Renací: esta vez no seré su prometida, novela · Capítulo 2 de 12
Capítulo 2: El aeropuerto
Alvar la espera antes de su vuelo a Lisboa y le entrega las cuentas de su madre, porque él también recuerda.
"¿Otra vez qué?" pregunté.
Alvar me soltó la muñeca como si le quemara.
Detrás de él, la música del cuarteto seguía sonando para nadie.
"Viviana, yo..."
"Dilo completo."
Tragó saliva.
"Terraza. La baranda. El jardín."
Cada palabra me cayó como una piedra en el estómago.
"Tú me viste caer", dije.
"Sí."
"Y dijiste que esperara."
Cerró los ojos.
"Sí."
Lo miré sin gritar, que era lo único que me quedaba de dignidad.
"Entonces sabes por qué no hay anillo."
"Sé lo que hizo Mariángel. Sé lo que firmó mi mamá en tu nombre." Abrió los ojos, rojos de repente. "Lo supe tarde. Lo supe cuando ya estabas en el cementerio."
"Qué conveniente."
"No es conveniente. Yo también renací, Viviana. Desperté hace dos meses con tu funeral en la cabeza."
Me reí, y me salió un sonido feo.
"Dos meses. Y esperaste a la fiesta para decírmelo."
"No sabía cómo."
"Ese fue tu problema siempre."
Le di la espalda y salí al estacionamiento sin mirar atrás.
Mi papá me alcanzó junto al carro.
Estaba despeinado, con la corbata floja y la cara de un hombre que acaba de ver caer su casa.
Me abrió la puerta sin decir nada.
Manejó en silencio hasta Chapinero.
En la sala de la casa se sentó frente a mí con las manos entre las rodillas.
"Explícame."
"Papá, la fusión con los Marulanda es un robo."
"Doña Inmaculada es mi amiga hace treinta años."
"Y quiere las acciones de la exportadora. Es lo único que quiere de mí."
"Eso es mucha acusación para una noche."
"Lo sé."
No podía decirle que había muerto.
Me arrodillé frente a su sillón y le tomé las manos.
"Confía en mí. Lo vas a ver con tus propios ojos antes de un mes."
Me miró largo rato.
Tenía el pelo gris sobre las orejas y los ojos de mi infancia.
"Tu mamá habría dicho lo mismo", murmuró. "Y siempre tenía razón."
Se me llenaron los ojos.
"Gracias, papá."
A las dos de la mañana, doña Inmaculada llamó al fijo de la casa.
Mi papá puso el altavoz.
"Compadre, lamento lo de esta noche", dijo su voz de seda. "Tu hija tiene un carácter que no le conocía."
"Inmaculada, hablemos mañana."
"Hablemos ahora. El préstamo que mi marido le hizo a tu padre vence el primero de abril. Si Viviana no corrige lo que hizo, tendré que cobrarlo completo."
Mi papá me miró.
Yo asentí despacio.
Ya lo sabía.
En la vida pasada, ese préstamo había sido la cadena con la que me ataron.
"Pues cóbrelo, señora", dije, acercándome al teléfono. "Mi papá tiene el dinero."
"¿Ah, sí?" Su voz se afiló. "¿De dónde?"
"De la cuenta que abrió mi mamá hace veinte años y que usted no conoce."
Hubo un silencio.
Colgó sin despedirse.
Mi papá se quedó con la boca abierta.
"Esa cuenta no existe."
"Mañana existe. Tengo que irme, papá."
"¿Adónde?"
"A Lisboa. Me dieron la beca de periodismo en enero y no te lo dije."
Mentí en parte.
La beca era real, pero la había rechazado en la vida pasada para casarme.
Esta vez la acepté a las tres de la madrugada, con los dedos en el teclado y los ojos secos.
A las seis estaba en El Dorado con una sola maleta.
Facturé, pasé migración y me senté frente a la puerta de embarque con un café en la mano.
Alvar apareció a las siete.
Venía sin corbata, con la misma camisa de la noche anterior arrugada, y un sobre grande bajo el brazo.
Se quedó de pie a tres metros, como si yo fuera un animal asustado.
"No vengo a detenerte."
"Entonces vete."
"Toma esto."
Dejó el sobre en el asiento de al lado y retrocedió un paso.
"Son las cuentas de mi mamá. Los pagos a Mariángel, tres meses de mensajes y el borrador de la cesión de acciones. Todavía no la firman."
Miré el sobre.
No lo toqué.
"¿Por qué me das esto?"
"Porque es tuyo. Lo iban a usar para matarte otra vez."
Se me cerró la garganta.
"No te sigo, Viviana. No te llamo. Si no quieres volver a verme, no me vas a ver."
"Eso no cambia nada."
"Lo sé."
Se le quebró la voz en la última sílaba.
Me quedé quieta mientras él se daba la vuelta y se alejaba por el pasillo, con los hombros hundidos.
Cuando llamaron a mi vuelo, tomé el sobre.
Lo guardé en mi bolso, entre el pasaporte y la libreta.
Subí al avión sin mirar el vestíbulo.
No iba a perdonarlo.
Pero ahora tenía su prueba, y la usaría yo.