí."
"Desde hace cinco años."
Me quedé quieta.
"Cuando Giordano se casó con usted, yo mandé investigarla. Hija de un carpintero, cirujana, una mujer seria. No me disgustó. Por eso la dejé tranquila."
"¿Me dejó?"
"Un secreto bien guardado le sirve a todos. Mientras no se descubra."
"Se descubrió."
"Por desgracia."
Se acomodó el abrigo sobre los hombros.
"Doctora, voy a hablarle con franqueza."
"Mi hijo tiene una esposa ante Dios, y se llama Ludovica Salvi."
"Eso es lo que cuenta en este puerto."
"Si usted existe, la paz con los Salvi se rompe."
"Entonces que la rompa él."
"Doscientos hombres morirían."
"No es mi problema."
"Lo será."
Sacó de su cartera un sobre.
Lo dejó en la reja del portón.
"Aquí hay doscientos millones de pesos."
"Y una carta con una dirección en Madrid, un departamento ya pagado y un puesto en el Hospital La Paz."
"Usted se va esta semana."
"Da a luz allá."
"Cría a su hijo allá."
"Nadie le toca un pelo."
"¿Y si no?"
Leocadia suspiró.
"Entonces tengo que ser más clara."
Miró mi vientre.
Esa mirada seca, de cirujano, de comerciante.
"El hijo que usted lleva es un heredero Ferraresi que no es de la hija del jefe de los Salvi."
"Es un problema."
"Para mi hijo, para mi nuera, para toda la familia." Bajó la voz.
"Hay formas de resolver esos problemas antes de que nazcan."
El mundo se enfrió.
"¿Me está diciendo que...?"
"Le digo que me gustaría que lo pensara."
Sentí que la sangre me golpeaba en las sienes.
No grité.
Abrí la reja.
Tomé el sobre del suelo.
Lo rompí por la mitad, luego en cuatro, luego en ocho pedazos.
Dejé caer los trozos a sus pies.
"Señora Ferraresi."
"Soy cirujana."
"He operado a sicarios, a viudas, a niños baleados."
"He visto cosas que usted no ha visto ni en su peor funeral."
"Y le aseguro que mi hija está más segura conmigo que con usted."
Leocadia arqueó una ceja.
"¿Hija?"
"Lo supe el lunes."
"Qué lástima."
"¿Qué?"
"Una niña es más fácil de perder."
Dio media vuelta, con el rosario tintineando.
El chofer le abrió la puerta del auto.
Antes de subir, giró la cabeza.
"Piénselo, doctora. No tengo prisa. Pero Cipriano Salvi sí."
El Mercedes se alejó.
Yo me quedé en la acera, sola, con la mano sobre el vientre.
La niña se movió.
Entré, cerré con llave, y revisé cada ventana de la casa vacía.
Después me senté en el colchón, en el piso, a oscuras.
Y por primera vez desde el lunes, lloré.
No por Giordano.
Por mi hija, que todavía no tenía nombre y ya tenía enemigos.
El celular vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
"Doctora, soy Ludovica. Necesito verla. Sangro. Por favor, no le diga a nadie."