Me fui… y todos enloquecieron, novela · Capítulo 11 de 12
Capítulo 11: El portón del Ocaso
Cabalgamos dos días casi sin parar.
Casiano llevaba una alforja con vendas, hierbas y un cuaderno con los nombres de sus pacientes.
Había dejado la clínica en manos de su aprendiz, una muchacha seria de dieciocho años, con una carta de despedida y la llave colgada de una cuerda.
Yo llevaba la venda de seda blanca en el bolsillo.
No sé por qué.
Llegamos a la capital al anochecer de la segunda jornada, por caminos secundarios, con la ropa de dos plebeyos y la capucha baja.
La ciudad estaba en silencio.
Las calles vacías, las ventanas cerradas.
Al fondo, sobre los tejados, se alzaba la masa oscura del Palacio de Mármol.
Y detrás, entre los árboles, la silueta de un edificio sin luces.
El Ocaso.
Dejamos los caballos atados a un poste y avanzamos a pie por el jardín.
La luna estaba casi llena.
Gris.
Cenital.
La misma luna de la noche en que me fui.
"Mira", susurró Casiano.
Delante del portón negro de hierro forjado, una hilera de soldados cerraba el paso.
Sesenta, quizás setenta, con antorchas y lanzas.
En el centro, de pie sobre un escalón de piedra, vestido de negro, con la corona de heredero en la frente, estaba Severino.
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