Nadando En Las Medias De Mi Ahijada, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: La cena
Cena en casa de su padre, un pie bajo la mesa y la primera vez en silencio en la cocina.
La casa de Fidencio en Chapalita olía a chile guajillo y a tortilla recién hecha.
Me recibió en la puerta con un abrazo de oso y una botella de tequila bajo el brazo.
"Pasa, hermano. Llegas justo."
"Perdón, se me hizo tarde en el club."
"Siempre dices lo mismo. Siéntate."
El comedor era el mismo de hacía treinta años: mesa de nogal, mantel de encaje, cuadros de la Virgen y de la difunta esposa.
Zaira salió de la cocina con una olla humeante.
Llevaba una falda de lápiz azul marino y una blusa blanca abotonada hasta el cuello, el pelo recogido en una coleta baja, y el rostro limpio, de niña buena.
Debajo de la falda se adivinaba el brillo suave de unas medias.
"Buenas noches, padrino", dijo, con perfecta cortesía.
"Buenas noches, Zaira."
Se inclinó para servirme el pozole.
El escote se abrió apenas, y vi la orilla de un sostén blanco de encaje, y la curva de una teta.
Desvié la mirada.
Fidencio no notó nada.
Hablaba sin parar de la tortillería, de la nueva sucursal en Zapopan, del precio de la harina.
Zaira se sentó frente a mí, a la izquierda de su padre.
Comimos, y bebimos, y el tequila fue pasando.
A la mitad de la cena sentí algo en el tobillo.
Algo suave, deslizante, que subía despacio por la pierna del pantalón.
Era un pie.
Un pie con media, que me recorrió la pantorrilla, la rodilla, el muslo, mientras Zaira cortaba una tortilla con las manos, muy seria, mirando el plato.
"Entonces el muchacho Villaseñor", decía Fidencio, "me habló ayer en el club. Muy educado. Le dije que viniera a cenar la semana próxima."
El pie llegó a mi ingle.
Presionó.
Apreté los dientes.
"¿Qué muchacho?", pregunté, con la voz ahogada.
"Rodrigo. El hijo del presidente. Un hombre de bien, con apellido y negocios. Está interesado en Zaira."
"Papá", murmuró ella.
"Es la verdad, hija. Ya tienes veintitrés. No voy a vivir para siempre."
"Papá, estamos cenando."
"Tienes razón."
El pie se movía despacio, frotando, con la media suave rozando la tela de mi pantalón.
Sentí que me endurecía otra vez.
Zaira alzó los ojos hacia mí y torció la boca en una sonrisa mínima.
"¿Te sientes bien, padrino?"
"Muy bien."
"Estás sudando."
"Hace calor."
"Sí, mucho calor", dijo ella, y apretó con los dedos del pie.
Estuve a punto de gemir.
Fidencio llenó otra vez los vasos.
"Un brindis. Por la familia. Y por los amigos que nunca nos fallan."
Brindé con la mano temblando.
A las diez, Fidencio bostezó, se aflojó el cuello de la camisa y se dejó caer en el sillón de la sala, frente al televisor.
"Un ratito nomás", murmuró. "Descansen la vista, mientras tanto."
A las diez y cuarto roncaba.
Zaira levantó los platos con calma.
Yo me levanté para ayudarle a llevarlos a la cocina.
Apenas cruzamos la puerta, dejó la pila en el fregadero, me tomó de la camisa, y me besó.
Fue un beso feroz, hambriento, con sabor a tequila y a chile.
La levanté en vilo y la senté sobre la barra de la cocina, entre los platos sucios.
"Tu papá está a diez metros", susurré contra su boca.
"Está roncando."
"Zaira..."
"Cállate y quítame la falda."
Le subí la falda de lápiz hasta la cintura.
Las medias eran negras esta vez, de encaje, con una costura en la parte de atrás y un liguero escondido.
Debajo no llevaba bragas.
"Eres una diablita", gruñí.
"Y tú, mi padrino."
Me desabroché el pantalón con una mano mientras con la otra le abría los muslos.
Su panocha estaba lista, brillante, hinchada de ganas.
La froté con la punta de la verga, arriba y abajo, hasta que ella echó la cabeza hacia atrás y se mordió el labio.
"Por favor", suplicó, en un hilo de voz. "Ya."
Empujé.
Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, cómo se abría para recibirme.
Era estrecha, caliente, más de lo que había imaginado.
Zaira ahogó un grito contra mi hombro.
Cuando estuve hasta el fondo, me quedé quieto, con la frente pegada a la suya.
"Dios mío", susurré.
"No pares."
Empecé a moverme.
Despacio, primero, con embestidas largas y profundas que hacían temblar los platos sobre la barra.
Ella se aferró a mi cuello con las dos manos, y sus piernas, enfundadas en nylon, me rodearon la cintura.
"Más", pidió. "Más fuerte."
"Nos van a oír."
"No me importa."
Aceleré.
La barra crujía, y yo le tapé la boca con una mano para ahogar sus gemidos.
Ella me mordió la palma.
Le agarré el culo con la otra mano, apretando la carne firme a través del encaje, y la atraje contra mí con cada embestida.
El sonido de nuestros cuerpos golpeándose, húmedo, rítmico, llenaba la cocina.
En la sala, Fidencio resopló y se removió en su sillón.
Nos quedamos congelados.
Dentro de ella, sentí cómo se contraía, apretándome.
"Sigue", murmuró, casi sin voz. "Sigue, sigue."
Seguí.
Le levanté una pierna sobre mi hombro, para entrar más hondo, y le besé el tobillo, el nylon áspero contra mis labios.
Zaira se corrió con un temblor silencioso, mordiéndose la mano, las uñas clavadas en mi espalda.
Sus paredes me estrujaron, y no pude más.
Me vine dentro de ella con un gruñido contenido, hundido hasta el fondo, con el corazón desbocado.
Nos quedamos abrazados, jadeando sin ruido.
En la sala, Fidencio seguía roncando.
Zaira me acarició la nuca.
"Esto no estaba en el plan", murmuró.
"¿Había un plan?"
"Siempre hubo un plan."
Se bajó de la barra, se acomodó la falda, y se limpió con una servilleta de tela, con una calma que me asustó.
"Marcos", dijo.
"Dime."
"Tengo que contarte algo."
"¿Qué?"
"Rodrigo me pidió matrimonio hace una semana."
Sentí un golpe en el estómago.
"¿Y qué dijiste?"
"Dije que lo pensaría. Mi papá ya le dijo que sí."