UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

No Más Amor en Vano, novela · Capítulo 2 de 12

Capítulo 2: La cena

En la mesa de las dos familias, rechaza el compromiso y bendice a Verónica. Alvar la mira como si no la reconociera.

La mansión de los Prieto en el cerro Alegre tenía un comedor largo, con un mantel de lino y doce velas.

Esa noche había veinte personas.

Mi padre ocupaba la cabecera, con su traje gris.

A su izquierda, tíos y primos de la familia.

A su derecha, la familia Montenegro: un abogado viejo, dos hombres de traje negro, y en medio, Alvar.

Tenía veintitrés años.

La barba más corta que la de mis recuerdos, la cara más joven, el pelo algo desordenado.

Los hombros, los mismos.

Las manos sobre el mantel, grandes y quietas.

Me miró entrar.

Yo había elegido un vestido azul oscuro, sencillo, sin joyas.

Caminé hasta mi silla con el pulso en la garganta.

Era verdad.

Estaba vivo.

Estaba a cuatro metros de mí, respirando.

Y tenía la misma expresión de antes, la que usaba con todos: una frialdad pulida, de piedra.

Pero sus ojos color miel me siguieron hasta que me senté.

Y se quedaron en mi cara medio segundo de más.

"Buenas noches", dije.

"Buenas noches", respondió él.

Su voz era más grave de lo que recordaba.

A su lado, sentada demasiado cerca, había una mujer.

Rubia ceniza.

Ojos verdes, labios rojos, un vestido rojo muy escotado.

Verónica Olea.

Se me apretó el estómago.

La conocía.

La había odiado ocho años, desde el día en que se quitó la vida por nuestro compromiso.

Mi marido la lloró en público cada aniversario, con flores blancas.

Pero esta vez la miré sin odio.

Con una mezcla extraña de pena y de alivio.

"Mucho gusto", dijo Verónica, y me sonrió con dulzura. "Soy amiga de Alvar."

"Antonia."

"Tenía muchas ganas de conocerte."

Su mano estaba helada.

Se apoyaba en el brazo de Alvar con una confianza de años.

Yo vi cómo él no la rechazaba, pero tampoco le respondía.

Mi padre carraspeó.

"Bueno. Brindemos."

Se sirvió el vino.

Se sirvió la entrada, pescado frío con palta.

Se habló del puerto, de las navieras, de la subida del dólar.

Yo comí lo que pude.

Entre plato y plato, sentía los ojos de Alvar en mi mejilla, en mi cuello, en mis manos.

Cada vez que lo miraba, él apartaba la vista.

Durante los postres, el abogado viejo se puso de pie.

"Queridos amigos", dijo, con una copa en la mano. "Estamos aquí para celebrar el compromiso de la familia Montenegro y la familia Prieto..."

Me levanté.

La silla chirrió.

Todas las cabezas se volvieron hacia mí.

"Perdone", dije, con voz clara. "Antes de que siga, tengo algo que decir."

Mi padre cerró los ojos.

"Antonia", murmuró.

"No voy a casarme con Alvar Montenegro."

Cayó un silencio denso.

Un primo tosió.

El abogado se quedó con la copa a medio camino de los labios.

Alvar no se movió.

"Agradezco la oferta de las dos familias", continué, mirando a los invitados. "Y agradezco que mi madre haya hecho algo valiente hace años. Pero ninguna deuda se paga con una persona. Ni la mía, ni la de ellos."

Los dos hombres de traje negro intercambiaron una mirada.

"Antonia", dijo Alvar.

Era la primera vez que decía mi nombre en esa vida.

Se me erizó la nuca.

"No hace falta que expliques nada", añadió. "Acepto tu decisión."

"Gracias."

"¿Estás segura?"

"Muy segura."

Algo cruzó su cara.

No lo reconocí.

Alivio.

Y algo más hondo, que no supe nombrar.

Vi cómo apretaba la mandíbula, y cómo bajaba la mano debajo del mantel.

Me volví hacia la mujer del vestido rojo.

"Verónica."

Ella levantó la barbilla.

"¿Sí?"

"Cuídalo."

La mesa entera me miró.

"¿Perdón?", dijo Verónica.

"Que lo cuides. Es un hombre bueno. Duerme poco, come mal y no pide ayuda. Necesita a alguien que lo quiera de verdad."

Alvar levantó la cabeza, de golpe.

Me miró como si le hubiera hablado en otro idioma.

"No sé de qué hablas", dijo Verónica, con una sonrisa tensa.

"Lo sabes muy bien."

Dejé la servilleta sobre la mesa.

Mi padre se levantó también, con la cara roja.

"Disculpen a mi hija. Está nerviosa."

"Estoy tranquila, papá. Es la primera vez en mi vida."

Salí del comedor con la espalda recta.

Atravesé el vestíbulo.

En el recibidor tomé mi abrigo del perchero, y abrí la puerta principal.

El aire del cerro olía a eucalipto y a mar.

Oí pasos detrás de mí.

Alvar me alcanzó en el último escalón del pórtico.

"Antonia."

Me volví.

Estábamos solos, bajo la luz del farol, a dos pasos de distancia.

"Dime."

Se pasó la mano por el pelo.

Parecía haber olvidado lo que iba a decir.

"¿Por qué me miras así?"

"¿Cómo?"

"Como si me hubieras enterrado."

Se me detuvo el corazón.

Lo miré fijamente.

Él también me estaba mirando como si buscara algo en mi cara.

Algo que reconociera.

"No sé de qué hablas", dije.

"Antonia."

"Buenas noches, Alvar. Que seas muy feliz."

Bajé los escalones sin darme la vuelta.

Detrás de mí, no me siguió.

Y esa noche, empacando mis dos maletas en mi cuarto de niña, me di cuenta de que había contenido la respiración desde que entré al comedor.

Por la mañana, en la estación de buses, mi padre me entregó un sobre con las llaves de la bodega de Puerto Montt.

Y un papel doblado, con una dirección.

"Tu casa", dijo. "Una casa de madera junto al lago, en Puerto Varas. Es de los Prieto desde hace años."

"Gracias, papá."

"Esta mañana vino un abogado. Dice que alguien compró la casa de al lado ayer a mediodía."

"¿Quién?"

Mi padre se encogió de hombros.

"Un comprador anónimo. Pagó al contado."

No le di importancia.

Subí al bus con mis maletas, y me quedé dormida con la frente contra la ventana, soñando con un hombre que me pedía no volver a encontrarme.

← Capítulo 1 · Todos los capítulos · Capítulo 3 →