UpNextDrama · Dramas por entregas gratis: un capítulo más.

Solo por comprarle ropa, ¿es necesario divorciarte de mí?, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: La caja de lencería

Catorce meses de regalos pagados con la tarjeta de la empresa, y la amante figura como gerente de mercadeo.

Trabajamos hasta las cuatro de la madrugada.

Milady en el sofá, con la laptop en las rodillas.

Yo en el piso, descalza, con una libreta, un bolígrafo y todos los extractos bancarios que guardaba en el estudio, que Rhadamés no sabía que existían.

Me gusta el papel.

Es difícil borrar lo que está impreso.

A medida que avanzaba la noche, la lista se iba alargando.

Catorce meses de movimientos con la tarjeta corporativa de mi esposo.

Encanto Íntimo, cuatro veces.

Joyería Alessandra, tres.

Un spa en Casa de Campo, dos.

Un hotel en el malecón, once.

Todos con el mismo concepto.

"Gastos de representación."

"Mira esto", dijo Milady, con una ceja alzada. "Aquí hay una factura del restaurante de ayer. Dos cubiertos, vino de cuatrocientos dólares. Según el comprobante, 'reunión con clientes alemanes'."

"No tenemos clientes alemanes."

"Lo sé. Y por la hora, el hotel y el vino, no creo que fueran alemanes."

Me froté los ojos.

"¿Cuánto suma todo?"

"Hasta ahora, cuarenta y dos mil dólares."

"Tanto."

"Y eso solo en consumo. Falta lo grueso."

Pasó la pantalla a otro archivo.

"La nómina. Yenny Soriano. Gerente de Mercadeo Digital. Cuatro mil quinientos dólares al mes, más bono por redes."

"Qué cara."

"Más barata que una persona real. Mira su producción."

Abrió la carpeta compartida de mercadeo.

Estaba casi vacía.

Un par de fotos de productos mal iluminados.

Una presentación de cuatro diapositivas que parecía hecha en cinco minutos.

Una carpeta titulada "Contenido mayo" con un solo archivo: un video de ella bailando en el lobby de la oficina.

"Un año de trabajo", suspiró Milady.

"Es una influencer. La contrató como influencer."

"Pues no influyó nada. Las ventas por redes bajaron un doce por ciento desde que llegó."

Respiré hondo.

"Hay más", dijo Milady en voz baja.

"Dímelo."

"El apartamento de Bella Vista."

Alcé la cabeza.

"¿Qué pasa con el apartamento?"

"Es el que Rhadamés me dijo esta noche que se llevaba en el divorcio. 'Mi apartamento'."

"Sí."

"No es suyo. Es de la sociedad. Lo compró hace catorce meses con un préstamo a nombre de la empresa. Concepto: 'Oficina de mercadeo creativo'."

Me quedé mirándola.

"Mercadeo creativo."

"Y la que vive ahí es..."

"No me lo digas."

"Yenny Soriano."

Me reí.

Una risa corta, seca, que me dolió en las costillas.

"Mi esposo le compró un apartamento a su amante con mi dinero."

"Con el dinero de tu empresa."

"Con el dinero de mi papá."

"Con el dinero de tu papá."

Dejé la libreta.

Me tumbé de espaldas sobre la alfombra, mirando el techo.

Pensé en mi papá.

En su taller de ebanistería, en el olor a caoba y barniz.

En el día que me llevó de la mano a la zona colonial para enseñarme la oficina que acababa de alquilar, con un solo escritorio, y me dijo: "Esto es tuyo, hija, cuando yo no esté".

Cerré los puños.

"Milady."

"Dime."

"¿Qué más hay?"

Ella tardó en responder.

"Hay una cosa que no entiendo."

Se acercó a mí con la pantalla.

"Cada mes, el día cinco, sale una transferencia de la cuenta de Yenny. Siempre ocho mil dólares. Siempre al mismo destino."

"¿A quién?"

"A una cuenta en Panamá. A nombre de Aurora Capital Group."

"No lo conozco."

"Yo tampoco. Pero acabo de buscarlo."

Giró la laptop.

Una página web de fondo azul, con un logo de un sol naciente y una promesa en letras grandes.

"Triplique su inversión en noventa días."

Sentí un frío en la nuca.

"Eso huele a esquema piramidal."

"Huele a pirámide de manual", dijo Milady. "Con testimonios falsos, un video de un tipo en yate y todo."

"¿Y Yenny le mete ocho mil al mes?"

"Del sueldo que le paga tu empresa. Más las transferencias de Rhadamés."

"¿Qué transferencias?"

Milady abrió otra pestaña.

"Tu esposo le manda dinero a una cuenta personal de ella. Una vez al mes. Entre quince y veinte mil."

"¿Para qué?"

"Concepto: 'Inversión conjunta'."

Me incorporé de golpe.

Nos miramos.

"Rhadamés está metiendo dinero de la empresa en esa pirámide", dije, despacio.

"Dinero de la sociedad. Sí."

"Con el cuento de que invierte con su novia."

"Y ella..."

"Y ella lo mete en lo mismo que mete su dinero."

"O mejor dicho", murmuró Milady, y empezó a sonreír, lenta, deliciosa, como una gata, "ella es la que lo invita a invertir."

Sentí un vértigo extraño.

No de miedo.

De placer.

Como cuando por fin se abre una puerta que llevabas años empujando.

"Ni una palabra a nadie", dije.

"Ni una."

"Ni a Rhadamés."

"Menos."

"Vamos a dejar que siga."

"¿Que siga?"

"Que meta más. Que la quiera más. Que firme más." Me levanté. "Y cuando el dinero ya no esté, yo estaré aquí con los libros abiertos."

Milady apoyó la barbilla en la mano y me miró con adoración.

"Qué linda eres cuando eres mala."

Dormí dos horas en el sofá.

Me desperté a las seis, me duché, me puse un traje de lino color crema, los aretes de perlas de mi madre y un labial rojo.

A las ocho llegué a la oficina.

La zona colonial estaba despertando.

Vendedores de frutas.

Turistas con gorras.

Un camión de gas con una cumbia a todo volumen.

Subí las escaleras del edificio de dos plantas, con mi bolso de cuero colgando del hombro.

Crucé la recepción, ya con la espalda recta.

Y entonces la vi.

Estaba de pie junto al mostrador, con un vestido amarillo muy ajustado, tacones de ocho centímetros, el pelo rubio cayéndole en ondas sobre un hombro, y dos vasos de cartón en las manos.

Sonrió.

Una sonrisa blanca, perfecta, angelical.

"Buenos días, jefa", dijo Yenny. "Te traje un cafecito."

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