UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Me acusó de ladrona… así que le destruí la vida, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: Las cartas

Catorce clientes terminan sus contratos por una cláusula que solo Marisel conocía.

Le llevé la laptop a Ernesto yo misma, a las cinco de la tarde.

Podía haberla dejado en Recursos Humanos.

Prefería verle la cara.

La asistente de su despacho, una mujer mayor de pelo corto, me abrió la puerta sin mirarme.

"Está en una reunión. Puede esperar."

"No voy a esperar."

Empujé la puerta y entré.

Ernesto estaba de pie junto a su ventanal, con el celular pegado a la oreja y la camisa arremangada.

Frente a él, sentado en el sofá, el director financiero se secaba el sudor de la frente con un pañuelo.

"...no, entiendo. No, claro. Se lo comunico de inmediato. Gracias. Sí, claro, le devuelvo la llamada."

Colgó.

Se volvió hacia mí con la cara pálida.

"Marisel."

"La laptop."

La dejé sobre el escritorio.

Mi carnet quedó encima.

"Hay un problema", dijo el director financiero con voz débil.

"Siempre hay."

"Las cartas llegaron hace una hora."

"¿Qué cartas?"

Ernesto me miró.

"No te hagas la tonta."

"No me hago nada. Estoy suspendida."

"Catorce clientes", dijo el director financiero, leyendo de una hoja temblorosa.

"Los hoteles de Bocas, la naviera danesa, el exportador de café, el grupo de Colón..."

"Todos enviaron avisos de terminación de contrato."

"Hoy."

"Con efecto en treinta días."

"No es posible."

"Es lo que dice el papel."

Ernesto dio un paso hacia mí.

"Tú los llamaste."

"No llamé a nadie."

"Entonces, ¿por qué?"

"Léelo tú mismo."

Saqué de mi bolso una carpeta azul, con copias de los contratos.

La abrí sobre su escritorio, junto a la laptop.

"Cláusula catorce."

"Cambio de persona clave."

"Si la señora Marisel Tejada, directora de Alianzas, deja de dirigir la relación con el cliente por cualquier causa."

"El cliente queda facultado para terminar el contrato sin penalidad."

"Con preaviso de treinta días."

El silencio se alargó.

"Eso no estaba en los contratos", susurró el director financiero.

"Estaba en todos."

"Yo firmé esos contratos."

"Y no los leíste."

Ernesto se pasó la mano por la cara.

"Los clientes no se van por una cláusula."

"No. Se van por mí."

Lo dije sin levantar la voz.

Sin orgullo, sin rencor.

Como se dice la hora.

"Yo pasé tres años sentada con esa gente, Ernesto."

"En el Club Unión, en el restaurante de Casco Viejo, en el bar de la Cinta Costera."

"Te avisé de cada reunión."

"Te mandé cada recibo."

"Tú firmaste los reportes de gastos."

"Eso era..."

"Una inversión."

"No tenía idea."

"Tenías toda la idea."

Se hizo un silencio incómodo.

Ernesto bajó la voz.

"Fue un error. Yaritza se pasó. Es una niña, está estudiando. Quiso lucirse."

"Ajá."

"Podemos arreglarlo. Retiramos la suspensión. Hacemos un comunicado interno. Te damos la razón."

"Estoy suspendida."

"Dije que la levanto."

"Con efecto inmediato, mientras se investiga. Fueron tus palabras."

Sonreí.

Pareció la sonrisa de otra persona.

Una mujer más fría, que llevaba meses esperando el momento exacto.

"Ernesto, ¿sabes qué es lo único que no entiendo?"

"Dime."

"Que me miraste a los ojos."

"Sabías que ese dinero lo había hecho yo."

"Sabías por qué faltaba a la oficina."

"Y aun así dijiste mi nombre delante de cuarenta personas."

"Marisel..."

"Y no me preguntaste con curiosidad. Me preguntaste con ganas."

Se quedó sin respuesta.

Giré hacia la puerta.

En el umbral, con una carpeta contra el pecho, estaba Yaritza.

Había escuchado todo.

Tenía los ojos muy abiertos y las mejillas encendidas.

"Señora Tejada, yo... yo solo..."

"Yaritza."

"Sí."

"¿De dónde sacaste los recibos?"

Ella tragó saliva.

Miró a Ernesto.

Él evitó su mirada.

"Del sistema contable", musitó.

"Qué raro. Esas facturas las firmó él."

Yaritza palideció.

"Hasta luego", dije.

Pasé a su lado.

Salí.

En el ascensor, el espejo me devolvió una mujer con el pelo recogido, la mirada serena y el pulso acelerado.

Me temblaban las manos.

No de miedo.

De algo parecido a la libertad.

Apreté el botón de la planta baja.

El celular vibró en mi bolso.

Un número fijo.

"¿Aló?"

"Marisel, hija."

Reconocí esa voz grave, con el acento de la vieja Panamá.

"Don Modesto."

"Me han llamado catorce clientes en dos horas. Algunos lloraban." Se rió, cansado. "Hija, necesito que vengas a mi casa mañana."

"Don Modesto, estoy suspendida, no..."

"Lo sé."

"Tu padre me dejó un sobre hace un año, y me hizo jurar que solo lo abriría el día en que alguien te hiciera daño."

Se me cerró la garganta.

"Tu padre te dejó algo, Marisel. Es hora de que lo sepas."

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →