Montando A La Vieja, novela · Capítulo 7 de 12
Capítulo 7: El cuarto de monturas
Gerardo desapareció el lunes por la mañana.
Dijo que iba a Guadalajara a ver a un comprador de ganado.
Se llevó la camioneta, una maleta pequeña y una colonia de mujer que yo le había olido a la cantinera.
Marisol lo despidió desde el porche con una sonrisa fría.
Dos días después seguía sin volver.
Esa semana la pasé practicando.
Doña Remedios me había dado la lata de galletas, y el dinero aún no me alcanzaba.
El miércoles por la tarde, Marisol me llevó al cuarto de monturas.
Era un cuarto largo de adobe, con las sillas colgadas en la pared, olor a cuero y a sebo.
Una mesita con una baraja nueva.
"Siéntate", dijo.
"¿Para qué?"
"Para que me enseñes a ver lo que viste."
Se sentó frente a mí, repartió cinco cartas a cada uno y me miró con una sonrisa traviesa.
"Te toca."
"Esto no es una lección."
"Es una lección de póker."
"Marisol."
"Si pierdes, te quitas una prenda."
"¿Y si pierdes tú?"
"Me quito una yo."
La miré durante un segundo.
"No sé si quiero ganar."
"Entonces pierde."
Jugamos tres manos.
En la primera, perdí la camisa.
En la segunda, me quedé sin botas.
En la tercera, Marisol perdió un arete, una pulsera y un zapato, y se rio.
"Voy ganando por mala suerte."
"Tú juegas peor que Gerardo."
"Pues pago mis apuestas."
Soltó la baraja.
Se levantó, caminó hasta la pared y descolgó unas riendas de cuero trenzado.
Me las enseñó.
"Pierdo esta mano", dijo. "Y tú me ganas el derecho a pedir lo que quieras."
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